viernes, 6 de octubre de 2017

Nuestra Señora del Rosario y de las Victorias

7 de octubre, fiesta de “Nuestra Señora del Rosario”, también conocida por el título de “Nuestra Señora de las Victorias”.

Esta fiesta fue instituida por el Papa San Pío V, en acción de gracias por la gran victoria naval sobre los turcos en la batalla de Lepanto. .En este día en el año 1571, fue otorgado el favor por el rezo del Rosario. Esta victoria salvó a Europa de ser invadida por las fuerzas del Islam.

LA SITUACIÓN CON LOS MUSULMANES TURCOS OTOMANOS
En 1566 ascendió a la Cátedra de San Pedro San Pío V.
La Cristiandad enfrentaba entonces un enorme peligro. Hacía un siglo que Constantinopla, la puerta de Europa, había caído en poder de los musulmanes otomanos [nombre del imperio turco].
La flota otomana era casi la dueña del Mediterráneo, asolando constantemente las costas de los países cristianos.
Solimán II, llamado El Magnífico, había jurado que no descansaría hasta conquistar Roma y entrar a caballo en la basílica de San Pedro.
Apenas un año antes, la isla de Malta se pudo defender heroicamente de los moros, gracias al generoso arrojo de los Caballeros de la Orden de San Juan de Jerusalén, llamados por los infieles de “escorpiones del Mediterráneo”, hoy conocida como la Soberana Orden Militar y Hospitalaria de Malta.
Ese mismo año de 1566, Alí Pachá, el mismo general que comandara la ofensiva otomana en Malta, capturó la isla de Chios. Era la última posesión genovesa al este del Mediterráneo y por medio de una traición hizo asesinar a la familia Giustiniani que la gobernaba en ese tiempo.
Algunos meses después, Solimán lideró un enorme ejército, adentrándose en los Balcanes.
Afortunadamente, la tenaz resistencia del Conde Zriny detuvo al sultán, quien halló la muerte en las montañas húngaras, sin poder llegar a Viena, que era su meta inmediata.
Selim II, conocido como el borracho por su vicio a la bebida, ascendió al trono en Constantinopla, habiendo antes eliminado a todos los rivales de su familia y planeando el próximo ataque al continente cristiano.
Los musulmanes ya habían arrasado con la cristiandad en el norte de África, en el medio oriente y otras regiones. España y Portugal se habían librado después ocho siglos de lucha. Pero la amenaza se cernía una vez más sobre toda Europa. Los musulmanes turcos se preparaban para dominarla y acabar con el Cristianismo.
La situación para los cristianos era desesperada.
Italia se encontraba desolada por una hambruna, el arsenal de Venecia estaba devastado por un incendio y el cristianismo estaba pagando el duro precio de la Reforma.

LA INTERVENCIÓN DEL PAPA SAN PIO V
En toda Europa sólo el Papa San Pío V percibía el grave peligro que se cernía sobre la Cristiandad. Y fue él quien ideó la única salida posible para el continente amenazado. San Pío V mandó redoblar las oraciones en todos los conventos y monasterios. .Y él mismo trató de llevar su porción de la carga duplicando sus acostumbrados ejercicios de piedad y mortificación, en particular el rezo del Santo Rosario.
A fines de 1569 llegó a Constantinopla la noticia de que el arsenal veneciano había sido destruido por un incendio y, debido a una mala cosecha, la península estaba amenazada por el hambre.
Selim II rompe entonces la paz y envía un ultimátum: o Venecia entregaba una de sus posesiones más queridas: Chipre, al este del Mediterráneo, o era la guerra.
Esto fue lo que al fin movió a España y Venecia (esta última era evidentemente la que más tenía que perder con el avance turco) a atender los llamados del Papa, aunque las desavenencias y rivalidades entre estas potencias hacían muy difícil cualquier negociación.
A pesar de su temperamento fogoso, S. Pío V intervenía con una paciencia y cordura heroicas.
Durante estos largos y angustiosos meses, la poderosa personalidad del Papa barrió con todos los obstáculos y forzó una decisión.
Aunque estaba enfermo y sufría constantemente de dolores insoportables, el indómito Pontífice finalmente llegó a un acuerdo con estos gobiernos.
Según el tratado, la elección del comandante general estaba reservada al Papa. San Pío V entró un día a su capilla para celebrar el Santo Sacrifico de la Misa. Cuando llegó al evangelio de San Juan, empezó a leer, “Fuit homo missus a Deos, cui nomen erat Joannes” (“Hubo un hombre enviado por Dios, cuyo nombre era Juan”). Volvió su rostro hacia la Virgen, hizo una pausa y se dio cuenta, por inspiración divina, de que el comandante de la Cruzada debía ser Don Juan de Austria.
Por fin se ratificó la alianza en mayo del 1571.
El ejército contaba con 20,000 buenos soldados, además de marineros.
La flota tenía 101 galeones y otros barcos más pequeños.
El Papa envió su bendición apostólica y predijo la victoria.
Ordenó además que sacara a cualquier soldado cuyo comportamiento pudiese ofender al Señor.
San Pío V, era miembro de la Orden de Santo Domingo, y consciente del poder de la devoción al Rosario. Pidió a toda la Cristiandad que lo rezara y que hiciera ayuno, suplicándole a la Santísima Virgen su auxilio ante aquel peligro.
LA PARTIDA Y LA BÚSQUEDA
El Papa envió a España el estandarte de la Liga: era un damasco de seda azul con la imagen del Crucificado. Tenía a los pies las armas del Papa, de España, de Venecia y de Don Juan.
El Papa envió además, con el Nuncio, una astilla de la Santa y Verdadera Cruz para cada una de las naves capitanas. Y concedió a todos los miembros de la expedición las mismas indulgencias propias de las cruzadas.
Don Juan de Austria prohibió la presencia de mujeres a bordo y decretó pena de muerte para los blasfemadores.. Algunos días antes de la partida, los 81 mil soldados y marineros ayunaron durante tres jornadas.. Luego se confesaron y recibieron la Sagrada Comunión, haciendo lo mismo los condenados que remaban en las galeras.
Un ambiente de Cruzada se vivía nuevamente en Europa y un renovado celo por la gloria de Dios brillaba en los que iban para el combate.
El 15 de setiembre, la mayor flota católica jamás reunida zarpó de Messina, en Sicilia, para ir en busca de la flota musulmana liderada por el cuñado del Sultán, Alí Pasha.
Diez días más tarde llegaron a Corfu, cerca de la costa noroeste de Grecia.
Los turcos habían arrasado el lugar el mes anterior y dejaron sus usuales cartas de presentación: iglesias reducidas a cenizas, crucifijos rotos, cuerpos destrozados de sacerdotes, mujeres y niños.
El 6 de Octubre llegaron las exasperantes noticias de que la Cristiandad había sufrido otra cruel humillación de los otomanos.
Chipre, la joya de las posesiones insulares remotas de Venecia, había sido atacada el año anterior. La capital cercada, Nicosia, había caído rápidamente, y sus 20 mil sobrevivientes habían sido liquidados.
Los ánimos estaban bastante caldeados, cuando al fin llegó la noticia esperada: “¡Alí Pashá está en Lepanto!”.
  
LA BATALLA DE LEPANTO
Poco antes del amanecer del 7 de Octubre la Liga Cristiana encontró a la flota turca anclada en el puerto de Lepanto.
Al ver los turcos a los cristianos, fortalecieron sus tropas y salieron en orden de batalla.
Los turcos poseían la flota más poderosa del mundo, contaban con 300 galeras, además tenían miles de cristianos esclavos de remeros.. Los cristianos estaban en gran desventaja siendo su flota mucho mas pequeña. Pero poseían un arma insuperable: el Santo Rosario.. En la bandera de la nave capitana de la escuadra cristiana ondeaban la Santa Cruz y el Santo Rosario.
La línea de combate era de 2 kilómetros y medio.
A la armada cristiana se le dificultaban los movimientos por las rocas y escollos, y un viento fuerte que le era contrario.
La más numerosa escuadra turca, tenía facilidad de movimiento en el ancho golfo y el viento la favorecía grandemente.
Mientras tanto, miles de cristianos en todo el mundo dirigían su plegaria a la Santísima Virgen con el rosario en mano, para que ayudara a los cristianos en aquella batalla decisiva.
Don Juan dio la señal de batalla enarbolando la bandera enviada por el Papa con la imagen de Cristo crucificado y de la Virgen y se santiguó. Los generales cristianos animaron a sus soldados y dieron la señal para rezar. Los soldados cayeron de rodillas ante el crucifijo y continuaron en esa postura de oración ferviente hasta que las flotas se aproximaron.
Los turcos se lanzaron sobre los cristianos con gran rapidez, pues el viento les era muy favorable, especialmente siendo superiores en número y en el ancho de su línea.
Pero el viento que era muy fuerte, se calmó justo al comenzar la batalla. Pronto el viento comenzó en la otra dirección, ahora favorable a los cristianos. El humo y el fuego de la artillería se iban sobre el enemigo, casi cegándolos y al fin agotándolos.
La batalla fue terrible y sangrienta. Después de tres horas de lucha, el ala izquierda cristiana, bajo Barbarigo, logró hundir el galeón de Siroch. Su pérdida desanimó a su escuadrón y, presionado por los venecianos, se retiró hacia la costa.
Don Juan, viendo esta ventaja, redobló el fuego, matando a Alí, el general turco, abordó su galeón, bajó su bandera y gritó: ¡victoria!
Los cristianos procedieron a devastar el centro.
La batalla duró desde alrededor de las 6 de la mañana hasta la noche, cuando la oscuridad y aguas picadas obligaron a los cristianos a buscar refugio.
Finalmente, Don Juan, con un gran sable en una mano y un hacha en la otra, lideró una embestida contra la Sultana que terminó con la muerte de Alí Pashá.
Los turcos estaban derrotados y el pánico se apoderó rápidamente entre sus huestes a partir del momento en que el estandarte de Cristo comenzó a flamear en la Sultana.
Finalizada la batalla, algunos islamistas, prisioneros de los católicos, confesaron que una brillante y majestuosa Señora había aparecido en el cielo, amenazándolos e inspirándoles un gran miedo.
La batalla, que por un momento había parecido favorable a los turcos, se revirtió. Estos huían ahora desordenadamente, dejando tras de sí sus propios escombros y a los cristianos victoriosos.

EN LA RETAGUARDIA
El Papa Pío V, desde el Vaticano, no cesó de pedirle a Dios, con manos elevadas como Moisés.
Durante la batalla se hizo procesión del rosario en la iglesia de Minerva en la que se pedía por la victoria.
El Papa estaba conversando con algunos cardenales pero, de repente los dejó.
Se quedó algún tiempo con sus ojos fijos en el cielo y cerrando el marco de la ventana dijo: “No es hora de hablar mas sino de dar gracias a Dios por la victoria que ha concedido a las armas cristianas”.
Las autoridades después compararon el preciso momento de las palabras del Papa Pío V con los registros de la batalla y encontraron que concordaban de forma precisa.
Dios, que en su justicia había permitido que parte de las naciones cristianas cayeran bajo la opresión turca, impuso aquel día un límite y no permitió que el cristianismo desapareciera.
El Dios que pone límites a las aguas y conoce cada grano de arena, escuchó la oración y manifestó su poder salvador.

En gratitud perpetua a Dios por la victoria, el Papa Pío V instituyó la fiesta de la Virgen de las Victorias, después conocida como la fiesta del Rosario y a las letanías de Nuestra Señora añadió “Auxilio de los cristianos”.
El senado veneciano coloca debajo del cuadro que representa la batalla la siguiente frase: “Non virtus, non arma, non duces, sed Maria Rosarii Victores nos fecit”; “Ni las tropas, ni las armas, ni los comandantes, sino la Virgen María del Rosario es la que nos dio la victoria”.
En 1573, el Papa Gregorio XIII le cambió el nombre a la fiesta, por el de Nuestra Señora del Rosario.
El Papa Clemente XI extendió la fiesta del Santo Rosario a toda la Iglesia de Occidente, en 1716 (el mismo Papa canonizó al Papa Pío V en 1712).
El Papa Benedicto XIII la introdujo en el Breviario Romano.
Y San Pío X la fijó en el 7 de Octubre y afirmó: “Dénme un ejército que rece el Rosario y vencerá al mundo”.


Fuente: Extractado de;  http://forosdelavirgen.org/325/nuestra-senora-del-rosario-fiesta-universal-7-de-octubre/

martes, 3 de octubre de 2017

Serva ordinem et ordo servabit te.


Aristóteles afirma en su Metafísica que “ordenar es propio del sabio” (I, 2, 982a 18), sapientis est ordinare.

“Conserva el orden y el orden te conservará”. Más que un retruécano esta máxima suena a paradoja. Pero es cierto: la disposición externa de algo no es una acción ajena a nuestra persona. El orden parte del hombre y al hombre vuelve, es una operación que transforma un entorno y que al mismo tiempo repercute en los sujetos. El orden aumenta la “calidad de vida”: ayuda a la economía y al ahorro, permite aprovechar mejor nuestro tiempo, aporta paz y serenidad a uno mismo y a los demás, crea un espacio propicio para cualquier actividad humana (estudio, descanso, convivencia, oración) y la facilita. Es menos complicado cocinar si se conoce con precisión dónde se encuentran los ingredientes e instrumentos requeridos y cuando, de hecho, están allí… de otro modo, se termina llamando con urgencia a un servicio de entrega a domicilio.

Para crear un orden (llámese éste clasificación, catalogación, o la simple asignación de un sitio a un grupo de objetos) se requiere una cabeza muy bien puesta, hace falta razonar. Ordenar-disponer es una tarea humana. El gran filósofo de la antigüedad, Aristóteles, afirma en su Metafísica que “ordenar es propio del sabio” (I, 2, 982a 18), sapientis est ordinare. Antes de establecer un orden tenemos que dedicar unos minutos para pensar dos cosas muy sencillas: qué es lo que tenemos y qué es lo que queremos. El orden será el medio para llegar a ese fin, partiendo de los elementos con que contamos. Cualquier ámbito que exija orden se reduce a este esquema tan simple (qué y para qué), sólo hay que pensar un poco y está hecho.

La conquista del orden abarca fundamentalmente dos etapas: primera, establecer el orden; segunda, mantenerlo. En la primera es preciso dedicar todo el tiempo que se requiera y estar dispuesto a reordenar las veces que sea necesario, sin cansarse de volver a empezar. En la segunda, nunca hay tregua: el orden “se mantiene” en gerundio, soportado por nuestra voluntad y nunca por generación espontánea. En otras palabras: en la formación de este hábito, como en cualquier otro, hay que actuar con decisión y constancia.

¿Cuáles son los lugares o ámbitos en los que conviene establecer y conservar el orden? La respuesta la tiene uno mismo. Las omisiones voluntarias en este punto no tienen ningún sentido. Ser desordenado a propósito no es una virtud ni una moda. Es verdad que no existe ninguna “Liga-internacional-contra-el-desorden” que vaya a meternos a la cárcel por vivir en una habitación en la que parece que habita un huracán. Tampoco hay que temer una confiscación de bienes por carencia de decoro. Los platos rotos los paga cada uno, cada día, a cada instante en su oficina, armario, cocina, estudio, coche, agenda de compromisos… Uno mismo es juez y víctima de su desorden. A veces no pasa casi nada (un retraso inofensivo), otras el precio es demasiado caro (pérdida de una cita, de un examen o del empleo).

Para algunos hombres privilegiados el orden es una manifestación natural de su temperamento. Lo cultivan de modo espontáneo, sin tener que matarse para conservarlo. Otros, más privilegiados aún, deben desgastarse el triple para conseguirlo. La lucha puede durar años, quizá toda la vida, pero vale la pena. Vale la pena cualquier cosa que nos ayude a ser mejores y a vivir con mayor plenitud como, por ejemplo, el orden.

El orden es una elección personal. Si lo quieres y te esfuerzas por alcanzarlo, ¡felicidades y adelante! Si aún no comienzas o no te has convencido, ¡ánimo, nunca es tarde para empezar!

Recuerda: Serva ordinem et ordo servabit te.

sábado, 30 de septiembre de 2017

Vale la pena!

Por Eulogio Mouchet

“¿Para qué?”, me pregunta de manera retórica. Él no busca una justificación a la pregunta, sino excusarse en su acto de no hacerlo. Darío - quien hace esta pregunta a mí, al cielo, a la existencia - tiene 16 años, buena salud, y el plan de abandonar el colegio secundario para hacer unas “changas”, ahorrar y poder comprarse la moto para finalmente ser “delivery” de pizza. Y mi imaginación se remonta a ese momento en el que uno es pequeño pero con una mente inmensa, ilimitada como la imaginación, y le preguntan: “¿qué querés ser cuando seas grande?”

“Quiero ser delivery de pizza”. Esta última escena podría pertenecer a una obra del grotesco o la tragicomedia. Para algunos teóricos sociales este es un cuadro típico de la llamada “generación Z” o “post-millennials”, los nacidos hacia finales de la década del 90 y comienzos de siglo XXI hasta la actualidad.
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Como Darío hay muchos casos. Iguales, similares o peores todos comparten un factor común: la falta de perspectiva, de horizonte, de ambición, de curiosidad, de búsqueda de desarrollo personal en sociedad. El por qué de esto no se debe a una única razón, sino a una sumatoria de factores, circunstancias, métodos, costumbres, etc. Sea como fuere la situación existe y hay de parte nuestra, una imposibilidad de dar vuelta la cara, de mirar para otro lado e ignorar esta circunstancia. Creemos que detrás de cada renuncia, de cada alejamiento, de cada horizonte resquebrajado de estos jóvenes no hay una decisión feliz sino un paso equivocado producto de la inexperiencia, de la desesperanza y del sufrimiento.

Jean Paul Sartre hacia el final de “A puerta cerrada” hace decir a uno de sus personajes la famosa frase: “el infierno son los demás”. Dicho así no hay mucha esperanza en el prójimo, y mucho menos en uno mismo, condenado a vivir en soledad, cosa que tampoco promete grandes deleites. Hay perspectivas -lamentablemente muchas- que comparten esta visión: en el otro está la miseria, el enemigo, lo ominoso, lo extraño, la amenaza, el déficit, la incapacidad, el obstáculo. A lo largo de la historia se ha utilizado bastante este recurso para generar enemigos, representar males, ejecutar condenas, y hasta también para generar artificialmente una extraña cohesión o un principio de identidad grupal. Nuestra perspectiva es diferente. Nuestra Fundación y quienes se relacionan con nosotros, quienes trabajan junto a nosotros, quienes nos apoyan, estamos convencidos de la necesidad del otro, no como amenaza, sino como igual -a pesar de las diferencias, celebrando la diversidad- con el que lograremos salir adelante y superar los obstáculos. Es que es en ese “Otro” donde reside la posibilidad del amor. Y no hay amor sin esa otredad.

Por lo tanto el vínculo con el otro, con sus alegrías y sus sufrimientos, con sus esperanzas y desesperanzas, y su falta o no de perspectiva es algo que lo vivimos como propio, donde nosotros y el otro formamos una unidad.

“¿Para qué?” Y la pregunta de Darío es seguida inmediatamente por otra:
“¿Para qué estudiar?”. Ambas aún me retumban. Y en ellas ahora escucho también un reproche a mí, a la vida, a la existencia, al cielo, a quien corresponda. Es su excusa que busca señalar las ausencias de oportunidades, los cielos no iluminados de horizontes sin perspectiva. 
Resultado de imagen para futuroEs cierto, Darío: el educarse es un esfuerzo y, como tal, cuesta. También muchas veces tomar consciencia trae desilusiones y amargura. De ahí que se diga que el ignorante es feliz. Pero no estoy de acuerdo con esa frase. 
La ignorancia no trae felicidad, trae incertidumbre y la incapacidad de resolver problemas o la facilidad de caer en ellos. La ignorancia es la que conduce al bebé a introducir sus dedos en el enchufe o al adulto a tomar decisiones importantes a ciegas. La educación, la capacitación de uno, el desarrollo de las aptitudes y las virtudes propias, eso es lo único que nos brindará las herramientas para lograr una vida dichosa. Es cierto: la educación no trae la felicidad ni resuelve nuestros problemas. Nosotros somos los que lo hacemos a través de las herramientas que la educación nos da. Paulo Freire dijo alguna vez: “La educación no cambia al mundo, cambia a las personas que van a cambiar al mundo.” Seamos autores de nuestros actos, no más espectadores.

La palabra “magnanimidad” tal como puede inferirse en sus letras: “magna animi”, es decir: el alma magna, nos habla sobre el alma y su grandeza. Santo Tomás, en la cuestión 129 de su Summa, la refiere como “una tendencia del ánimo hacia cosas grandes” (extenso animi ad magna ). Y luego agrega que una persona magnánima tiende a “actos dignos de gran honor”.

¿Qué promesa hay en ser delivery de pizza? O mejor dicho: ¿qué promesas faltan para que esa sea la cima de la montaña de una vida? ¿El ser humano se está convirtiendo en alguien que ya no aspira a grandes hazañas, a grandes descubrimientos? ¿El espíritu humano se está convirtiendo en un desierto? ¿Hasta aquí llegó el cambio climático? ¿O será que las circunstancias hacen que uno no se logre desarrollar como se esperaría? Hay algo que es cierto en la vida: la semilla, fuera de la tierra y sin agua, no se desarrolla. La semilla es semilla y está en su potencialidad ser árbol, crecer, expandirse, ser bosque. Sólo necesita de las circunstancias correctas para que aquello que era potencia sea finalmente acto.

Un compromiso ético y moral nos empuja. Creemos en que grandes cosas pueden hacerse, creemos en que hay posibilidades, oportunidades, futuro. Queremos ayudar a que las circunstancias estén dadas para que, tal como esa semilla que da origen al bosque, estas vidas puedan crecer y desarrollarse de la manera más sana y natural posible. Creemos en las palabras de Darío, no el delivery de pizza, sino el poeta que supo decir: “Juventud divino tesoro”. No queremos desperdiciar ese tesoro. Estamos aquí porque creemos en la juventud.
“¿Para qué?”, me pregunta de manera retórica.

“Para ser aquello que merecés ser, Darío.”

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martes, 26 de septiembre de 2017

Reflexiones sobre la enseñanza: valen para la universidad y demás niveles

Por: Ignacio Sánchez Cámara, Catedrático de Filosofía del Derecho

LA UNIVERSIDAD POSIBLE

La Universidad está mal, incluso muy mal, pero no creo que esté peor que la sociedad. Aunque es cierto, como decantó el clásico, que lo pésimo es la corrupción de lo óptimo. Su nivel, hablo principalmente de España, pero no sólo de ella, ha descendido profundamente. Es acaso la manifestación más aguda de la crisis espiritual. No se trata de la existencia de abusos, que existen. Lo peor son los usos. Aquellos no son tan graves pues se perciben como tales. Lo malo son los usos, el olvido de las prácticas y las virtudes que configuraron la más alta institución que creó Europa.

Omitiendo piadosamente la infeliz expresión “espacio europeo de educación superior”, lo que supongo que alberga es hoy apenas realizable. Al margen del deterioro general, no puede haber una Universidad europea si faltan los dos más decisivos ingredientes que la forjaron: un ámbito espiritual compartido, el cristianismo, y una lengua común, el latín. Por más que se intente, el inglés no es el latín de hoy. Además, existen varios tipos de Universidad, al menos el alemán, el inglés y el americano. Por otra parte, la Universidad, como toda institución, depende del aire público que respira, y ese aire, por más que se invoque la globalización, no es hoy común.

Cabe distinguir entre lo que la Universidad es y, por tanto, puede y debe ser, y lo que no debe ser. Lo primero, siguiendo entre otros pensadores contemporáneos a Jaspers y Ortega, las misiones que tiene, como institución, encomendadas, son la formación profesional superior, la investigación científica y la formación de la persona (Jaspers) o la transmisión de la cultura (Ortega). No hay Universidad sin la tendencia a realizar estos tres fines. Si se limitara a lo primero, a ser un aseado centro de formación profesional, renunciaría, al menos, a dos tercios de su razón de ser. Su esencia consiste, por lo tanto, en ser comunidad de maestros y discípulos en busca de la verdad. Por lo tanto, no hay Universidad sin libertad de investigación y de cátedra.

Así, podemos enunciar las principales amenazas que la Universidad debe superar. Y la primera, y más honda y letal, es la negación de la verdad. El escepticismo y el relativismo entrañan la negación de la condición de posibilidad de la Universidad. Si no hay verdad, la Universidad no tiene nada que buscar ni nada de lo que ocuparse. No es este un mal que agobie a la ciencia natural, pero sí una enfermedad mortal de las Humanidades. Después, debe sortear los ataques a la libertad de investigación. En la Universidad, ni se grita ni se acallan las tesis que desagraden. La verdad no se impone por la fuerza; se impone por su propia fuerza. Todo enemigo de la libertad de cátedra es o un falsario o un cobarde (o ambas cosas). Por ello, la politización es otra amenaza al espíritu genuino de la Universidad. Las empresas políticas deben quedar excluidas de la ella. Las Universidades son templos levantados al saber y no seudo-parlamentos de acción revolucionaria (o contrarrevolucionaria). Ni las Universidades ni las iglesias son lugares adecuados para la acción política. Si la política, salvo como objeto de estudio, debe quedar extramuros de la Universidad, también la “democratización” constituye una enfermedad grave para ella. Eso no significa que no puedan existir ámbitos en los que la Universidad pueda y deba someterse a los procedimientos democráticos, pero los decisivos son ajenos a ella. Baste un argumento: la verdad no depende del sufragio universal. Como decía Hume, por más que la mayoría de los hombres opinaran que la Tierra se mantiene quieta y que el Sol gira alrededor de ella, no dejaría de ser falso. En la Universidad no cabe más dogmatismo que el de la verdad. Nada es más ajeno al espíritu de la Universidad que el despotismo. Como afirma Montesquieu, en El espíritu de las leyes, “en un gobierno despótico es igualmente pernicioso que se razone bien o mal; basta con razonar para ir contra el principio del Gobierno”.

También debe mantenerse la Universidad castamente a salvo de la corrupción, no sólo política sino, sobre todo, intelectual y moral. Platón discernió entre los socráticos, incesantes buscadores de la verdad, y los sofistas, perseguidores del poder para utilizarlo en beneficio propio. En la política, el triunfo de los sofistas es nefasto; en la Universidad, es sencillamente letal. En una conferencia pronunciada por Unamuno en el Ateneo de Madrid, poco después de ser destituido como rector de la Universidad salmantina, como consecuencia de turbias maniobras políticas, afirmó: “Una cosa es transigir temporalmente con hediondas miserias políticas y otra vender la conciencia”. Para el gran vasco y, por ello, gran español, no había nunca que dimitir. Había que cumplir con el deber y cargar con las consecuencias: siempre es preferible el cese a la dimisión.

Asistimos a un terrible descenso del nivel. Que un estudiante, incluso de Literatura, lea un libro entero, de principio a fin, puede considerarse hoy como una abusiva pretensión de profesores desconsiderados o sádicos. Casi tortura académica. Todo ha de ser audiovisual y ciberespacial. Pero ni siquiera basta con eso, pues no vale ni cualquier música ni cualquier cine. Ni Bach ni Dreyer. Podrían sufrir una embolia cerebral. Como mucho, Dylan y “Juego de tronos”, y aun esto puede resultar demasiado sofisticado. Debo aclarar que la culpa no es de los estudiantes. Nunca la víctima puede ser culpable. La culpa es de otros, de quienes llevan décadas planificando la ignorancia sistemática y la rebelión contra toda excelencia.

No creo que la única salida sea la deserción de la Universidad por parte de los mejores profesores. Es, sin duda, una tentación ante la que puede no ser fácil dejar de sucumbir. Quizá la sabiduría se refugie hoy en la soledad o en la formación de exiguas comunidades de sabios eremitas. Pero constituye también un deber la resistencia, mientras quepa albergar alguna esperanza. El sueño de la Universidad produce monstruos. Algunos aún confiamos en una Universidad posible, no probable, pero sí posible.


Fuente: ABC.es, 2/3/2017. 

viernes, 22 de septiembre de 2017

Objetor de conciencia


El tema de los objetores de conciencia no es de nuestros días. Ya existieron en el siglo III de nuestra era cristiana.
El emperador Maximiano marchaba a la Galia a sofocar una revuelta. Tenía entonces el emperador una legión por nombre Tebea. Eran soldados cristianos que procedían del Alto Egipto. Al mando de esta legión estaba Mauricio. Justo antes de marchar para Francia, visitó Mauricio al Papa Marcelo en Roma.

Iban las tropas de camino. Se detuvieron en Suiza por orden del emperador, que era un estricto observante de la religión pagana, para ofrecer sacrificios a los dioses con el fin de que los protegieran en las batallas que les aguardaban.

Y he aquí que los soldados valerosos de esta legión se niegan en rotundo a hacer semejante culto a las deidades romanas. Ante esta actitud insólita, son apartados del resto del ejército y acusados de sedición. Mauricio arguyó que si no les obligaban a sacrificar a los dioses lucharían contra el enemigo de Roma, pero que si les obligaban ellos renunciaban incluso a defenderse del castigo que les impusiese el emperador.

Maximiano se enteró de lo que consideró una deserción y ordenó que los decapitaran a todos. Los tebanos, en lugar de atemorizarse por la futura muerte, dan muestras de una valentía increíble. Levantan un altar cerca del lago Lehman, donde se encontraban, y esperan su martirio. Este se produce inexorablemente. Tres soldados de otras legiones que se negaron por respeto a apropiarse de las propiedades de los Tebanos y confesaron su fe, fueron martirizados también.

Los cristianos, siempre amantes de sus héroes santos, comenzaron a tributarles culto en el siglo IV. Es más, se comprometieron a dar a conocer esta hazaña al mundo entero mediante cartas o viajes por el imperio. Muchos soldados cristianos después a lo largo de los siglos, cuando tenían que luchar, rezaban a san Mauricio y su legión para que los defendiera de los peligros de contaminarse con el afán de rapiña, de venganza, y lo que pudiese desdecir del caballero cristiano. 

¡Más vale una muerte digna por amor a Dios que una vida hipócrita por amor al prestigio que otorgan los hombres sin fe!