viernes, 20 de noviembre de 2015

LA REALEZA DE CRISTO Y LA APOSTASÍA DEL MUNDO MODERNO (1 de 2)


Por Alfredo Sáenz / Sacerdote jesuita
Tesis doctoral presentada por el Dr. Alfredo Sáenz durante el X Foro Internacional Fe y Ciencia, para recibir el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Autónoma de Guadalajara

CRISTO, PLENITUD DE LA HISTORIA

Toda la historia camina hacia Cristo, tanto la del pueblo judío como la de los pueblos gentiles.
El Antiguo Testamento, ante todo, cobra su sentido plenario cuando se lo considera como preparando su venida. Adán lo preludió como primer padre del género humano; Abel, como hijo inmolado y asesinado por su hermano; Melquisedec se le adelantó como sacerdote del Altísimo; Moisés como el legislador de la primera alianza; David lo figuró como rey guerrero y Salomón como rey pacífico.
Todos esos personajes no fueron sino bocetos de Cristo, de la figura esplendorosa de Cristo. No nos es lícito leer el Antiguo Testamento con ojos judíos, que se quedan en los bosquejos, sino con ojos cristianos, ya que cada uno de esos personajes son bocetos de Cristo: nuevo Adán, nuevo hijo sacrificado por sus hermanos, nuevo legislador, nuevo sumo sacerdote, nuevo rey guerrero, nuevo rey pacífico.
Cristo, como el sacerdote que se dirige a celebrar la Santa Misa cierra la procesión de entrada, cosecha todo el Antiguo Testamento y le da su sentido final. Cuando Él llegó, bien pudo decir: Ego sum, yo soy aquel anunciado por mis predecesores, tipos y figuras de mi ser y de mi obrar.
Pero no sólo los personajes, hechos e instituciones del pueblo elegido trabajaron para Cristo. También trabajó para Él el mundo de los gentiles. Sócrates, Platón, Aristóteles, toda la filosofía griega, en última instancia, pensó para Él. Alejandría balbuceó su “logos” para que San Juan lo pudiera recoger en el prólogo de su Evangelio.
También se puso al servicio del Señor el Imperio Romano, ofreciéndole su grandeza, su derecho, su organización, su paz augusta, hasta sus caminos… por los que transitarían los apóstoles de Cristo para anunciar su Buena Nueva.
A la luz de esta visión panorámica no deja de resultar conmovedora aquella expresión de San Pablo para referirse al sublime momento de la Encarnación: “Cuando llegó la plenitud de los tiempos…” el Verbo encarnado aparece como el supremo heredero del largo esfuerzo de los siglos, que tanto colaboraron en esta parturición divino-humana.

LA REALEZA DE CRISTO
Y LA TEOLOGÍA DE LA HISTORIA

“¿Tú eres Rey?”, le preguntaría Pilatos al Señor. La respuesta es categórica: “Tú lo has dicho. Yo soy Rey. Para esto nací. Para esto vine al mundo”. El fin de la Encarnación es
ejercer su señorío sobre la humanidad. Para eso ha venido. Para eso ha nacido. El universo entero gravita hacia Cristo como hacía su término. No resulta, pues, extraño advertir cómo los profetas, cuando se refirieron al futuro Mesías, no vacilaron en llamarlo Rey. “Un niño nos ha nacido –dijo Isaías-. El Imperio ha sido asentado sobre sus hombros”. Y Daniel: “Yo miraba en las visiones de la noche… Él avanzó hasta el anciano. Y éste le dio el poder, la gloria y el imperio, y todos los pueblos, naciones y lenguas lo sirvieron. Su reino no tendrá fin”. Nada, pues, de extraño que cuando el ángel anunció su venida a la Santísima Virgen, no vaciló en decirle que “el Señor Dios le daría el trono de David su padre; que reinaría en la casa de Jacob para siempre y su reino no tendría fin”. De ahí la gallarda afirmación de Santo Tomás: “Cristo tiene alma de rey”. Cabe preguntarse cuál es el ámbito de su realeza. Él mismo nos lo dejó explicitado: “Mi reino está dentro de vosotros”, señaló. Tal es el primer recinto de su realeza, los corazones de los individuos. Su propósito es erigir en cada uno de ellos un trono desde donde poder ejercer su señorío. Él quiere que nuestra memoria, nuestro entendimiento, nuestra voluntad, nuestros afectos, nuestra alma y nuestro cuerpo se pongan a su servicio. Pero ello no es todo. Quienes a dicho espacio –el individual- pretenden limitar su soberanía son los llamados católicos liberales, los católicos de sacristía. Porque el Señor se ha propuesto también reinar sobre las sociedades que construyen los hombres. “Erraría gravemente –dice Pío XI en su encíclica Quas primas– el que quiera arrebatar a Cristo Hombre el poder sobre todas las cosas temporales”. A lo que el Papa agregaba: “No hay diferencia entre los individuos y el consorcio civil, porque los individuos unidos en sociedad, no por eso están menos bajo la voluntad de Cristo que lo están cada uno de ellos separadamente”.
Por lo que el Santo Padre concluye: “No rehúsen, pues, los jefes de las naciones el prestar público testimonio de reverencia al imperio de Cristo juntamente con sus pueblos si quieren, con la integridad de su poder, el incremento y el progreso de la patria”. Su señorío se extiende, pues, al entero orden temporal, las artes, la milicia, la economía, la educación, y sobre todo la política, que informa los demás campos. No otra cosa es lo que el cardenal Pie llamaba “la política del Padrenuestro”: Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo.
Esta enseñanza que nos llega a través de la Sagrada Escritura constituye el fundamento de lo que se ha dado en llamar la teología de la historia.
El maestro en dicha materia es San Agustín, quien nos ha dejado un prolijo desarrollo de la misma, sobre todo en su imperecedera obra De Civitate Dei. Es sabido que muchos siglos después, a fines del siglo XIX, el papa León XIII recomendó el estudio de Santo Tomás, bastante olvidado por aquel entonces, como maestro fundamental de la teología dogmática. Gracias a Dios, su anhelo se vio cumplido, creándose centros de estudios tomistas e introduciéndose la enseñanza del Doctor Angélico en los institutos teológicos. Pero en aquella ocasión el mismo papa exhortó también, y ello es menos conocido, al estudio del pensamiento de San Agustín como maestro de la historia vista desde la teología, es decir, desde los ojos de Dios.
Haciendo eco a dicha exhortación, digamos algo de dicho gran Padre de la Iglesia. El obispo de Hipona entiende el devenir de los siglos como un conflicto de raigambre teológica entre dos cosmovisiones, o “Dos Ciudades”, según le agrada decir, la Ciudad de Dios y la Ciudad del Mundo; la primera, que se funda en la afirmación del primado de Dios y la consiguiente
sumisión a Él de todas las demás cosas, el hombre incluido, al señorío de Dios; y la Ciudad del Mundo, que enarbola el primado del hombre, considerando todo lo demás, Dios incluido, como subordinado al hombre. “Dos amores crearon dos ciudades: el amor de Dios hasta el menosprecio de sí la ciudad de Dios, y el amor de sí hasta el menosprecio de Dios la ciudad del hombre”. El conflicto entre ambas ciudades es el que da todo su sentido a la historia. Obviamente San Agustín desarrolla luego morosamente su afirmación general. Las dos ciudades, afirma, no son reductibles a espacios geográficos determinados, como si los hombres de una ciudad viviesen en una zona concreta y los restantes en otra. Porque, en realidad, nos dice, están mezclados. Hay hombres de la ciudad de Dios en todas las naciones, y hombres de la ciudad del Mundo conviviendo con los primeros. Los miembros de ambas ciudades están, pues, entremezclados. Cada ciudad, nos sigue enseñando el doctor de la historia, tiene su propio Rey, el de la Ciudad de Dios es Cristo y el de la Ciudad del Mundo es Satanás. Una ciudad, la de Dios, es peregrina, porque si bien sus ciudadanos viven en este mundo, como los otros, saben que su patria definitiva no es ésta sino el cielo; los integrantes de la otra ciudad son inmanentistas, ya que hunden sus raíces en la tierra, a la que consideran su patria terminal. Cada ciudad tiene su propia consigna: “Es necesario que Cristo reine”, gritan los miembros de la Ciudad de Dios, mientras que los otros enarbolan su pretendida y soberbia autonomía: “No queremos que Éste reine sobre nosotros”.
Pero San Agustín revela su admirable genio cuando nos señala que esta división de los integrantes de las Dos Ciudades, no es reductible al ámbito de la historia de los hombres, sino que descubre el origen de dicha división tan tajante en el mundo angélico. Los dos gritos que dividen a los hombres resonaron previamente en las alturas. Puestos ante una alternativa, un grupo de ángeles exclamó Mikael, que significa Quién como Dios; tal era el nombre del arcángel San Miguel, el abanderado de las milicias celestiales fieles. Y el otro grupo gritó: Non serviam, me niego a servir; tal fue la proclama de Satanás, el caudillo de los ángeles rebeldes.
Las Dos Ciudades no se restringen pues, según lo señalamos, a sólo el género humano, sino que la división alcanza a los ángeles, que precedieron a los hombres. Con todo, concluye San Agustín, no son cuatro las ciudades, dos de ángeles y dos de hombres, sino sólo dos. Los ángeles fieles están aliados con los hombres de la Ciudad de Dios y los ángeles perversos inspiran a los miembros de la Ciudad del Mundo. De ahí la sagacidad con que los hombres de esta última ciudad se mueven, hacen planes que trascienden los siglos. Lo preternatural se une con lo natural. Agreguemos, finalmente, que los dos gritos permanecen, por así decirlo, suspendidos en el aire, de modo que en cada época hay quienes adhieren al uno o prefieren el otro.

CRISTIANISMO Y CRISTIANDAD

La historia del Cristianismo comienza, como resulta obvio, con la aparición histórica del Verbo encarnado. Hemos dicho que en los días de su vida terrestre nos comunicó su propósito de reinar en los corazones y en las sociedades. Dicho doble propósito se concretó en lo que podríamos llamar, distinguiéndolos, el Cristianismo y la Cristiandad.
El Cristianismo tiene que ver con las personas individuales, cuando en sus corazones reina Cristo.
La Cristiandad, en cambio, traduce lo que el Concilio llamó “la consagración del mundo”, es decir, del orden temporal. No siempre ambos propósitos se cumplen conjuntamente. Así en la primitiva Iglesia hubo Cristianismo pero no Cristiandad, dado que, si bien eran numerosos los cristianos, heroicos, por cierto, ya que fueron duramente perseguidos por el Imperio Romano que era pagano, con todo no hubo Cristiandad, ya que mal se podía pretender en aquellos tiempos que a Cristo le fuera posible reinar en una sociedad militantemente opositora.
A pesar de ello los cristianos no se creyeron autorizados a renunciar a dicho segundo propósito. Sobre todo hombres como San Agustín la soñaron y hasta la programaron, en cierta manera, aun sabiendo que en aquellos momentos no era prácticamente realizable.
Su libro De Civitate Dei ofrece un bosquejo inicial de la Cristiandad. Sobre sus huellas, luego de la invasión de los bárbaros y su ulterior conversión al catolicismo, se fue preparando ya más de cerca. Obviamente no tenemos tiempo de exponer los jalones que hubieron de transitarse para lograr que se implantara la Cristiandad. Ya Carlomagno era lector empedernido del libro de oro de la Cristiandad, De Civitate Dei, y comenzó a gestarla, si bien incoándola. El proyecto salvífico querido por Cristo, quedó consolidado en la llamada Edad Media, que duró unos tres siglos, entre mediados del siglo XI hasta mediados del siglo XIV. Esa época ha sido vilipendiada por la intelligentzia dominante.
El nombre mismo de “Edad Media” no deja de ser absurdo. Todas las edades son medias entre la anterior y la que sigue. Pero lo que los autores del Renacimiento, que fueron quienes le aplicaron dicha denominación, quisieron decir, al apodarla de esa forma, es que se trató de un período que hizo de puente entre dos grandes y florecientes momentos de la historia, el de la civilización greco-latina y el del Renacimiento, el cual, como su nombre quería indicarlo, implicaba una retoma de aquella gloriosa civilización, luego de esta vilipendiada “época media”, época de tinieblas, de oscurecimiento generalizado. No otra cosa es lo que se enseña en los institutos educativos.
¿Qué podemos decir acerca del llamado medioevo? Debemos señalar, ante todo, que en modo alguno afirmamos que fue una época perfecta, sin lunares. Los hubo, por cierto, pero fueron considerados tales. Sin embargo, más allá de dichas limitaciones, inherentes a toda actividad humana, se trató de una época esplendorosa, en que el espíritu del Evangelio, como lo señalamos antes, logró impregnar el entero orden temporal.
Ello se realizó ante todo en el campo de la cultura. Fue en ese tiempo cuando nacieron las Universidades, las primeras del mundo, varios cientos de universidades que cubrieron la geografía europea de aquellos tiempos. En ellas florecieron talentos de primera magnitud como San Bernardo, Santo Tomás, San Buenaventura, y tantos más. Asimismo el espíritu del Evangelio impregnó el ámbito laboral. Fue la época del florecimiento de las corporaciones artesanales, no enfrentadas con los patrones, como lo estarían en los tiempos del capitalismo. Cada corporación tenía sus reglamentos de acuerdo al orden natural, en el respeto del justo precio de sus productos. El joven entraba en la corporación del oficio por él elegido, pasando por una suerte de “catecumenado” laboral: de aprendiz llegaba a artesano, título que le era conferido en una ceremonia religiosa. Cada corporación tenía su santo protector, por
lo general alguno que hubiera ejercitado el mismo oficio que sus integrantes.
También el espíritu del Evangelio llegó al ejercicio de las armas. La Iglesia de esmeró en evangelizar a los bárbaros, que habían llegado a Europa masacrando, y les enseñó a renunciar a la violencia injusta. Así nació el estamento de la caballería, la fuerza armada al servicio de la verdad desarmada. El caballero fue un personaje predileccionado en el medioevo. Él también era ungido como tal en una ceremonia religiosa, donde un sacerdote le iba entregando el uniforme y las diversas armas, de manera semejante al modo en que un sacerdote se reviste para celebrar la Santa Misa. La espada y la lanza eran los héroes de la vigilia, que solía celebrarse en la catedral. La ceremonia terminaba con el espaldarazo. A los noveles caballeros se les explicaba que la agresividad que todos tenemos debía ser empleada para abrirse paso frente a los obstáculos que impedían alcanzar el bien. El recurso a la fuerza existe en toda sociedad. Si se lo quita al caballero, como de hecho sucedió al desaparecer la Cristiandad, no desaparece: la ejercerá el bandido, el usurero, la empresa sin alma, o el Estado endiosado. Así nació el ejército nuevo, impregnado de espíritu católico.
Asimismo se abordó el campo del arte. No era posible que quedase olvidado en una época que ponía su gozo en adherirse a la verdad, natural y sobrenatural, tan íntimamente unida con la belleza, que no es otra cosa que el esplendor de la verdad. Los dos estilos arquitectónicos que se vieron privilegiados en todo el mapa de la Cristiandad, fueron el románico y el gótico. Si bien también los edificios civiles se nos muestran esbeltos, lo mejor del arte medieval se concentró en las catedrales. El arte románico apareció en torno a Año Mil, con reminiscencias de Roma, de Bizancio, e incluso del Islam. Sus iglesias robustas, inspiradas en la basílica romana, simbolizaban admirablemente la solidez en la fe. Luego floreció el gótico, de ímpetu tan vertical, que simboliza el vuelo libre y audaz del alma mística hacia las alturas, hacia Dios. La agilidad de los altos muros, sostenidos desde afuera por los contrafuertes, permitía abrir ventanales de colores que parecían llamar a la iluminación policroma de los vitrales. Una fiesta de luz. Lo propio del gótico fue la ojiva, o mejor, el cruce de ojivas, que se cierran como se juntan las manos para la plegaria.
Dentro del entorno del misterio, la música sagrada ocupaba un lugar relevante, sobre todo la música gregoriana, la más adecuada para la catedral y tan pletórica de belleza. No en vano diría Mozart: “Yo daría toda mi obra por haber escrito el Prefacio de la Misa gregoriana”. La catedral fue algo así como el centro de la Cristiandad. De allí emanaba toda la actividad cultural de la época: el teatro, la literatura… Pocas veces una sociedad se expresó por entero en sus monumentos.
La Edad Media logró hacerlo en las catedrales. Imaginemos que de toda aquella época no hubieran subsistido más que las catedrales: ellas bastarían para que comprendiésemos su cosmovisión. La catedral es la expresión más adecuada del espíritu de la Cristiandad. Chartres fue comparada con la Suma Teológica de Santo Tomás. La Catedral es Cruzada, Suma, Universidad, Caballería, Corporación. Qué bien lo entendemos a Dostoievski cuando en su Diario íntimo, relatando sus reflexiones mientras recorría la vieja Europa, nos cuenta con estremecimiento cómo, en cierta ocasión, advirtiendo la decadencia espiritual y la ruina moral de Occidente, ya rebelde el espíritu de la Cristiandad, se arrojó sobre los restos de una catedral superviviente, y abrazando esas ruinas, lloró amargamente pero también lleno de nostalgia y emoción.
Destaquemos, finalmente, cómo la Cristiandad consagró el poder político. Una pléyade de reyes santos cubrió el mapa de Europa: San Luis de Francia, San Fernando de España, San Vladímir de la antigua Rusia, San Enrique de Alemania, San Esteban de Hungría, y tantos más. Desde el siglo XI los reyes eran consagrados como tales en la catedral. La víspera de la coronación, se dirigían por la tarde a la iglesia, permaneciendo allí en oración hasta la madrugada. Al llegar la hora, juraban sobre los Santos Evangelios ser fieles a los deberes de su mandato. Luego, a semejanza de los sacerdotes que se aprestan a celebrar la Misa, eran revestidos con los atributos reales, pieza por pieza, de acuerdo a un ritual litúrgico que aún se conserva. En el momento culminante, el arzobispo, tomando óleo consagrado, lo ungía en la frente, en el pecho y en los hombros. Luego lo revestían con la túnica y la capa, ascendiendo de este modo al trono, con el cetro en la mano derecha y la varita de la justicia en la izquierda, mientras el arzobispo y los nobles colocaban pausadamente la corona sobre su frente. Desde ahora era “el vicario de Dios para el orden temporal”.


miércoles, 18 de noviembre de 2015




"Un militantismo pseudo-progresista está des-educando a nuestros hijos"

Claudia Peiró
El educador y ensayista francés Marc Le Bris dijo a Infobae que una igualdad mal entendida lleva a negar la selección por el mérito e "impide a los niños correr hacia lo mejor, como los futbolistas hacia el arco"

Marc Le Bris fue formado como maestro en los tiempos rebeldes de Mayo del 68, cuando la consigna por excelencia era "prohibido prohibir" y "abajo la selección". La primera enseñanza que le dieron fue: "Los alumnos tienen más para enseñarnos a nosotros (los maestros) que nosotros a ellos".
Unos pocos años de práctica en el aula le bastaron para darse cuenta del error. Desde entonces, en paralelo a su larga carrera docente –está retirado del cargo de Director de Escuela primaria desde hace dos años- se dedicó a cuestionar todos los derivados de aquella concepción: losmétodos de enseñanza de lectura llamados globales o naturales, la idea de que "el alumno construye su propio saber", la negación de la autoridad docente, la autonomía del niño y una obsesión por los métodos que lleva a desmerecer los contenidos, es decir ni más ni menos el conocimiento.
También denuncia los eufemismos con los que hoy se busca justificar y ocultar el fracasode estas concepciones: la prohibición de la repitencia, la eliminación de las notas porque discriminan, el remplazo de los grados por "ciclos" (para disimular que los niños ya no aprenden a leer y escribir en un año como en la escuela tradicional), la creación de diplomas nuevos de baja calidad para quienes fracasan en la universidad, etcétera.
Salvando las diferencias entre ambos países, Francia y Argentina viven una situación similar: tenían una escuela pública de excelencia que estas concepciones educativas están llevando a una continua degradación. Según la última encuesta PISA (2013), en Francia, 22% de los alumnos de lo que equivaldría a nuestro 1er año de secundaria (es decir de 12 ó 13 años) están en "situación de fracaso grave" y son "incapaces de participar de manera activa y eficaz en la vida social". Y una encuesta del propio gobierno francés constató que 20 por ciento –uno de cada cinco- de los alumnos de 3er año del secundario son "incapaces de darle sentido a una información y de interpretar un texto simple".
Dos de los teóricos responsables de estas concepciones, señalados por Le Bris, son consumidos también entre nosotros: el sociólogo Pierre Bourdieu, ya fallecido, pero siempre leído en nuestras universidades, y el pedagogo Philippe Meirieu quien, pese a los malos resultados de su gestión al frente de los institutos de formación docente de su país, fue recibido en Argentina como portador de una verdad revelada, cuando vino en diciembre de 2013 invitado por Flacso.
Es especialmente interesante escuchar a Le Bris explicar la incidencia de estas visiones en los malos resultados de los alumnos franceses, en momentos en que las autoridades educativas argentinas se disponen a dar un paso más hacia la destrucción de los últimos reductos de excelencia de nuestra educación pública, disminuyendo la exigencia en los colegios secundarios que dependen de la Universidad de Buenos Aires (Nacional, Pellegrini, ILSE), en los que ahora se podrá pasar de año con dos materias sin aprobar, cuando hasta ahora se aceptaba una sola previa. No sólo eso: en el nuevo colegio de la UBA (la recién creada Escuela Técnica Universitaria de Lugano), se sustituyó el examen de ingreso tradicional en estos establecimientos por un sorteo. "El objetivo es lograr inclusión con calidad académica. El acceso no será meritocrático", afirman sin sonrojarse.
Última aclaración, antes de leer lo que sigue: Marc Le Bris, autor entre otros títulos de "Y vuestros hijos no sabrán leer ni sumar", no es de derecha; hijo de militantes comunistas, sus simpatías políticas van más bien hacia la izquierda, lo que no le impide reconocer que ésta suele ser mucho más destructiva –o desconstructiva, para usa la jerga académica de moda- en materia de Educación.
-Usted ubica un punto de inflexión en la educación en Francia hacia fines de los 60, cuando se van gestando estas teorías pedagógicas a las que hoy responsabiliza de la decadencia educativa en su país...
Yo estaba entonces en el instituto de formación de maestros y creí en eso: creí que estábamos salvando a los niños de la zoncera en la cual los mantenía la clase dominante, pero luego la realidad de la práctica.... Mis padres eran maestros, de izquierda, comunistas, y con el b-a = ba, el método Boscher (1), sacaron a los hijos de los campesinos del analfabetismo y los llevaron a integrar las elites.
¿Qué pasó luego?
Esa eficacia de la educación francesa hasta los años 60 fue derribada ideológicamente por gente que era aún más progresista, en el sentido político, eran militantes, algunos sindicatos de izquierda –los partidos de izquierda están muy representados en el ámbito docente- que inventaron o trajeron estos métodos, entre comillas revolucionarios, que iban a salvar a los hijos del proletariado de las garras de la patronal.
¿Qué lo llevó a usted a revisar todo eso?
Tuve que sumergirme en la realidad para ver que eso era totalmente falso, esa descripción era una descripción militante, partidaria, no era una descripción de la realidad. A partir de los años 70 dejamos hacer cosas mucho más peligrosas para la sociedad que aquellas contra las cuales decíamos enfrentarnos; dejamos instalarse la des-culturación. El oficio de maestro era notable en la Francia de aquellos años, pero permitimos que fuese destruida toda la práctica material de la enseñanza que en los tiempos de mis padres estaba en manos de los docentes; todo eso fue descartado, despreciado, dejado de lado, y se perdió un oficio. A los grandes maestros que tenía Francia, grandes profesionales, se los pasó a retiro con tremendo desprecio. La escuela de los años 60 era excelente. El problema que tenemos hoy en Francia es que ya nadie sabe cómohacer y la escuela francesa, después del paso del señor Philippe Meirieu y de Jean Foucambert, defensor del método global de enseñanza de lectura (2), la escuela francesa está en caída libre, luego de haber sido una de las mejores del mundo.
"BOURDIEU DICE QUE LA ESCUELA ESTÁ AL SERVICIO DEL CAPITALISMO, DE LA CLASE DOMINANTE. NO ES CIERTO"
Al revés de lo que sostuvieron muchos teóricos, usted afirma que la escuela francesa tradicional era igualadora...
La escuela pública francesa iba consciente y voluntariamente hacia una finalidad, ejercía su autoridad, era un santuario en el cual los niños podían evolucionar, aparte de sus padres, aparte de la educación familiar. El gran progreso de la escuela se dio a partir de 1880 y 1920. Y en 1950, el hijo de campesino se convierte en subdirector de (la empresa estatal) Electricidad de Francia, y los hijos de obreros se convierten en profesionales, no todos, por supuesto, pero hubo una renovación de las elites, gracias a la escuela pública, es decir, gracias a la elevación de los mejores en base al mérito escolar.
Esa renovación tuvo lugar, contrariamente a lo que fue escrito por sociólogos como Pierre Bourdieu, que dice lo contrario de lo real. Bourdieu dice que la escuela reproduce la estructura social y que está para eso. Que está al servicio del capitalismo, de la clase dominante. Es mentira. Yo tuve compañeros que eran hijos de campesinos bretones y que se convirtieron en grandes ingenieros, en gerentes de grandes empresas francesas. Pero la cosa va más lejos aún. Como el fenómeno en Francia tiene 30 años, ya vemos el resultado: las familias burguesas de izquierda -en Francia la izquierda es muy burguesa-, que son familias letradas, familias de grandes lectores, que creyeron en todas estas teorías y se alegraron por la libertad que se les daba a sus niños, generan hijos iletrados. Es decir, se da el fenómeno contrario a lo hecho por la Tercera República (1870-1940) y en especial después de la Primera Guerra cuando, mediante un gran esfuerzo de la escuela primaria, se alfabetizó, se ilustró a un país entero.Ahora estamos des-ilustrando, mediocrizando a estos hijos de burgueses con los que ahora no sabemos qué hacer.
"QUE UN PAÍS CREE UNA LICENCIATURA DE CLOWN ES EL SÍNTOMA DE UNA GRAVE DECADENCIA"
¿Y qué se hace con ellos?
Bueno, como las verdaderas clases dominantes hoy en Francia son estos burgueses de izquierda, han creado una gran cantidad de diplomas de poco valor para poder diplomar a todos estos malos alumnos. Francia es una productora en gran cantidad de estos pequeños diplomas. Francia resolvió este problema de los hijos de la clase dominante real, es decir, de izquierda, inventando diplomas. Tenemos incluso una Licenciatura en Clown (payaso). Le aseguro que es verdad. Para mí, que un país cree una Licenciatura de Clown es el síntoma de una grave decadencia.
La influencia de algunos de esos autores que usted menciona sigue vigente, incluso fuera de Francia...
Considero que Meirieu, Bourdieu y Foucambert son destructores de sociedad. La escuela del señor Meirieu no hizo un trabajo de exigencia, de rigor, de civilidad, hacia los niños,especialmente los más desfavorecidos, al punto que tenemos en Francia hoy zonas sin ley, zonas de iletrismo. La escuela de Meirieu no hizo su trabajo y es responsable de esta destrucción muy profunda del tejido social que hace que Francia sea un país en decadencia, no sólo escolar, sino moral.
¿De donde viene esta concepción de que el niño construye su propio saber, que el maestro aprende más del niño que viceversa?
¿Cómo hemos llegado a esta negación de lo real?, me pregunto yo. A ser capaces de decir lo contario de la realidad. En la escuela normal de maestros, yo tenía un profesor que nos dijo y nos hizo escribir en nuestra carpeta: "Los alumnos tienen más para enseñarnos a nosotros que nosotros a ellos". Puedo aceptar que, en algún momento, ante un chico que no entendía algo, yo haya aprendido a explicárselo mejor, pero aparte de eso, que dos y dos son cuatro soy yo el que se lo tengo que enseñar a él. Esta forma de hablar al revés, este estilo de poner lo secundario en el lugar de lo principal, se ha convertido en un funcionamiento intelectual: en vez de describir la realidad, hacemos comunicación, comunicamos, decimos cosas lindas.
La otra explicación que encuentro es el trauma de la Segunda Guerra Mundial. Pese a la ilustración, a la ciencia, al progreso, pese a todo eso, fuimos a la barbarie en esos años. Y la peor expresión de esa barbarie fue la selección, por criterios raciales y religiosos. Esa selección es la herida de Occidente.
Entonces, a partir de los años 60, se amalgamó eso con el hecho de poner una buena nota a los buenos alumnos y una mala nota a los malos alumnos. Una de las consignas de Mayo del 68 era "¡Abajo la selección!" La selección fue vista por un lado como la expresión de la barbarie y, por el otro, siguiendo a Bourdieu, como obra de las clases dominantes, más o menos oculta. Para mí es la conjunción de estas dos cosas, las teorías de Bourdieu sobre que la selección es una obra de las clases dominantes que se preservan embruteciendo al pueblo, lo que por otra parte es falso, y el hecho de que queremos ser todos exactamente iguales y así hemos llegado a negar la realidad, a no decir las cosas como son.
"LA ESCUELA DE HOY ES COMO UN EQUIPO DE FÚTBOL QUE TIENE PROHIBIDOS LOS GOLES"
¿Cómo se refleja esta negativa a la selección?
Por ejemplo, si una clase determinada de escuela tiene buenos resultados, o muy buenos resultados, se lo oculta, al punto de que el maestro que trabajó bien no tiene "retorno" para saber cómo va su trabajo. Trabajamos a ciegas los maestros, pero también los niños. Antes le poníamos 10 al alumno que respondía bien a 10 preguntas. Hoy NO le ponemos un 2 al que no sabe nada. No le decimos nada porque no hay que seleccionar. Al chico que no aprendió las tablas de multiplicar no podemos decirle que eso está mal, que es malo para él, malo para su carrera, para su apertura mental; no se le dice nada porque no queremos seleccionar y eso impide a los niños correr hacia lo mejor, como los jugadores de fútbol hacia el arco. La escuela que surge de esto es como un equipo de fútbol que tiene prohibidos los goles. Es un caos. Nos peleamos en la cancha, hacemos otra cosa, ya no sabemos actuar individual ni colectivamente.
En Argentina se ha prohibido recientemente la repitencia entre 1º y 2º grado con el argumento de que los niños necesitan más de un año para aprender a leer y escribir. Pero en la escuela tradicional se aprendía a leer, escribir, sumar y restar en el primer grado, ¿no es cierto?
Sí, es lo normal, incluso muchos aprenden a leer en preescolar. No es difícil aprender a leer. Por poco que al niño se le enseñen unas letras y sílabas, aprenderá a leer. Lo que es difícil es aprender a leer con métodos que no están hechos para eso. Con el método global, entre 4 y 5 niños de cada 10 no saben leer a fin de año. Y con el método alfabético, apenas 2 de cada 100.Me he cansado de pedirle al Ministerio que haga una medición de los resultados al término del primer grado en función del método de lectura utilizado. Basta un año para hacerlo. Pero nunca lo he logrado.
"HAY QUE PARAR CON LAS IDEOLOGÍAS, COMPARAR RESULTADOS, Y LISTO"
Lo que sí hemos logrado en este combate iniciado hace unos quince años, desde que yo empecé a publicar mis críticas, es la libertad pedagógica para que los maestros puedan usar el método que consideren más eficaz, y cada vez son más los que vuelven al alfabético. Las cosas están cambiando, pero no todo lo rápidamente que yo desearía. Ahora bien, cuando la izquierda vuelve al poder, todos los progresos sobre cuestiones de lectura y de eficacia de la enseñanza retroceden. No digo que la derecha haya hecho demasiado en materia educativa, pero la izquierda siempre es catastróficamente desorganizadora en esto, se la pasa reescribiendo los programas, prohibiendo la repitencia, hablan de suprimir las notas, tuvimos 3 ministros en 4 años, no saben para qué lado van...
Hay un momento en que hay que parar las ideologías, porque estos son temas técnicos, hay que hacer lo que funciona, se comparan dos métodos y se ven los resultados, y listo.
Y tengo que seguir reflexionando sobre su pregunta, porque no respondí del todo. ¿Por qué se instaló con tanta fuerza esta negación del rol docente y de la transmisión del saber como función central de la escuela?

domingo, 15 de noviembre de 2015

Maestro de maestros, nada menos que de Santo Tomás!

San Alberto MagnoDoctor de la Iglesia
 Año 1280

La Virgen Santísima nos conceda como a su buen devoto San Alberto,
el don de la sabiduría, para hacer mucho bien.
El primer paso para adquirir sabiduría es
tener un gran deseo de instruirse
(S. Biblia. Proverbios).

San Alberto Magno
Ya en su tiempo la gente lo llamaba "El Magno", el grande, el magnífico, por la sabiduría tan admirable que había logrado conseguir. Lo llamaban también "El Doctor Universal" porque sabía de todo: de ciencias religiosas, de ciencias naturales, de filosofía, etc. Era geógrafo, astrónomo, físico, químico y teólogo. La gente decía "Sabe todo lo que se puede saber" y le daba el título de "milagro de la época", "maravilla de conocimientos" y otros más.
Tuvo el honor San Alberto de haber sido el maestro del más grande sabio que ha tenido la Iglesia Católica, Santo Tomás de Aquino, y esto le aumentó su celebridad. El descubrió el genio que había en el joven Tomás.
Nació en Alemania en 1206. Era de familia rica y de importancia en el gobierno y en la alta sociedad. Su padre era Conde, o sea gobernador de la región. Estudió en la Universidad de Padua. Allí se encontró con el más grande pescador de vocaciones, el beato Jordán de Sajonia, sucesor de Santo Domingo, y aunque el papá de Alberto se oponía a que su hijo se hiciera religioso, sin embargo la personalidad de Jordán fue tan impresionante para él, que dejó todo su futuro de hacendado, político y hombre de mundo, y entró de religioso con los Padres Dominicos.
Él mismo contaba que de joven le costaban los estudios y por eso una noche dispuso huir del colegio donde estudiaba. Pero al tratar de huir por una escalera colgada de una pared, en la parte de arriba, le pareció ver a Nuestra Señora la Virgen María que le dijo: "Alberto, ¿por qué en vez de huir del colegio, no me rezas a Mí que soy ‘Trono de la Sabiduría?’.
Si me tienes fe y confianza, yo te daré una memoria prodigiosa. Y para que sepas que sí fui yo quien te la concedí, cuando ya te vayas a morir, olvidarás todo lo que sabías". Y así sucedió. Y al final de su vida, un día en un sermón se le olvidó todo lo que sabía, y dijo: "Es señal de que ya me voy a morir, porque así me lo anunció la Virgen Santísima". Y se retiró de sus labores y se dedicó a orar y a prepararse para morir, y a los pocos meses murió.
San Alberto MagnoEn Colonia, en París y en varias otras universidades fue profesor brillantísimo y de muchas naciones iban estudiantes a escuchar sus clases. Él tuvo el mérito de haber separado la teología de la filosofía, y de haber descubierto que el filósofo Aristóteles tiene un gran parecido con las ideas cristianas (lo cual perfeccionará luego su discípulo Santo Tomás).
Escribió 38 volúmenes, de todos los temas. Teología, filosofía, geografía, química, astronomía, etc. Era una verdadera enciclopedia viviente.
Fue nombrado superior provincial de su comunidad de Dominicos. Y el Sumo Pontífice lo nombró Arzobispo de Ratisbona, pero a los dos años renunció a ese cargo para dedicarse a dar clases y escribir, que eran sus oficios preferidos.
Habiendo sido de familia muy rica y de alta posición social, recorrió Alemania predicando, y viajando de limosna y hospedándose donde le dieran posada como a un limosnero. Era una buena práctica para aumentar la virtud de la humildad.
El 15 de noviembre de 1280, mientras charlaba tranquilamente con unos religiosos de su comunidad, quedó muerto plácidamente. Tenía 74 años. Dejaba fama de haber sido más sabio que todos los sabios de su tiempo. Todas las enseñanzas tenían por fin llevar el alma hacia Dios que es amor.



Fuente: https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Alberto_Magno.htm