martes, 30 de junio de 2015

Dra. Graciela Hernández de Lamas

UNIVERSIDAD FEDERAL DE RÍO GRANDE, RÍO GRANDE DO SUL, BRASIL, SEPTIEMBRE DE 2010

DIOS Y LA EDUCACIÓN

FIN DEL EDUCAR: ¿PERSONALIZAR O DIVINIZAR?

Planteo de la cuestión

 

La ciencia de la educación, como toda disciplina que se ocupa de las cosas del hombre, tropieza con este primer problema: el hombre y su fin. De las soluciones que aquí se encuentren, dependen las posibles argumentaciones restantes.
¿Cómo se presenta el hombre en una primera experiencia, o en la (experiencia) mediada por la literatura (poesía, mito, cuento), la religión, la ciencia, la filosofía o la metafísica?
Es un lugar común que el hombre se presenta como indigente, carenciado, casi desdoblado. En realidad no sabe bien ni siquiera quién es, hace el mal que no quiere y no puede hacer el bien que quiere[1]. Pero tiene una aspiración: un eros, un amor,  un impulso óntico. Esta fuerza es expresión en síntesis abigarrada del ser mismo del hombre y de su esencial aspiración hacia el bien y la belleza. En definitiva es la aspiración a la entelequia, que el hombre debe conseguir, y es también el fundamento inmediato de la educabilidad del hombre. Como quiera que se designe, esta fuerza es la que lo lleva a no quedarse en ese estado tan incómodo de indigencia. Por el contrario, lo impulsa a emprender un camino que se presenta como arduo y difícil.
El eros se ve renovado y potenciado por la esperanza de ver algo que no se ha visto pero de lo que se tiene una sospecha, por algún vestigio o pista. En ese camino el hombre siempre necesita, y se le concede, un auxilio, alguien que lo guía para llegar a la meta o cima tan ansiada. Ese alguien es un maestro, un ángel, Atenea, Beatriz,  Dios mismo como principio exterior o interior.
Este camino y proceso -que presento metafóricamente- trataré de mostrar que es el proceso de la educación, visualizado como un peregrinaje cuya senda está incoada desde el principio, pero que se va descubriendo de a poco, en el tiempo. Lleva al peregrino a encontrarse con él mismo, a conocerse, a percatarse de sus limitaciones, miserias y grandezas insospechadas. Lo lleva a ser más y mejor de lo que ya era. Lo lleva a unificar esas tendencias tan dispersas y dispersantes.  
El camino es de conocimiento y amor, de sabiduría y salvación, de personalización y divinización. En definitiva, de ser mejor en lo más específico. En lo más elevado que se es. Lleva al hombre a ser más persona, casi divina y al mismo tiempo, al encuentro con Dios.

Trataré de desplegar a grandes rasgos todo este proceso a partir de los griegos, que siempre son la matriz originaria. Si bien me valdré de la meditación platónica, la ciencia a la que acudiré más es a la de Aristóteles, que es el autor de nuestro seminario. Ejemplificaré rápidamente con el camino que describe de modo prolijo San Agustín, ya que es paradigmático y sirve para leer a los grandes filósofos, a los grandes santos y a los grandes y pequeños personajes de la literatura.
En los griegos está también la semilla del proceso de conciencia, en la medida en que Sócrates reivindica como momento especial de su filosofía el conócete a ti mismo. A poco de meditar en este mandato nos persuadimos de que es un componente del fin de la educación. Este conocerse no es ni originario ni fácil, dado el hecho de que la primera intencionalidad del espíritu es hacia la realidad exterior  y la opacidad del hombre para sí. Por ello necesita de todo un camino catártico y de purificación que coincide con el de la sabiduría. Culmina en la contemplación de lo más perfecto, Dios; con la potencia más perfecta, el intelecto; mediante el hábito más perfecto, la Sabiduría[2]. Esta cúspide exige – o supone- el dominio y cierta transparencia de sí.

En la búsqueda consideraré:
1. El fin de la educación, que me llevará a tratar, en vías de fundamentación, la naturaleza humana, su imperfección y su posible  perfeccionamiento.
2. El proceso en el que consiste la búsqueda de tal perfección: el inicio, el camino y la llegada o culminación;
3. Lo específico de este proceso, lo educativo del mismo, ya que el hombre originariamente es incapaz de iniciar el camino que ansía. Necesita de un guía o maestro que lo auxilie y acompañe y le ayude a resolver el conflicto inicial que se le presenta y a encontrar el verdadero sentido de su propia vida;
4. La contemplación y gozo como el fin del proceso. Poco a poco aquel hombre que inicia el camino se ha ido transformando y, en la presencia de la Perfección de lo contemplado se hace transparente para sí, llega a conocer y gozar al Absoluto y también a conocerse plenamente a sí mismo.  Llega a un estado en el que el espíritu se ha desplegado hasta su plenitud, llega a una cierta divinización.

1.        Fin de la educación


Todo lo que hacemos lo hacemos por algo. Siempre el hombre pretende algo cuando realiza una acción y más aún cuando se trata de un proceso. Esto no necesita de ninguna prueba.
La educación, como acción, ha de tener un fin. Éste indicará la ruta a seguir (Si no hay algo que oriente no se puede siquiera emprender el camino).
Ahora bien, al ser la educación un accidente del hombre, es evidente que debe tener relación su fin con el de aquél. Para investigarlo hay que tener en cuenta  que el fin de todo ente es la perfección de su naturaleza. Es lo perfecto, lo todo hecho, terminado, en sentido perfectivo,  no limitativo. Designa lo mismo que el concepto aristotélico de entelequia como esencia acabada que se desarrolla dentro de la línea de su propio ser, hasta su mayor perfección posible.
El fin del hombre coincide entonces con la perfección de la naturaleza humana, por lo que en ésta ha de buscarse el fin de la educación. Esta naturaleza es algo así como el programa, el boceto originario, que ha de indagar y seguir el propio educador.
¿En qué consiste esta naturaleza humana y su fin?

La naturaleza humana, su imperfección y su posibilidad de perfección


Si consideramos la naturaleza del hombre, su esencia como fuente de operaciones hacia fines perfectivos, vemos que lo que la distingue es su particular modo de ser espiritual. El hombre es un espíritu encarnado, con una unidad substancial de cuerpo y alma.
Lo definitorio en el hombre es el ser persona con una naturaleza espiritual que se manifiesta en distintas propiedades reducibles a tres: su capacidad de abstraer, el poder tener  conciencia de sí mismo y de sus actos, y la posibilidad de ser libre[3]. Estos tres tipos de actos: abstracción, conciencia y libertad, en que se agrupan los propios del espíritu, son, en el hombre, manifestación progresiva de su ser más específico. Pero no se dan plenamente en su estado inicial. Son potencia; en lenguaje vigotskiano, serían zonas para desarrollar.
En efecto, el hombre comienza su actuar con un conocimiento meramente sensible de lo exterior; la abstracción será  fruto de maduración y aprendizaje. El conocimiento de sí, que es posterior al conocimiento de la realidad exterior es muy borroso durante largo tiempo, su concreción constituye trabajo para toda una vida. Y en cuanto a la libertad, el hombre en tanto no educado, en tanto no se posee a sí mismo, es más liberable que libre. Esto constituye el fundamento de la necesidad de la educación.
El hecho de que el cuerpo y el alma formen una unidad no significa que tengan igual jerarquía. Aristóteles dice que “el ser de cada hombre consiste en el intelecto o en él principalmente”[4], ya que es la “parte más señorial de sí mismo”, “su principio dominativo”, de tal modo que constituye su verdadero ser. Por esto el contenido de la perfección del hombre ha de buscarse en esta parte esencial[5]. La actividad propia de la inteligencia es la contemplación, que no tiene otro fin fuera de sí “y contiene además como propio un placer que aumenta la actividad”[6]. En esta actividad, que debe involucrar toda su vida, parece consistir la felicidad perfecta del hombre.
Sólo se puede dar esta actividad en él “en cuanto que hay en él algo divino”. Si la inteligencia es algo divino con relación al hombre, la vida según la inteligencia será también vida divina con relación a la vida humana, según repite Aristóteles. Vida que se presenta en cierto modo como connatural al hombre, pero requiere un esfuerzo grande para vivir según ella. Pero ya que es posible sería indigno de un hombre libre no aspirar a ello[7]. Por esto, “debemos, en la medida de lo posible, inmortalizarnos y hacer todo esfuerzo para vivir de acuerdo con lo más excelente que hay en nosotros; pues, aun cuando esta parte sea pequeña en volumen, sobrepasa a todas las otras en poder y dignidad”[8].
Al ser este principio o elemento intelectual el dominante y superior sería absurdo que el hombre no escogiese la vida de sí mismo sino la de otro ser. Vemos que para Aristóteles el escoger esa opción por aspirar a lo mejor de sí, es aspirar a ser uno mismo, fiel a la verdadera esencia. Y es en esa fidelidad donde se encuentra la felicidad, ya que “lo que es propio de cada uno por naturaleza es lo mejor y lo más agradable para cada uno. Así, para el hombre, lo será la vida conforme a la mente, si, en verdad, un hombre es primariamente su mente. Y esta vida será también la más feliz”[9]. De tal modo que la infidelidad a la perfección es aspirar a ser otro. Es la raíz del dualismo en el hombre y de su infelicidad.
La contemplación, al ser la actividad de lo más alto, es la perfección natural del hombre.  Aristóteles insiste en que esa perfección consiste en un cierto asemejarse a lo divino.  “La actividad divina que sobrepasa a todas las actividades en beatitud, será contemplativa, y, en consecuencia, la actividad humana que está más íntimamente unida a esta actividad, será la más feliz”[10].
Llegamos así a que la perfección del hombre, que es la actualización de su esencia, la realización de su entelequia, consiste en la contemplación, que a su vez es el acto propio de Dios, por lo que el hombre al practicarlo se diviniza en cierto sentido. Además la sabiduría que implica la contemplación es portadora de autosuficiencia o independencia, una cierta autarquía, cualidades propias de los dioses.
Esta búsqueda y esta vida humana así consagrada, es la vida del filósofo, del que busca la sabiduría. Pero es más perfecto llegar a ella que simplemente buscarla, porque es el logro del objetivo propuesto. De ahí también que sea mayor el deleite que hay en la consideración de la verdad conocida que el que existe en buscarla[11]. Por lo tanto, el fin del hombre ha de consistir en el acto de contemplación y gozo, que consiste, como habíamos anunciado en la introducción, en el acto de la potencia más perfecta, la inteligencia (arrastrando todas las demás potencias unificadamente); con el hábito más perfecto, la sabiduría (y el amor consiguiente); del objeto más perfecto, Dios.
A su vez, este hombre que desenvuelve así su vida, en la búsqueda de la sabiduría y de lo divino, ha de ser sin dudas, “el más amado de los dioses”[12] ya que éstos reciben más contento de lo que es en el hombre lo mejor y lo más próximo a ellos y además los han de recompensar de mejor manera.
Esta participación divina en el mismo ser del hombre es el fundamento de una participación en el operar.
Íntimamente asociada a la naturaleza del hombre está el placer, que es una cierta participación del gozo futuro y la educación deberá considerarlo especialmente al tratar sobre la naturaleza del hombre y su posibilidad de mejora.

2.        El proceso


Para llegar a la asimilación o a la conformidad entre el hombre y Dios se necesita un  proceso de purificación y catarsis por parte del hombre, ya que se trata de conformarse con un Bien que es Lo puro, Lo Sin Mezcla. Y el hombre no lo es. Ése es el sentido del tiempo humano.
Hay una distancia entre la postura inicial del hombre, en la que está entenebrecido y no puede distinguir lo más evidente, hasta el estado de luz en que puede ver y en que él se ha purificado. En el estado inicial también su amor es difuso y sin horizontes. Así comienza un proceso temporal y de modificación espiritual clásicamente metaforizado por un viaje. San Agustín dice: “conciudadanos míos que peregrinan conmigo […] compañeros míos de camino en mi viaje terrenal”[13]. Y Platón, al terminar su República: “[...] marcharemos siempre por el camino de arriba […] con ello estaremos en la amistad de nosotros mismos y de los dioses, tanto durante nuestra permanencia aquí como después de haber recogido los galardones de la justicia […]. Así seremos dichosos tanto en este mundo como en el viaje milenario que acabamos de referir” [14].
Es el viaje de Ulises-Eneas, del filósofo de la caverna platónica, de toda la literatura ficcional y no ficcional[15]. Estos viajes explican míticamente el proceso[16].
Este camino es también una paideia y un proceso de conversión, de develamiento (aletheia) en donde se va a manifestar la plena humanidad como la verdad más diáfana, ya que sólo puede darse allí donde el hombre aspira a asemejarse a lo divino, es decir, a la medida eterna, dice Jaeger[17].
El conocimiento borroso del comienzo es suficiente para mover y progresa en el alma, ya que ésta es afín a su objeto último, Dios[18]. El alma tiene un plexo de disposiciones, fruto de la naturaleza, el hábito y el ejercicio, que le posibilitan la presentación de la idea del bien como una meta natural de todas sus aspiraciones, capaz de moverla y de provocar su esfuerzo. La representación de la perfección es la que mueve al hombre a trabajar sobre sí para desechar lo que lo distancia y lograr aquello que intuye es una cierta connaturalidad con el Objeto que lo voca, que lo llama, y cuyo conocimiento pobre provoca ese amor, también pobre aún, que funciona como motor.
Se requiere una preparación para comenzar el camino. De hecho no todos lo emprenden. San Agustín expresa la diferencia existente entre los hombres para hacerlo o no diciendo que “las cosas les hablan lo mismo a todos los hombres; pero sólo las entienden los que comparan el anuncio venido de afuera con la luz interior de la verdad”[19].
Platón habla de la necesidad de las Matemáticas para el inicio ya que el conocimiento de los números favorece que la inteligencia se eleve[20]. La consideración de los números favorece la conversión al ser pues despierta, purifica y estimula el pensar además de disponer positivamente para el estudio de las otras ciencias[21]. Dispone para que los aspirantes tengan buena memoria, sean infatigables y amantes de todo trabajo[22], y tengan templanza, valor y nobleza de espíritu[23]. De esta manera alcanzarán “el conocimiento del ser en sí”, fin del camino. En este estado podrán también discernir acerca de lo bueno y lo malo, lo justo e injusto. Y podrán disfrutar de lo que se debe, y odiar y dolerse de lo malo[24], ya que todos los hombres escogen deliberadamente lo agradable y evitan lo molesto, pero en el estado inicial no siempre coincide este placer y dolor con lo que corresponde.  Armonizar el propio sentimiento con los hechos buenos y malos será tarea de la educación.  

El proceso es paidéico, de “a dos”; es educativo


Este camino y purificación nunca es un camino en soledad sino que implica a otro, que puede ser Dios mismo hablando en el fondo del alma, como el Maestro Interior de San Agustín[25]. El que es indigente y falible necesita un auxilio. Por otra parte, el que consigue traspasar el camino y lograr la meta de la sabiduría tiene la necesidad de comunicar a otros lo que son realmente las cosas, como el filósofo de la caverna. En el estado de plenitud siempre se da un impulso de procreación y perpetuación de sí mismo en sus iguales[26].
La educación es ese camino que se hace de a dos, uno auxiliando al otro para el logro de una plenitud de aptitudes por la  cual el hombre puede llegar a conducirse a sí mismo de manera libre y recta hacia sus fines, que abarcan desde su propia perfección hasta los bienes comunes (familiar, político y total sobrenatural) que perfeccionan su naturaleza[27].
Es necesario el camino educativo por la dualidad originaria y de pobreza a la que hemos hecho referencia. Implica un curriculum de “ciencia y conversión” (de ciencia y virtud). Se presentan interrogantes importantes: “Solo, ¿se puede lograr? Pero, por otra parte, ¿puede un hombre educar a otro hombre; influir en él, en su libertad? ¿Hasta dónde es educación y hasta dónde puede ser manipulación y dominio ilegítimo del otro? ¿Cómo se conjuga el guiar en el camino para que el otro sea dueño de sí? Y en caso de intervención, ¿qué características tendrá la misma? Éste es en última instancia todo el problema de la comunicación entre los dos  “centros ónticos”, entre dos personas, tema que excede este lugar. 
Lo que sí sucede es que desde la carencia, desde la potencia, no se puede iniciar el proceso. Se necesita alguien en acto para mover, para hacer pasar de la potencia al acto.
Ésta es la función que ha asumido vivamente el político griego que, junto al poeta, es el maestro por antonomasia que engendra el marco disposicional para que germine la virtud  y la ulterior chispa divina en sus conciudadanos. Es la figura del maestro como tipo acabado de hombre. Este tipo es en última instancia, el filósofo[28], es decir, el hombre que llegó a ver la Verdad, que llegó a tener con ella cierta connaturalidad. Precisamente Santo Tomás define al Maestro como aquél que transmite la verdad que ha contemplado. Y se da la paradoja de que se comienza en una dualidad personal, y en contacto con otra persona, y se termina en el logro de una fuerte unidad personal y en una auténtica unidad amical con el maestro.
Pero, ¿cómo podrá el hombre ser dócil para recibir este auxilio, que no puede siquiera conocer acabadamente ni el camino ni los obstáculos exteriores e interiores? No hay ayuda externa que alcance.
Aquí llegamos a que necesitará de fuerzas y virtudes para poder autoconducirse, las que constituyen como una segunda naturaleza; hábitos que le permitan operar fácilmente y con economía de esfuerzos hacia el bien y la verdad. Estos hábitos son el camino y posibilitan el término. Son necesarios para constreñir las posibilidades infinitas de error y ayudar al hombre a actuar eficazmente en el camino hacia su fin.
Ahora bien, ¿cómo comienza esta formación de hábitos?
En primer lugar, hay que hablar de disposiciones. Platón, al hablar del eros[29] como elemento positivo y negativo constituyente del hombre mismo, expresa en lenguaje mítico lo que luego explicitará en otros contextos[30] y Aristóteles va a formular con los conceptos precisos de acto y potencia. La conjunción y simultaneidad de ambos componentes en el hombre como raíz de la posibilidad de la educación la explica Santo Tomás en el De Magistro, como potencia activa[31]. Sobre estas disposiciones se constituirá el plexo de hábitos operativos perfectivos.
Nadie comienza este trabajo, y habiéndolo empezado, nadie lo prosigue, si en él sólo hay penurias. Quien guía, el maestro, ha de ser también un buen administrador de placeres, de pequeños goces que amenicen el recorrido y preparen para el final.  El maestro ha de ser el guía que enseñe a amar lo bueno y evitar lo malo. Es toda una pedagogía del placer y del dolor.
Este camino se puede ejemplificar, una vez más, con el que describe  San Agustín en sus Confesiones[32], en el que se pueden distinguir distintos momentos: uno inicial, de necesario conflicto motivador, una búsqueda y un estado de plenitud.   


3.     La cumbre y plenitud: la contemplación y la felicidad


En la cumbre de todos los esfuerzos y hábitos que se van adquiriendo está, como lo hemos reiterado desde el principio, la sabiduría, cima de la naturaleza humana. Es meta ardua. El filósofo, como prototipo de hombre, es su  amante, el eterno enamorado de algo que sabe no puede encontrar definitivamente, ya que hallándolo, se le vuelve nuevamente inasible. En la medida en que se sabe se sospecha todo lo que se ignora, por lo que el verdadero sabio vuelve a admirarse con una admiración distinta de aquélla que lo movió a comenzar las inquisiciones[33]. La dificultad  no es obstáculo para seguir aspirando a ese estado. Se entrevé que esa sabiduría es la que colma la naturaleza humana, que culmina en una actividad, la contemplación. Supone la existencia, en acto segundo, de alguien que contempla (sujeto) y la presencia en éste de lo contemplado (objeto), que lo perfecciona por su propia perfección. Esa unión entre objeto y sujeto se realiza en el acto mismo y genera una cierta identidad de naturaleza entre ambos, en tanto el sujeto, más que asimilar al objeto es asimilado formalmente por éste; el sujeto, en el acto se hace objeto.
En el acto de contemplación y fruición simultáneas (de sujeto–objeto, hombre–Dios, sujeto–verdad), tiene lugar una comunicación tal en la que se da una participación de lo divino en lo humano, una conformidad necesaria, en el sentido de participación de la misma forma. Aquí  el objeto de contemplación que es Dios comunica su forma al contemplador. Esto no es más que la relación que en realidad existe en todo conocimiento y en todo acto de amor[34]. La particularidad aquí es que al ser el objeto Dios, diviniza al hombre. Entonces este camino de ascenso espiritual culmina en la posesión permanente de lo Uno, Bueno, Verdadero y Bello. El hombre mismo se unifica y convierte en bello y bueno con lo que concluye lo que ya era en estado potencial. La educación logra entonces el instalarse en lo mejor de la persona, que es lo que de eterno hay en el hombre, y hacerlo triunfar en él.
Los protagonistas, como hemos visto, son siempre educando y educador, el pedagogo que conduce, el doctor que posee la doctrina y que enseña del rebalse de su contemplación, como traduce Castellani a Santo Tomás; el magister, que hace ser más al otro; el padre, que es el prototipo de quien dirige, rige y corrige en un ambiente de amistad y amor[35].
En definitiva, se trata de hacer coincidir la norma del amor al otro y la del amor a la sabiduría y a toda forma de virtud, la norma del amado y la del amante[36]. Hacer coincidir el fin del agente y del paciente, nos dirá Santo Tomás, para que la verdadera educación se dé.
Siempre es necesario ese auxilio cuyo cometido principal es despertar en el discípulo los motivos fuertes para emprender el camino; velar para que no yerre; quitar y desbrozar como el hortelano la tierra para que la maleza no ahogue los buenos propósitos; ser una especie de apoyo o sostén; darle fuerzas cuando decae; acompañarlo e interceder por él, como la Atenea con Ulises.
Santo Tomás resume toda la acción del maestro en el tratar de que el discípulo haga el mismo camino que hizo el propio maestro o que haría quien logra por primera vez ciencia, arte o virtud. En definitiva ese camino es un convertirse, mirar hacia dentro de sí mismo, para ver, escuchar a la Verdad, al Bien, a la Belleza.  
La contemplación así se convierte en estado, en un  “detenerse ante el ser como sagrado”, “acción cultual”[37], no ya ante el ser creado que transparenta al Creador, sino ante Él mismo. Contemplación que es actividad autosuficiente, que se la busca por sí misma, actividad  propia de Dios mismo, y que no acabará jamás.
Aristóteles refuerza esta idea de que en la contemplación está la perfección del hombre como natural, que consiste en un cierto asemejarse a lo divino y allí está la felicidad[38]. Ésta es coextensiva a la contemplación, es una forma de contemplación.
Se ha llegado así a una identificación y comunidad de sujeto–Objeto, cumbre del conocimiento y amor, contemplación y fruición, comunidad entre el hombre y Dios. El hombre así se diviniza, en cierto modo y medida, según las dimensiones de su capacidad personal.

4. Conclusión


La educación puede ser vista, entonces, como un proceso que se inscribe en el desenvolvimiento cualitativo de la vida humana. Se inicia por una necesidad que experimenta el hombre al conocer tan opacamente a lo que lo rodea y a sí mismo. El estado originario se caracteriza por la indigencia y falibilidad para conocer lo que las cosas son, para tener un conocimiento acabado de sí mismo y para ser realmente libre. Esto crea incomodidad, angustia y ansiedad por alcanzar lo que se sospecha que va a significar la felicidad. Algunos despiertan en sí el deseo de vencer esas tinieblas, de ver más nítidamente. Otros son ayudados para ese despertar. Pero el camino no se puede hacer solo. Siempre se necesita de un acompañante, guía, que conozca el camino, conforte y ayude para que pueda ir disfrutando hasta de los mismos obstáculos y vencimientos. El tiempo y todas las mutaciones se presentan también como estorbos y limitaciones, ya que quien ansía la felicidad, anhela que no se acabe, anhela la eternidad, la superación del tiempo.
En este camino, a medida que va clarificando su vista y ganando en precisión, el  hombre se percata de que las cosas son imágenes que funcionan como mojones y guías en el camino para llegar a Lo espejado. Esto motiva conflictos que obligan a no cejar en la búsqueda, a caminar, y así se va el hombre transformando, no sin luchas. Va ganando en  estabilidad y permanencia. Es “más persona”. Encuentra la felicidad buscada y Al que la produce.
El maestro (padre, escuela, Estado) trabajará para que el discípulo valore y emprenda este camino. Se constituirá así más que en maestro en amigo, aquel que desea por sobre todo el mayor bien para su amigo. ¿Qué mayor bien que Dios mismo?
Hemos llegado así a nuestro punto de partida: siendo Dios el fin del hombre, la educación no puede plantearse sin Él. Necesita de Él como de su fundamento. No se puede hablar de educación sin hablar de Dios.


Bibliografía

ARISTÓTELES: Ética a Nicomáco. Madrid, Gredos, 1993.
ARISTÓTELES: Metafísica. Madrid, Gredos, 1998 (3era. Reimpresión). Edición trilingüe de Valentín García Yebra.
BENDA, Ana: Hacia una pedagogía de la contemplación, en Rev. CIAS, Buenos Aires, noviembre 1996, año XLV, N· 458.
JAEGER: Paideia. México, Fondo de Cultura Económica, 1971.
LAMAS, F. A.: El hombre fundamento de la vida social, en Moenia XX,  Buenos Aires, Instituto de Estudios Tomistas, 1985.  
PLATÓN: El banquete. Buenos Aires, Aguilar, 1971,
PLATÓN: La República.  Buenos Aires, Eudeba, 1988.
PLATÓN: Lettres, Tomo XIII, 1ère partie, Paris, Belles Lettres, 1977.
RAMÍREZ, Santiago O. P.: La esencia de la caridad. Biblioteca de teólogos españoles, Madrid, 1978.
RUIZ SÁNCHEZ, Francisco: Fundamentos y Fines de la Educación. EDIVE, San Rafael, 2003.
SAN AGUSTÍN: Confesiones. Madrid, BAC, 1974.
TOMÁS DE AQUINO: De magistro, en Quaestiones disputatae I: De veritati, Roma, Marieti, 1954.




[1] SAN PABLO, Romanos, cap. 7, vers. 15 – 16.
[2] ARISTÓTELES: Éth. Nic., Libro X,  cap. 7, 1177ª 11-19. 
[3] Cfr. LAMAS, F. A.: El hombre fundamento de la vida social, en Moenia XX, Buenos Aires, Instituto de Estudios Tomistas, 1985.
[4] ARISTÓTELES, Éth. Nic., Libro IX, 8, 1168 b 36
[5] Aquí cabe aclarar que para un griego, lo mismo que para un Padre de la Iglesia, el contenido significativo de la palabra razón es mucho más rico que la palabra y el concepto que, vaciados por los racionalismos, hemos heredado. Hoy el concepto de razón es algo aislable que parece contraponerse a la fruitio. Y no es así. Como veremos su actividad refleja al hombre en su integridad e implica el gozo y la fiesta.
[6] ARISTÓTELES, Éth. Nic , Libro X, 7, 1177b 20.
[7] Cfr. ARISTÓTELES, Metaph., I, 2, 983 a.
[8] ARISTÓTELES, Éth.. Nic. X, 7, 1178a 1 – 2.
[9] Idem.,  X, 7, 1178 a 5 – 9.
[10] Idem., X, 8, 1178 b 21 – 24.
[11] In Ethicorum, lib. X, lect  10, n 2092. Esto que parece obvio es lo que hoy día se deja de lado en actitudes que centran y terminan su cometido en un tentador aprender a aprender, búsqueda sin término, tan inconcebibles dentro de un sano realismo. En este sentido San Pablo denuncia también a quienes siempre están aprendiendo y nunca serán capaces de llegar al conocimiento de la verdad, en la II carta a Timoteo, III, 7).
[12] ARISTÓTELES, Éth. Nic., Libro X, 8, 1179 a, 30.
[13] SAN AGUSTÍN, Confesiones, libro X, cap. IV, pág. 399.
[14] PLATÓN, República, 621 c - d
[15] Desde el Dante, el Quijote, San Ignacio y Santa Teresa, hasta Martín Fierro, Bilbo y Frodo de Tolkien, los chicos de Narnia de Lewis, entre tantos otros.
[16] Muchas veces se utiliza este tipo de narración, mítica y metafórica, para exponer de manera concreta, vivaz, desplegada, una realidad compleja, rica e inefable que sería difícil transmitirla de otro modo. Este formato lingüístico, insinúa más bien la comprensión para que cada uno pueda captar lo significado en la medida de sus posibilidades. Es un recurso dialéctico cuyo valor es semejante al de los ejemplos, con sus correspondientes limitaciones.
[17] JAEGER, Paideia, pág. 688
[18] “¿No es verdad que lo que todos desean y buscan es la vida feliz y que no existe hombre alguno que no la desee? Pero, ¿en dónde la conocieron para desearla así? ¿En dónde la vieron y se encendieron de amor por ella? Porque nadie desea lo que no conoce. Pero, ¿cómo supieron de ella? [...] el deseo mismo sería imposible si de ningún modo tuvieran la noción de la beatitud”- San Agustín, Confesiones, Libro X, cap. XX.
[19] Confesiones, X, VI, pág. 405.
[20] Cfr. PLATÓN, La República, 525 c
[21] Cfr. Ibidem 527 c
[22] Cfr. Ibidem 535 c
[23] Cfr. Ibidem 536 a
[24] ARISTÓTELES, Éth. Nic , X, 1, 1172 a 23.
[25] San Agustín, Confesiones,  X, II, pág. 394: “nada de bueno le digo a los hombres que no me hayas dicho antes”.
[26] PLATÓN: El Banquete, 207, d: “la naturaleza mortal busca en lo posible existir siempre y ser inmortal”
[27] Paráfrasis de la definición de plenitud dinámica de Ruiz Sánchez en: Fundamentos y Fines de la Educación. EDIVE, San Rafael, 2003.
[28] Aquí la palabra filósofo no se refiere a quien estudia o enseña filosofía sino que está tomado como prototipo humano, como fiel buscador de la verdad.
[29] Eros es hijo de la riqueza, o de Dios, en cuanto es, y de la pobreza, o de los hombres, en cuanto indigente. Por el aspecto positivo simplemente es, y es impulso; y por lo negativo es por lo que necesita moverse en busca de lo que aún no es.: “su indigencia de cosas buenas y bellas le hace desear esas mismas cosas de que está falto”, dice Platón en El Banquete, 202, d. Se encuentra en el término medio entre la sabiduría y la ignorancia [ya que] ninguno de los dioses filosofa, […] ni filosofa todo aquel que sea sabio. [Pero] a su vez los ignorantes ni filosofan ni desean hacerse sabios, pues en esto estriba el mal de la ignorancia: en no ser ni hombre, ni bueno, ni sabio y tener la ilusión de serlo en grado suficiente. Así el que no cree estar falto de nada no siente deseo de lo que no cree necesitar. Platón, El Banquete, 203 e.
[30]  “Si las disposiciones naturales no son buenas, si han sido deterioradas […] en una palabra, quien no tiene ninguna afinidad con el objeto no obtendrá la visión ni por su facilidad de espíritu, ni por su memoria, porque ante todo en una naturaleza extraña (las virtudes) no encontrarán de ningún modo la raíz. Así, si se trata de aquellos que no tienen inclinación por la justicia y el bien no se armonizan con las virtudes –aunque puedan estar bien dotados para aprender y retener, -o de aquellos que poseyendo el parentesco de alma, sean reacios a la ciencia y desprovistos de memoria, - ninguno de entre ellos aprenderá jamás sobre la virtud y el vicio toda la verdad que es posible de conocer. Es necesario, en efecto, aprender al mismo tiempo tanto lo falso como lo verdadero de la esencia de todo, al precio de mucho trabajo y de tiempo, y […] así viene a lucir la luz de la sabiduría y de la inteligencia con toda la intensidad que pueden soportar las fuerzas humanas”, Carta VIII, a, b.
[31] Dice que las formas educativas, es decir los hábitos morales preexisten como “ciertas inclinaciones naturales, que son como incoaciones de las virtudes, pero después, por el ejercicio de las obras, se dirigen a su debida consumación”. Y lo mismo respecto de la adquisición de la ciencia, ya que “preexisten en nosotros algo así como semillas de las ciencias […] y cuando preexiste algo en potencia activa completa, entonces el agente extrínseco no obra sino ayudando al agente intrínseco”. De Veritate, q. 11, art. 1.
[32] a) el estado inicial:   “... mi alma, enferma y ulcerosa, se proyectaba miserablemente hacia fuera, ávida del halago de las cosas sensibles” (Libro III, cap. 1). “Me convertí en un oscuro enigma para mí mismo. Le preguntaba a mi alma ‘¿por qué estás triste y así mi conturbas?’ (ps.41) pero ella nada tenía para responderme...” (Libro IV, cap. IV).  “soy para mí mismo una carga pesada” (Libro X, cap. XXVIII).     “algo hay siempre en el hombre que ni su propio espíritu conoce” (Libro X, cap. V).  b) el conflicto (la dualidad): “Conturbado en el rostro y en el ánimo por aquella bravísima pelea interior que en ese recinto tuyo que es mi corazón libraba yo con mi propia alma, (exclamé): ¿por qué tenemos que aguantar todo esto?” (Libro VIII, cap. VIII). “Me ponías frente a mí mismo para que viera mi fealdad [...]. Me horrorizaba el verme así, pero no tenía manera de huir de mí mismo” (Libro VIII, cap. VII). “[...] y yo  me quedé frente a mí  mismo [...]. Y mi espíritu se estremecía con turbulenta indignación porque no iba yo al compás de tu voluntad cuando todos mis huesos clamaban por Ti con un clamor de alabanza, que se levantaba hasta el cielo” (Libro VIII, cap. VIII). “[...] me volví a mí mismo y me pregunté: y tú quién eres? Y contesté: soy un hombre, y tengo un cuerpo que mira al exterior y un alma que está en mi interior” (Libro X, cap. V). c) necesidad de la ayuda: “nadie podía intervenir en la dura lucha en que andaba conmigo mismo, hasta que se produjera un desenlace que Tú conocías, pero yo no” (Libro VIII, cap. VIII). “Tú estabas delante de mí; pero yo me había retirado de mí mismo y no me podía encontrar. Cuánto menos a Ti!” (Libro V, capítulo III). “En dónde, Verdad Suma, no has estado conmigo enseñándome de qué me debo precaver y qué es lo que debo apetecer, cuando te manifestaba yo mis pensamientos más interiores y pedía tu consejo?” (Libro X, cap. XL). “Y te escuchaba en tus enseñanzas y en tus mandamientos...” (Libro X, cap. XL). “Pero, ¿qué soy, Dios mío, y cuál es mi esencia?” (Libro X, cap. XVII). d)  la búsqueda o el camino: “... acongojado y febril en mi indigencia de verdad, yo te buscaba; pero no con mi inteligencia racional que nos hace superiores a las bestias, sino según los sentimientos de la carne [...]. Tal hembra me pudo seducir porque me encontró fuera de mí mismo, habitando en el ámbito de mis ojos carnales.” (Libro III, cap. VII). “Tarde te amé, belleza siempre antigua y siempre nueva! Tarde te amé. Tú estabas dentro de mí, pero yo andaba fuera de mí mismo, y allá afuera te andaba buscando. Me lanzaba todo deforme entre las hermosuras que Tú creaste. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo [...]. Gusté tu sabor y por eso ahora tengo más hambre y más sed de ese gusto. Me tocaste, y con tu tacto me encendiste en tu paz” (Libro X, cap. XXVII). “Pasé luego a la sede del espíritu, que puede recordarse a sí mismo y tiene, en consecuencia, asiento en la memoria; pero allí tampoco estabas” (X, cap. XXV). “Mira cómo subiendo por mi alma hacia ti, [...] con el anhelo de alcanzarte por donde te podemos alcanzar.” (Libro X, cap. XVII). “Es por mi alma por donde podré subir hacia Él  [...] el caballo y el mulo no lo pueden encontrar pues carecen de entendimiento” (Libro X, cap. VII). d) El encuentro y estado de plenitud (provisorio) “Algunas veces, allá muy adentro de mí, me haces entrar en un afecto de dulzura inusitada tal que si llega a su plenitud no entiendo cómo podría llamarse vida lo que no es esa vida” (Libro X, cap. XL). “Lo cierto es que habitas en mí, y que te recuerdo siempre, desde que te conocí; y en la memoria te hallo cuando me acuerdo de ti”. ( Libro X, cap. XXV). “Me gozo lleno de temor en los dones que me has dado y harto me duelo de no estar aún consumado en la virtud; pero me anima la esperanza de que tu misericordia me lleva hasta la paz plenaria que en ti van a tener mi hombre interior y mi hombre exterior cuando la muerte sea absorbida en la victoria” (Libro X, cap. XXX). “Encontré a mi Dios donde encontré la verdad, pues mi Dios es la verdad; y una vez conocida no puedo olvidarla” (Libro X, cap. XXIV). “Lo que sé, lo sé porque tú me lo iluminas; y lo que de mí ignoro seguiré sin saberlo hasta que mis tinieblas se vuelvan como el mediodía en tu presencia”. (Libro X, cap. VI).
[33] ARISTÓTELES: Metaph. I, 2, 983 a 30.
[34] El P. Ramírez, en La esencia de la Caridad comenta que la unidad se da con unidad de composición para lo que “importa esencialmente tres cosas: primera, pluralidad de cosas que han de ser unidas; segunda, movimiento, esto es, acción o pasión, o también forma por la que se unen entre sí y, consiguientemente, relación mutua de la  cosas unidas; tercera, la unidad misma o lo uno resultante con unidad de composición”, pág. 358.
[35]  Amuchiguar (multiplicar) non se puede el Pueblo en la tierra, solamente por facer fijos, si los que ouiren fecho, no los supieren criar, e guardar que venga a acabamiento  de ser omes... e por esto  natura da a los padres amar a los fijos más que otra cosa: A esta amistad los aduze a criarlos con gran piedad, ... para que vengan a crianza cumplida, a ser omes acabados”. ALFONSO X, Ley 3,  título 20
[36] PLATÓN: Banquete, 184 d
[37] BENDA, A.: Hacia una pedagogía de la contemplación, en Rev. CIAS, Buenos Aires, noviembre 1996, año XLV, N· 458,  pág. 525.
[38]  Los hombres participan de la bienaventuranza “en la medida en que hay en ellos alguna semejanza con la actividad divina”. ARISTÓTELES, Eth. Nic. X, 8, 1178 b, 27.

miércoles, 24 de junio de 2015

¿Es posible la contemplación en la escuela?

Reflexionamos: ¿Es posible la contemplación en la escuela? ¿Puede un profesor conducir a sus alumnos a la contemplación?


Algunas ideas, sugerencias y propuestas que espigamos entre muchas otras:


Un profesor puede conducir  a sus alumnos a la contemplación contagiándolos de su amor a lo verdadero, bello y bueno, mostrándoles un mundo nuevo y abriéndoles las mentes... (Tomás Campi)

Debe transmitir su propio gozo y su amor por aquello que va a enseñar... Buscar que el alumno aplique y compruebe las verdades, para que encuentre ese reposo del espíritu que da la experiencia de la contemplación. (Hna. M. de Massabielle)

Por ejemplo, a través de la belleza que encierra una poesía, ponernos en contacto con la verdad del alma del poeta, llevándonos al gozo que produce el deleite del lenguaje poético, y que eleve nuestro espíritu con palabras que trascienden el tiempo. (Daniel Sosa)

Que al leer un libro se asombren ante las palabras, que descubran cuánto hay para trabajar. Que experimenten el gozo de tener algo terminado, por ejemplo, en las redacciones. Puede haber habido la misma consigna para todos, pero siempre el resultado es único, porque nosotros lo somos. (Ruth Gómez)

Un profesor que conoció la contemplación, que llegó a ella, transmitirá en su forma de actuar, en su habla, en sus gestos, una armonía singular y atractiva para sus alumnos. Por ejemplo, un profesor de historia hablará con un sentimiento tan profundo sobre los hechos que trascendieron dejando su marca, hablará de justicias e injusticias, mostrará la admiración por aquello que fue formando la cultura a través del tiempo. (Lucía del Campo)

El docente de filosofía puede inducir un espíritu contemplativo en sus alumnos, desde el planteamiento de la belleza escondida en el conocimiento mismo, en la complejidad del intelecto humano, los modos de percibir la realidad, los diversos mecanismos de aprehensión, la comprensión de los conceptos... la increíble potencialidad del hombre para inteligir la realidad, y la realidad misma, con el objetivo de conocerla cada vez con mayor fidelidad. (Francisco Escudero)

Llevar a los alumnos a asombrarse de su pasado y a pensar su futuro. Descubrir de dónde vino su familia, su pueblo, y valorar el presente. Va a contemplar que todo tiene un orden, unas causas y unas consecuencias, y que nada ocurre porque sí. Podrán identificarse con grandes personajes y ver que sus propias acciones también tendrán repercusión en el tiempo. (Belén Mihanovich)

Enseñar con esa pasión que nos llena el alma. maravillados por el Ser, por su infinitud, por la fantástica historia del pensamiento, de la filosofía, la búsqueda de causas que nos llevan a la contemplación de la Verdad, allí donde el hombre se convierte más propiamente en hombre, que lo conforma en lo más alto de su cumbre. (María José Morán)

Un profesor de historia puede conducir a sus alumnos a la contemplación si ha contemplado y tiene ese enamoramiento de la verdad que trae entusiasmo, y ese entusiasmo contagia el deseo de conocer y contemplar. (Lucas Corral)

Manifestar el gozo que produjo una lectura, para que al sentirse reflejado en el docente, el alumno desee conocerla. (María Celeste López)

El profesor deberá primeramente ser un enamorado de la verdad, haber formado conceptos que reflejen la realidad, bellos, que enamoren, que rebalsen el vaso de su interioridad, y de ese rebalse dé de comer a sus alumnos con el verbo seguro de su enseñanza... Que en la mimesis de los personajes virtuosos de antaño encuentren ejemplo para sus vidas. (Elián Morant)

Películas que observamos...

"El niño salvaje", de Francois Truffaut.


Basada en una historia real y en los apuntes médico-pedagógicos del Dr. Itard,
Pudimos  reconocer en ese dramático caso cómo se cumplen estas tesis de Vigotsky:
  •      El lenguaje influye sobre el pensamiento de modo estructural;
  •     El desarrollo cognitivo es un proceso social y comunicativo;
  •     La instrucción, o el aprender con asistencia, es un aspecto normal e importante del desarrollo mental;
  •     El límite de la habilidad de una persona para aprender o resolver problemas puede ampliarse si otra persona le proporciona la ayuda cognitiva adecuada.
También nos ayudó a reconocer en qué estado nos veríamos de no haber sido auxiliados, enseñados, corregidos,  orientados, por quienes nos criaron y educaron.


"Lecciones inolvidables", sobre el desempeño docente del Prof. Jaime Escalante.


Este docente nos deja una lección de coraje y humanidad.
Detallamos los frentes de obstáculos que pudieron hacerlo retroceder y hasta abandonar la docencia.
Hemos observado su trabajo analizándolo desde los ámbitos de mediación que propone Feuerstein.
También verificamos cómo en su tarea fue cumpliendo las OBRAS DE MISERICORDIA ESPIRITUALES.

martes, 23 de junio de 2015

PARA RECORDAR...
Algunos pensamientos del primer día de clase en PPD I:

¿Por qué elegí esta carrera?
(Filosofía)
Porque es natural en mí buscar las causas primeras de las cosas, y la filosofía cristiana es el campo. En Ingeniería di los primeros pasos con la filosofía moderna, pero no se incluía a los filósofos cristianos… (Fabio Suoni)
Porque me ayuda a descubrir cada vez más la Verdad. También porque me admira saber por qué las cosas se mueven, son y hacen; todo esto complace mi alma y entendimiento. Quiero dar a conocer todo esto que me mueve a los demás, para que ellos también se iluminen con la verdad de las cosas, pero sobre todo con la Verdad que creó todas las cosas. (Raúl Andrés Poblete)
Elegí la carrera de Filosofía porque me gusta mucho esta “ciencia madre” que busca el principio y el fin de todas las cosas. Me gusta leer y estudiar, así como transmitir conocimientos, enseñar lo que sé a otras personas. (Tomás Campi)
(Historia)
Al conocer la historia tal como se enseña en el “Isabel La Católica”, me dieron deseos de estudiarla para darla a conocer a los demás. (Victoria Cipolla)
Elegí esta carrera porque amo la historia y el conocimiento amplio que brinda. Desde chico me gusta la docencia y aspiro a poder dirigir una escuela. (Emmanuel Gomez-Morales)
Porque siempre me gustó la historia, y quiero enseñar la verdadera historia a los demás. (Belén Mihanovich)
Me apasiona la historia, y ser docente, pues quiero lograr que mis alumnos puedan comprender el pasado, y enriquecerse con valores, con ejemplos, que tanto faltan hoy. (Ruth Del Pozzi)
Porque es necesario saber historia si uno está llamado a una vocación intelectual, y sobre todo, porque es apasionante. (Elián Morant)
La historia me apasionó siempre, además es un área muy atacada, y mi deseo es poder enseñar la verdadera historia. (María Lucía del Campo)
(LETRAS)
Desde que tenía unos diez años, cuando leí mi primer libro completo, se despertó en mí el gusto por la lengua y la literatura. A medida que fueron pasando los años ese gusto se acrecentó alimentando así mi vocación. (Celeste López)
Porque me gusta mucho la literatura, amo los libros y amo leer. Espero transmitir el amor que tengo por ellos algún día a mis alumnos. Y que ellos se beneficien también. (Ruth Gómez)

¿Qué espero de esta carrera?

(Filosofía)
Espero poder aprender y comprender cada vez más todo esto que me llena. Que pueda ser puente de la verdad y de pensamientos que llevan a ella. Espero mucho de la Filosofía, `porque es la madre de todas las ciencias. (Raúl Andrés Poblete)
Espero poder colaborar como docente en la formación de los jóvenes. (Francisco Forte)
Espero aprovecharla, entender y aprender a amar la verdad para transmitirla. (Francisco Burgos)
Espero formarme más, ser buena profesional y crecer espiritualmente. (María José Morán)
Espero descubrir todo el potencial que permita desarrollar capacidades y competencias. (Francisco Escudero)

(Historia)
Espero adquirir conocimientos y técnicas para ser buena docente. (Ruth Del Pozzi)
Me parece importante saber de dónde venimos y hacia dónde vamos, y evitar para el futuro errores del pasado. (Matías Vélez)

(Letras)
Espero aprender y disfrutar la carrera. Sentirme cómoda. Aprender a enseñar. (Ruth Gómez)
Espero poder ayudar a formarse a mis futuros alumnos y jamás dejar de superarme. (Daniel Sosa)

lunes, 22 de junio de 2015


Vocación y libertad


La vocación en sus diversos niveles es un misterio que en toda su profundidad sólo conoce el Vocador, pero al ser el tema central de cada vida, nos pide una respuesta que no es sólo intelectual, sino sobre todo, consiste en nuestra actitud vital. Podemos distinguir la vocación:

  • ·         A la existencia.
  • ·         A ser feliz.
  • ·         A la santidad.
  • ·         A ser varón o mujer.
  • ·         A un estado de vida.
  • ·         A una actividad o profesión.
  • ·         A ejercer determinados actos.

La vocación a la existencia.
Nada ni nadie aparece en este mundo por propia voluntad. Otro lo trae a la existencia.
Los padres biológicos actúan como causa segunda, ya que no basta la voluntad humana para traer hombres a la vida. No comenzamos a vivir por azar, ni por casualidad, ni por un error, y ni siquiera por el deseo de una voluntad creada explícita y activa.
Para que ocurra la concepción natural de una persona juegan, por una parte, la libertad de los que serán sus padres, y por otra, la refinadísima inteligencia que rige los delicados procesos reproductivos y que selecciona de un modo admirable los elementos más aptos y convenientes.
Hoy se tiene la posibilidad de instrumentar técnicas diversas para obtener un embrión humano vivo; sin embargo sabemos que éstas son falibles y que su porcentaje de éxito es reducidísimo; lo cual nos habla de que no depende sólo del hombre que otro hombre venga al mundo.
La Escritura nos dice que hemos sido pensados por Dios desde la eternidad. Que si hoy existimos es porque Él desde la eternidad nos amó y quiso que fuéramos.
Es Él, el Creador, quien nos ha llamado a existir. Y su orden ha sido inexorablemente cumplida. Todo lo que existe, existe de una vez para siempre, y aunque algunos seres de algún modo vuelvan a la nada, nada ni nadie puede evitar que hayan existido.
En el caso del hombre, cuyo espíritu no puede caer en desintegración pues es simple, ni siquiera la rebeldía hecha suicidio logra evitar el hecho de la existencia.
Para quienes tenemos conciencia de existir, sólo cabe la gratitud que se eleva en alabanza por el regalo que constituye ser.
Cómo no agradecer el que se nos haya hecho saltar ese abismo que media entre la nada y el ser. Cómo no agradecer el darnos cuenta de que existimos. Cómo no hacerlo cuando es la posibilidad de todas las demás posibilidades.

La vocación a ser feliz.
Todos los hombres quieren ser felices.
Es indudablemente un problema saber en qué reside la felicidad, problema que ocupó y desveló a una multitud de filósofos y que hombres sencillos resuelven todos los días.
Aparentemente muchos de nuestros contemporáneos han renunciado a los planteos teóricos acerca de este tema. Es que el relativismo, por definición, impide buscar cualquier verdad total y definitiva. Pero ello no ha apagado el ansia de felicidad que todos tenemos, y ante la cerrazón que se cierne sobre la inteligencia, queda aún el corazón ciego y sediento, buscando a tientas el bien que ha de saciarlo. De algún modo, la cultura hedonista es un intento de acallar con snacks un hambre fundamental.
Los clásicos tuvieron otra actitud, más humilde y más rendida ante la verdad y la realidad.
Dice Aristóteles en la Gran Ética, que “si conseguimos la felicidad, no tenemos ya necesidad de ninguna otra cosa”, y es cierto, porque aunque buscamos muchos bienes, nunca quedamos enteramente satisfechos. Pero, ¿dónde hallar la perla preciosa, el bien que encierra todos los bienes de modo tal que ya estás totalmente colmado, y no deseas nada más, y sientes que todo lo que podías desear es tuyo en plenitud y para siempre?
¡Qué gran misterio el que encierra nuestro corazón, tan ávido de inmortalidad siendo mortal, tan sediento de infinitud siendo finito!
¿Existe acaso en la naturaleza alguna necesidad a la que no corresponda el objeto que la sacia?
¿Existe la posibilidad para el hombre de alcanzar ese objeto –o sujeto- que lo colme de modo definitivo, total y para siempre?

La vocación a la santidad.
Esas acuciantes preguntas quedan resueltas por el mismo que las inscribió en nuestras almas.
Bendito sea Dios,Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.
Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos consagrados
e irreprochables ante él por el amor. (Ef 1, 3-5)
San Pablo sintetiza en este magnífico texto todo el sentido de nuestra vida: cómo, por qué y para qué existimos.


La experiencia nos muestra que esta vida presente es efímera, que sus bienes son transitorios y que el dolor nos acompaña.
La fe, por su parte, nos enseña que se trata de caminar hacia la vida eterna, hacia la Jerusalén celeste donde “Dios mismo enjugará toda lágrima y la muerte no existirá más” (Ap 21, 4). ¡Qué hermosa y consoladora visión es la que nos ofrece la “visión de paz”!
Si creemos, si nuestra fe es viva, es a la vez sustancia de la esperanza, puesto que “otorga a la vida una base nueva, un nuevo fundamento sobre el que el hombre puede apoyarse”[1], y podremos comprobar a cada paso cómo la fuerza de Dios suple nuestra limitación y miseria.
“La fe, que hace tomar conciencia del amor de Dios revelado en el corazón traspasado de Jesús en la cruz, suscita a su vez el amor. El amor es una luz –en el fondo la única- que ilumina constantemente a un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar”[2].
La gracia de la santidad en el amor está llamada a crecer y desarrollarse en nuestras almas: así como hay un crecimiento psicofísico de la vida natural, hay un desarrollo posible en la vida sobrenatural.
Pero esta vida, este crecimiento, a diferencia del natural, exige nuestro asentimiento, aceptación y voluntaria colaboración. Es decir, respeta y solicita la respuesta de nuestra libertad.
Los grados o edades de la perfección cristiana consisten en el desarrollo de la caridad. La meta es esa unión íntima y feliz con Dios, verdadero preludio del cielo, que sólo puede darse en el amor, porque Dios es Amor (1 Jn 4, 16). San Pablo nos explica esta doctrina diciéndonos: “Sobre todo, revestíos de caridad, que es el vínculo de la perfección” (Col 3, 14) y “Si no tengo caridad, nada soy” (1 Cor 13, 2).
Por la caridad, que comprende todas las virtudes, somos templos del Espíritu Santo y la Trinidad inhabita en nosotros. Esta realidad es el verdadero preludio de lo que ha de ser el Cielo: la contemplación amante del Amor, la culminación de todas las expectativas, la saciedad de todos los deseos, esa plenitud que llamamos felicidad.

La vocación a ser varón o mujer.
El ser humano, corpóreo y espiritual, es naturalmente sexuado.
Se es varón o mujer desde la concepción, puesto que es en ese momento cuando queda determinado el sexo por el llamado “par sexual”. Virilidad y feminidad son cualidad entitativa que marca toda la persona, desde los cromosomas y el esqueleto hasta los modos de pensar y comportarse, si bien estos últimos reciben también improntas culturales.
No existen estadios intermedios, sino patologías de la integridad sexual de los individuos.
Ante la realidad de haber sido concebidos como un varón o una mujer, como ante la misma existencia, caben varias posibles respuestas, en las que interviene de distinto modo, la libertad.
Aquí cabe considerar el auténtico sentido de la libertad humana, que en tanto libre albedrío, nos permite hasta contrariar a la misma naturaleza. Puede hacernos capaces de contrariarla para realizar algo noble, para elevarnos, para buscar un bien superior aún a costa de otro inferior. Pero puede también hacernos capaces de contrariarla para cometer aberraciones que desdigan de nuestra humanidad. Esto es posible en todos los planos del ser humano, y queda en notable evidencia cuando se trata de la sexualidad.
El ser varón o mujer tiene que ver básicamente con la propagación de la especie, pero también con mucho más que eso. No son exclusivamente los órganos reproductores los que marcan la diferencia, pues ella está inscripta en todas las células del cuerpo, en la estructura ósea, en la organización mental y en la psicología propia de cada sexo.
Es claro que la paternidad y la maternidad constituyen sendos llamados a cada uno de los seres humanos, que requieren alguna respuesta. Cierto también que la maternidad o la paternidad no se agotan en el hecho biológico, sino que piden el espiritual. Y son propiamente padre o madre quienes cuidan, acogen, alimentan, protegen y educan. Más aún quienes dan a luz espiritualmente, por haber conducido a la verdad, al bien y a la belleza por el amor.
El mandato original “Llenad la tierra y sometedla” (Gén 1,28) lo reciben el varón y la mujer. Dice Juan Pablo II: “En este encargo, que esencialmente es obra de cultura, tanto el hombre como la mujer tienen desde el principio igual responsabilidad”[3] . Hoy el problema del enfrentamiento entre los sexos -generado en el último siglo y medio- hay que enfocarlo desde dos líneas que se complementan y engarzan: políticas públicas, -comenzando por legislaciones- que amparen a la familia, y una educación integral de las personas, que las ayude a comprender y a hacerse responsables de sus roles sociales como continuadores de la especie y co-constructores del mundo.

La vocación a un estado de vida.
Es el llamado a la vida familiar, en el matrimonio, o a la vida consagrada. Una vida puede ser consagrada a Dios, con pura visión sobrenatural, o entregada a alguna misión entre los hombres que exija la renuncia al matrimonio.
El matrimonio existe principalmente para dar cobijo y atención a los hijos. También permite que el varón y la mujer encuentren su compañero, amigo, ayuda y complemento para llevar adelante su proyecto de vida.
La pareja así constituida queda naturalmente abierta a la fecundidad, que es también un profundo requerimiento en todo ser humano. Donde existe esa fecundidad, -que como queda dicho, no es sólo biológica- donde existe esa capacidad de acogida y protección mutua, hay familia.
La familia es a la vez condición de humanización del hombre y de la sociedad. Un hombre que no recibió el calor, el afecto y el cuidado de una familia queda habitualmente devastado y en ciertos casos, irrecuperable. Una sociedad que no protege a la familia generando su desintegración, se bestializa con fría inhumanidad.
La necesidad de que la pareja matrimonial sea única y estable tiene que ver, en un nivel personal, con las exigencias más elementales del amor. Pero en un nivel social, generacional, está solicitada por las responsabilidades contraídas con el hijo.

La vocación religiosa.
Así como todos hemos sido elegidos para
 existir, para ser santos y darle gloria a Dios, algunos son elegidos para seguir de un modo más perfecto y más cercano a Cristo, haciendo de sus vidas un testimonio de la esperanza en el Cielo y una oblación absoluta “como un holocausto por el cual se consagra totalmente a Dios la propia persona y sus bienes”[4].
La elección divina, el llamado, es la vocación. Todos hemos sido llamados a la vida. Todos somos llamados a la felicidad y bienaventuranza final. Algunos son llamados a ser consagrados, separados de algún modo del mundo para servir como faros en la ruta del cielo. Como cuenta el evangelio: “Jesús lo miró con amor y le dijo: Una cosa te queda: anda, vende todo lo que posees y dalo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; después vuelve, y sígueme, llevando la cruz.” (Mc 10, 21).
Esa mirada de amor tan especial es la vocación religiosa, que implica una gran renuncia en pos de la inefable riqueza que sólo la Fe puede ver y de la felicidad que sólo Dios puede dar.
Los tres votos que caracterizan la vida religiosa consagrada: pobreza, castidad y obediencia, no son un fin, sino signo y medio: liberan de la triple concupiscencia con que nos tienta el mundo (1 Jn 2, 16), y también de las buenas y dulces ataduras de los lazos familiares, de los bienes materiales y de la propia voluntad. El fin es el amor, un amor entero y total. Este amor sin fronteras, capaz de renunciar a lo más preciado de este mundo, se hace por ello testigo del venidero.
Por eso, como dice el Catecismo: “En la vida consagrada, los fieles de Cristo se proponen, bajo la moción del Espíritu Santo, seguir más de cerca de Cristo, entregarse a Dios, amado por encima de todo y, persiguiendo la perfección de la caridad en el servicio del Reino, significar y anunciar en la Iglesia la gloria del mundo futuro.”[5]

La vocación a una actividad o profesión.
Las circunstancias de la persona juegan en este plano un papel fundamental.
Por una parte se deben considerar las disposiciones naturales, los gustos profundos y las innatas inclinaciones. No todos tienen los mismos dones y facilidad para lo intelectual, lo artístico, lo manual, lo social, etc. Indudablemente son las características de inteligencia y personalidad un factor principal en el desarrollo de las actividades que desplegará en forma principal o como tarea, una persona a lo largo de su vida.
También tienen grandísimo peso las circunstancias de la cultura que le toca vivir, el nivel social y cultural de su familia y entorno. Si pensamos en Miguel Ángel o en Mozart, no podemos dejar de admitir que sus descomunales talentos encontraron en el ambiente, el lugar y el tiempo en que les tocó vivir, un caldo de cultivo óptimo para su genio extraordinario.
Indudablemente hay otro factor más, y muy importante también, a la hora de considerar cuál ha de ser la tarea de una vida. Ese factor es el plexo de valores que se constituye en el horizonte ideal de la persona, allí adonde ella tiende porque tiene un norte, porque conoce el sentido de su existencia.
El problema se presenta grave cuando tal escala de valores no es consciente, sino un reflejo de una cultura que no reconoce la verdad. Así observamos cómo en la actualidad, millones de personas inmersas en una cosmovisión inmanentista se mueven casi exclusivamente tras el rédito material, convirtiendo la tarea de su vida en producir para poder gastar pagando por los mismos productos producidos. Por ese camino se llega al contrasentido y la aberración de convertir a las mismas personas en objetos de producción, explotación y canje mercantil.
La actividad que se realiza cotidianamente no tiene poco que ver con la satisfacción intrínseca que debiera emanar naturalmente de ella, a pesar de los esfuerzos, por ser también una respuesta a un llamado profundo y misterioso, pues las circunstancias y los dones de los que hablábamos antes, son al par que verdaderos regalos, otros tantos desafíos que se nos entregan.

La vocación a ejercer determinados actos.
La historia nos conmueve a veces con las actitudes asumidas por ciertos personajes, lo mismo que con sus actos, a veces de tal tono de heroísmo o de genialidad que parecieran brotar de otra fuente, distinta del propio sujeto.
Es probable que cada uno de nosotros tenga la experiencia de haber recibido en un cierto momento una luz, una inspiración, una moción que le hizo hablar, escribir o actuar de un modo que resulta sorprendente para la misma persona, porque si bien se vivencian la autoría y pertenencia, al propio tiempo surgen la extrañeza y el reconocimiento de que han brotado como de algo superior a uno mismo.
Los griegos, reconociendo la realidad de tales vivencias, percibidas como procedentes de un mundo por encima del nuestro y de mentes más altas, llamaron Musas a las deidades inspiradoras de artistas y científicos.
Nosotros sabemos, por fe y por razón, que al menos tres voluntades confluyen en cada uno de los actos humanos, y no sólo en los extraordinarios, sino en todos los que hacemos concientemente: la de Dios, que nos atrae al bien con la fuerza de su gracia; la de los ángeles, que actúan esa gracia mediante inspiraciones y mociones; y la nuestra, que accede o resiste.
Dios nos atrae porque Él es el Sumo Bien. En un sentido puramente natural, actúa sin esperar nuestro consentimiento, y así se da en todo el mundo físico, guiado por las sabias leyes que lo rigen. Pero en el orden moral respeta nuestra decisión, porque el amor no atropella, sino que desea ser querido y aceptado por el otro. Es allí donde se juega cada día nuestra libertad.

La libertad personal.
Pero, ¿qué es entonces, la libertad?
Creemos responder diciendo que, para cada uno, ser libre es ser quien debes ser.
En la medida en que descubres, en tu vocación, tu verdadero rostro, ése soñado por el Creador antes de que el cielo y la tierra existieran; en la medida en que te haces fiel a ese camino de verdad y de bien, porque es de realización y perfeccionamiento, en esa medida te haces y eres libre.

León Bloy responde así a un sacerdote que le había escrito diciendo “No tengo alma de santo”:
“Pues bien, yo le contesto a ello con toda contundencia que yo sí tengo alma de santo; que mi casero, que es un abominable burgués, que mi panadero, que mi carnicero, mi tendero, que lo más probable es que sean unos granujas de tomo y lomo, todos tienen almas de santo, puesto que todos ellos, al igual que usted y yo, al igual que San Francisco y San Pablo, han sido llamados a la vida eterna y han sido redimidos por el mismo precio, magno pretio empti estis. No existe ningún ser humano que escape a esto, siendo todos, de hecho, santos, y el pecado o los pecados, incluso los más graves, son sólo circunstancias accesorias que en nada afectan a lo esencial. He aquí, en mi opinión, el punto de vista acertado. Cuando en un café me pongo a leer las estupideces de la prensa, miro a mi alrededor y veo a los concurrentes de aquel local y advierto sus insulsas diversiones, y escucho sus tonterías o sus blasfemias, me digo a mí mismo que me encuentro entre almas inmortales que no se dan cuenta de ello, almas que han sido creadas para la adoración eterna  de la Santísima Trinidad, y que, por consiguiente, son tan preciosas como los espíritus angélicos; en tales momentos no es raro que llegue a sollozar, no a impulsos de la compasión, sino por los dictados del amor, pues me asalta el pensamiento de que todas aquellas almas, por absoluta que sea su actual ceguera, y sean cuales fueren los ademanes aparentes de los cuerpos, han de ir, ineluctablemente, pese a todo, a Dios, que es su forzoso destino final. ¡Ah, si se supiera lo hermoso que es…! Existe una forma aparente de la humildad que se parece mucho a la ingratitud. Nos hizo santos Nuestro Señor Jesucristo ¡y aún nos atrevemos a creer o a decir que no somos santos!”

Este texto está citado por Pieter van der Meer de Walcheren, en “Todo es Amor”.
Me impresiona cómo Bloy trata la realidad esencial del ser humano, cómo nos está mirando a todos como si fuera con los ojos mismos de Cristo, que nos “compró” a todos nada menos que al alto precio de su Sangre; y también me impresiona cada vez más el hecho de que podemos negarnos a vivir esa realidad, podemos negarnos a ser lo que somos: ¡misterio de la libertad!

Hna. MGdeJerusalén- 2010
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[1] Benedicto XVI, Spe Salvi, N° 8.
[2] Benedicto XVI, Deus Caritas Est, N° 39.
[3] Juan Pablo II: Carta del Papa a las mujeres. N° 8. 29/6/1995.
[4] Suma Teológica, q 186, a 7.
[5] Catecismo de la Iglesia Católica,  916.