martes, 3 de noviembre de 2015

El sentido del orden


Virtud es también un modo de relación con el mundo. ¿Cómo ve el mundo uno en quien actúa el sentido del orden? Nota que todo en él está ordenado “conforme a medida, número y peso”, según dice la Escritura. Sabe que nada ocurre de modo casual; todo está con sentido y en conexión. Goza viendo esa ordenación; pensemos por ejemplo, en la imagen del mundo en los pitagóricos, que equiparaban las leyes del mundo con las de la armonía, y decían que cuanto acontece es gobernado por el son de la lira de Apolo. Quien tiene ese carácter, ve también el orden en la historia: ve que en ella tienen vigencia profundas reglas, y todo tiene su causa, y nada queda sin consecuencias, como se expresa en el concepto griego de Themis, según el cual toda acción de los hombres está sujeta a justicia y razón.

Guardini, Romano (1982) Una ética para nuestro tiempo. Madrid: Cristiandad. P. 16.

viernes, 30 de octubre de 2015

Historias de vida...


El secreto de un obispo


Próximos a la fiesta de todos los santos, recordemos el hermoso dogma de la comunión de los que viven en gracia, y la maravillosa intercesión que podemos ejercer.


Guillermo Emmanuel conde de Ketteler, (1811 – 1877), obispo de Maguncia, fue una de las personas más destacadas y valientes en la lucha por la libertad de conciencia y de la Iglesia de Alemania en el siglo XIX, durante la Kulturkampf («lucha cultural») de Bismarck; y asimismo, uno de los iniciadores del pensamiento y del movimiento social católico, (cf. Benedicto XVI, Deus caritas est, nº 27), a tal punto que el Papa León XIII, conocido como el Papa de los obreros, había dicho que el obispo Ketteler fue supredecesor.
Resultado de imagen para KettelerPero hay un secreto desconocido de la vida de este obispo pionero de la doctrina social de la Iglesia que debe servir de ejemplo para cada cristiano.
El conde Ketteler, que había estudiado con los jesuitas suizos en Brig, sólo pensaba en los honores, los placeres, el dinero y el prestigio, a efecto de lo cual estudió derecho en las universidades de Gotinga, Heidelberg, Munich y Berlín. Nombrado funcionario del Gobierno en Münster, pronto renunció, según se lo dijo a su hermano en una carta, porque no quería servir a un Estado que exige sacrificar la conciencia.
Pero un día, a la edad de 30 años, con la velocidad del rayo, decidió hacerse sacerdote. En 1844 fue ordenado presbítero, y luego obispo de Maguncia en 1850.
En 1869, conversando con otro obispo, Monseñor Ketteler le confió a éste, que existía una persona que por él había dedicado toda su vida a Dios, a quien él le debía toda su vida y todas sus obras incluyendo su vocación.
Al día siguiente los dos prelados celebraron el Santo Sacrificio de la Misa en la capilla de una congregación de religiosas. Al momento de la Santa Comunión, el obispo de Maguncia tuvo un susto al acercarse a la balustrada una de las monjas, pero recobrando inmediatamente el dominio de sí mismo, le administró la Sagrada Hostia.
Después de la Misa el obispo Ketteler pidió a la Madre Superiora que reuniera a todas las hermanas, hecho lo cual, tuvo que preguntar: ¿Están realmente todas?, admitiendo la Superiora que faltaba una, la que esmeradamente cuidaba los establos, y que por su esmero a veces olvidaba otras cosas. Cuando llegó la religiosa el obispo empalideció. La religiosa había nacido hacía 33 años, el mismo día en que Guillermo Emmanuel se había convertido a raíz de una visión en la que había visto a Jesucristo resplandeciente enseñándole su Corazón, y arrodillada ante Él vio a una humilde monja en actitud suplicante, de quien oyó decir a Jesús: Ella ora incansablemente por ti.
Evidentemente, hacía 20 años que la hermana rezaba, ofrecía sus trabajos del convento, a veces desagradables, y sacrificaba su hora diaria de adoración eucarística, para que el Corazón de Jesús los hiciera llegar a quien Él así lo dispusiera.




Al Cielo le agrada la santidad silenciosa y discreta, que se consume en el amor a Dios y al prójimo, que ama en fidelidad y obediencia y sirve en silencio y en paz, de esa oración nacen las verdaderas vocaciones al sacerdocio.



Por Germán Mazuelo-Leytón. Extractado de: http://infocatolica.Com/blog/contracorr.php/1304180208-el-secreto-de-un-obispo

lunes, 26 de octubre de 2015

Juguemos a desoxidar neuronas...

La señora Sofía tiene un hijo en cada una de las siguientes universidades: Córdoba, Rosario y Tucumán. Cada uno estudia carreras diferentes: Abogacía, Filosofía y Medicina.
Juan no está en Córdoba; David no está en Rosario. El que está en Córdoba no estudia Abogacía. El que está en Rosario estudia Filosofía. David no estudia Medicina.

¿Qué estudia Tomás y dónde estudia?

miércoles, 21 de octubre de 2015

LIBRO E IDENTIDAD (2 de 2)

Por Ana Benda, Dra. en Letras

Se dice que la poesía desata una triple revelación: la del yo del poeta, la del yo lector y la del mundo. Creemos que todo gran libro lo hace. Hay un “saberse” y un simultáneo “decirse” en y por la voz de otro que se produce en la experiencia de la lectura profunda. Ella ata, como un cordón umbilical, a la propia raíz entrevista, a la esencia más remota de uno mismo, al hontanar más medular de la propia personalidad (“... un libro no debe revelar las cosas, un libro debe, simplemente, ayudarnos a descubrirlas”, dice Borges).
Quizá por esto algunos libros atrapan, fascinan, se leen y releen a todo lo largo de la vida y la lectura nunca es repetición sino siempre búsqueda y descubrimiento.

El libro ejerce en el espíritu humano una mayeútica que nos lleva a dar a luz lo más propio que somos y traemos. Ejerce sobre lo genético un trabajo de parto que arranca del útero de nuestro ser aquello valioso y escondido, desconocido a veces para nosotros mismos, indescifrable sin una voz ajena.
Es como decir: necesito leer para saber quién soy. Y para ser el que quiero ser, necesito seguir leyendo.
En el libro se aglutina y sintetiza la memoria de toda la cultura humana. De ahí la elección del epígrafe de Borges. La palabra es el don de la criatura más idóneo para la transmisión de su realidad cultural, porque es la más acabada simbolización del yo individual y comunitario de cada tiempo. Y la palabra logra en el libro su sintaxis completa. No es un fragmento de realidad sino la realidad misma, abstracta y palpable en simultaneidad, metáfora y vida, organizada en un mundo ficcional que no sólo copia sino que también explica el mundo.
Un libro siempre es una hermenéutica del cosmos, tallada en un punto preciso del espacio y del tiempo por alguien que pudo ver más allá de su tiempo y su espacio y supo decir lo visto. Y si esto vale para el autor, no menos cierto es que la primera hermenéutica, de parte del lector, es la lectura.
Dice Milosz: “La única patria es el lenguaje”. Y ésta se hace mundo en el libro.
                       
Sin duda, educar es crear vínculo con el libro. Es fomentar una relación de hechizo, es inculcar la certeza de que el gran maestro es el gran libro. Es enseñar, paulatinamente, que sin buena lectura la vida no tiene horizonte, la imaginación languidece en una jaula, los problemas no aciertan con sus soluciones y los hombres dejamos de ser tales, porque ya no tenemos quién nos diga quiénes somos, a qué destino estamos llamados, de dónde venimos y a dónde vamos, qué mundo haremos para nuestros hijos.
Enseñar a leer es propiciar un segundo nacimiento: el de la propia identidad.

Quizá alguien pueda sostener que la experiencia es madre de la sabiduría, y que el conocimiento que aportan los libros sólo nutre a la inteligencia, y a veces, estérilmente.
Pero no hay posibilidad de reflexión y análisis de la propia conducta y los hechos, ni introspección posible en la propia experiencia que no culmine asentándose en la lectura. Porque, en definitiva, no hay objetivación de la conducta personal sin visión de la conducta ajena. Y para esto no alcanza la imagen real o la de los “mass-media”, es necesaria la palabra. Sólo se hace catarsis en el sentido aristotélico del término, como “purificación de las pasiones por la compasión y el temor” ante otro ser  que muestra y dice su drama, y lo hace desde la altura y dignidad de quien representa en sí mismo a toda criatura humana.
No hay cultura sin libros, no hay transmisión de “cultos”, ritos, costumbres, descubrimientos... no hay permanencia de identidades que propicien el surgimiento de la propia. Leer es un proceso altamente “metafísico” que nos involucra comunitariamente con toda la humanidad sincrónica y diacrónicamente y con nuestra propia entraña, frecuentemente dolida de su finitud, de su caducidad, de su desolación de ser, tan sólo, humana. Y simultáneamente, asombrada y gozosa del don de la vida, de la gratuidad del amor, de la belleza del mundo.

Vivir sin libros es vivir poco, escasamente, es ser, apenas, éste que somos, renunciando a la posibilidad, abierta en el libro, de ser todos. Somos tan responsables de que a algunos les falten los libros como de que les falte el pan. Condenar a la ausencia de libros es menoscabar la dignidad de la existencia humana, es un modo perverso de la orfandad y el abandono cultural, del sometimiento y la injusticia.

Si, como afirman la teología, la filosofía y la literatura desde los tiempos más remotos, la gran pregunta humana es ¿quién soy yo?, el libro viene, desde la memoria más remota de la cultura oral a responder por escrito con la voz del oráculo: “conócete a ti mismo”.



Fuente: Benda, Ana, Hernández de Lamas, Graciela, Ianantuoni, Elena (2000) La importancia del uso del libro en la educación. Buenos Aires: Santillana. pp. 16-19

sábado, 17 de octubre de 2015

LIBRO E IDENTIDAD (1 de 2)

Por Ana Benda, Dra. en Letras

Nos preguntamos quiénes seríamos sin nuestras lecturas, sin los textos incorporados (y olvidados) por nuestra memoria. No dudamos en afirmar que somos nuestras lecturas. A tal punto ellas terminan construyendo nuestra mismidad.
Qué y cómo pensaríamos y sentiríamos la realidad sin los libros que constituyeron el fundamento de nuestras ideas y de nuestra percepción del mundo, que tallaron nuestra sensibilidad y configuraron nuestra cosmovisión.
Si ordenamos en el imaginario individual la biblioteca que convive a nuestro lado desde la primera infancia, desde el cuento oído, leído por la voz materna, hasta el último libro comprado, el que estamos leyendo hoy, un universo de imágenes, ideas, acciones, personajes, tiempos y espacios desconocidos por nuestra experiencia organiza una secuencia vivencial en nuestro interior muy difícil de separar de lo que somos. La biblioteca se trueca en “enciclopedia”, en un solo gran libro que crece con los años, con las páginas agregadas día por día, y que vive en el riñón más recóndito de nuestra memoria, se consubstancia con nuestra vida intelectual, moral, estética, práctica, se hace carne en nosotros y aparece en nuestra conducta tanto o más que lo congénito.

Los cuentos infantiles estructuran una escenografía simbólica de la realidad en la que los personajes y las acciones, los temas y sus repeticiones muestran la vida en su abstracción más alta y en su concreción más real. Nada es tan claramente malo como una bruja ni tan nítidamente bueno como un hada. Nada da a lo ético forma tan íntima e indeleble  como esta percepción primigenia, estrictamente estética del mundo, plasmada en el cuento infantil tradicional.
Los libros de aventuras, las novelas adolescentes de amor, de viajes o guerras o piratas “inventan” en el lector la experiencia de lo leído. Producen lo que la lingüística contemporánea ha denominado con justicia “placer lector”. Desarrollan la imaginación, la pueblan de imágenes y símbolos que sólo el tiempo terminará de interpretar y, a veces, permanecerán siempre como misteriosos mojones en la estructuración de la propia identidad: Sandokán,  Sheherazade, Simbad, Gulliver, Marco Polo, Robin Hood, Tristán e Isolda, el Rey Arturo, Ginebra, Aquiles, Merlín, Abraham, Moisés, David y otros tantos, despiertan en la conciencia infantil el papel del héroe, de modo que el planteo aristotélico de la identificación con los mejores se obra con independencia de la voluntad, como proceso natural en el deseo de ser el mejor “uno mismo”, el que estamos invitados a ser. Esta función sinfrónica de la lectura, la que crea empatía, sintonía, admiración por una historia o un héroe saltando todas las fronteras espaciales y temporales opera la más abstracta y conmovedora vinculación del ser humano con su pasado. Allí lo siente propio, es su historia la que está leyendo, no algo ajeno o indiferente a su vida. Los sumerios pueden ser nuestros amigos y contemporáneos en un tiempo cultural, casi sagrado, que se mide por lo que aquellos hombres hicieron por nosotros y no por el tiempo que nos distancia. Admirar y condolerse con David, llorar con Isolda y guardar el Santo Grial con Arturo nos aseguran haber descubierto el puente que une la cultura con la vida.
La frase de Borges es aquí certera y filosa: “Yo diría que la literatura es también una forma de la alegría. Si leemos algo con dificultad, el autor ha fracasado”. Leímos en la infancia y adolescencia con facilidad, con pasión, con ardor y apuro. Queríamos vivir hasta la última gota lo que el libro nos daba de vida.
En estas dos etapas iniciales de trato con el libro, la infancia y la adolescencia, el lector experimenta, quizá inconscientemente, la función lúdica de la lectura. El objeto libro es un juguete más, uno que se le enseña a no romper, uno diferente, pero causa de tanto placer como otro. Este es un punto crucial para su futura trayectoria de lector. El libro da placer o es descartado de la categoría “juguete”. Sin función lúdica primigenia no hay edificación del lector, no hay, en consecuencia, vínculo personal con el libro.  
El texto informativo que puebla la escolaridad primaria opera a modo de documental de la historia y la geografía del mundo, diciendo cómo es este planeta que habitamos, y qué sabemos hoy del cosmos, qué pasó en la vida de sus hombres y sus pueblos, y cómo eran y vivieron sus animales y se desarrollaron hace millones de años sus bosques y selvas, trayendo a la superficie lo oculto en sus mares y océanos y revelando en sus silencios quiénes somos si para nosotros fue hecha tanta grandeza, tanta maravilla, y abriendo la pregunta acerca del autor de tanta gloria que contemplamos en la naturaleza y completamos en los libros. Porque un libro dice también mucho que no dice. Está el espacio de “lo no dicho”, lo que el lector irá completando a medida que su “enciclopedia” le dé armas y herramientas para hacerlo. La lectura se irá tornando un proceso cada vez más creativo y personal, más placentero y participativo.
Las ciencias exactas también llegan por los libros mostrando, desde el misterio del número, un orden, un “cosmos” impreso en la naturaleza de las cosas que desintegra, por su sola presencia, toda idea de “caos”, que funda la experiencia de la creación como paternidad.
Las nociones abstractas de tiempo y espacio comienzan a configurar y preparar nuestro pensamiento para otros textos.
Y llegará hasta nuestras manos, esas artesanas del libro, el texto de filosofía, el que abre la puerta oculta y nos introduce en un jardín secreto en que el pensamiento cobra alas y sostén sobre el pensamiento ajeno, para tomar forma en él, para constituirse como tal, para aprender a interrogarlo, a criticarlo, a cuestionarlo, para iniciarse en el deslumbramiento de descubrir que nos hemos enamorado del saber, que “el verdadero gozo está en el conocimiento” (Chejov), para ir sabiendo, sobre el pilar de la sabiduría ajena, históricamente cercana o lejana, quiénes, en realidad, somos. (“Si leemos un libro antiguo es como si leyéramos todo el tiempo que ha transcurrido desde el día en que fue escrito y nosotros”, dice Borges).
 Llegará, quizá, de la mano de la filosofía el libro de teología, el que se atreve a indagar en el misterio de Dios, el paradójico texto que clava su mirada en el Incognoscible y su palabra en el Innombrable, el que nos pone en el lugar crucial de la vida porque frente al Otro nos empuja a preguntarnos quiénes somos como criaturas, en nuestra realidad más intensa y dramática, más perenne. Y nos pone de cara a la muerte.

Leer es vivir por sustitución. Mil vidas, mil historias, ser otros mil que no seremos nunca pero, paradójicamente, somos en el tiempo de la lectura.
Para comprender acabadamente esta idea es necesaria  la intuición global de la resta: si nos quitamos lo leído, ¿quiénes somos?, ¿qué queda de nosotros?, ¿cuál es nuestro nombre si debemos restar al propio el de Dostoievski, Cervantes, Dante, Shakespeare, Balzac, Aristóteles, Calderón, Kazantzakis, Platón, San Juan de la Cruz, Niezsche, Machado, Goethe, Quevedo, Salinas, Heidegger...?
Ya no seríamos quienes somos sin ellos. Han sido nuestros maestros, pero no de doctrinas ni de ideas ni de estética. En realidad, lo que nos enseñaron es lo mismo que construyeron: simultáneamente nos dijeron quiénes somos y nos hicieron los que somos.
La urdimbre que teje nuestro yo con sus lecturas, ésa es nuestra identidad.



Fuente: Benda, Ana, Hernández de Lamas, Graciela, Ianantuoni, Elena (2000) La importancia del uso del libro en la educación. Buenos Aires: Santillana. pp. 13-17.



miércoles, 14 de octubre de 2015

Nos habla: Santa Teresa de Jesús, maestra de los caminos del espíritu...

¡Oh hermosura que excedéis
a todas las hermosuras!
Sin herir dolor hacéis,
y sin dolor deshacéis,
el amor de las criaturas.

Oh ñudo que así juntáis
dos cosas tan desiguales,
no sé por qué os desatáis,
pues atado fuerza dais
a tener por bien los males.

Juntáis quien no tiene ser
con el Ser que no se acaba;
sin acabar acabáis,
sin tener que amar amáis,
engrandecéis nuestra nada.


sábado, 10 de octubre de 2015

De equívocos y otras yerbas...

Días atrás se realizó en San Rafael un congreso sobre educación, en el que se puso bajo sospecha el verdadero significado de un vocablo tan limpio como "alumno". No es extraño que se pretenda tergiversar el sentido de las palabras, sabemos que es parte de la acción ideológica cuyo camino es sencillo: se cambia el sentido de las palabras para cambiar las ideas y así avanzar en la imposición de un pensamiento revolucionario. 

Este abuso del lenguaje recuerda la falsa etimología de "aborigen" que los propulsores de la hispanofobia han propalado mentirosamente a los cuatro vientos. Ellos dicen que significa "sin origen". En realidad, está formada por "ab" y "origine", construcción en ablativo cuyo significado es "desde el origen" y se utiliza para designar a los  primitivos (en su real  sentido de "primeros") habitantes de un territorio. O sea, decir aborigen es idéntico a decir originario. Pero para la ideología indigenista es un modo más de provocar la discordia. 

Parece que para estos nuevos lingüistas todas las palabras que empiezan por "a" incluyen un prefijo privativo. Con ese criterio, "alado" significaría "sin lado"; "amortizar" podría  ser "sin morir" ; "asignación" significaría "sin firma, sin sello" (aunque no creo que esta les guste)  y otra serie de gansadas que la imaginación podría agregar a la lista.

Adjunto un link donde se aclara el significado de "alumno".

Prof. Liliana Pinciroli