martes, 14 de junio de 2016

El juego supremo... o la gran batalla, en un fragmento memorable.

Adán se demora en aquel regreso de medianoche: su andar es lento y dubitativo, como el de alguien que no desea llegar. Íntima es la noche, abstracta la calle, sin principio ni término la lluvia. Y Adán quisiera olvidar y olvidarse, acunado por el viento, o disolverse como un pedazo de sal en el agua que cae y cae susurrando su antigua canción de diluvio; pero todo él es un ojo desvelado que se vuelve a sí mismo y se contempla en una fría mirada. Se ha detenido ahora junto al umbral de la vieja Cloto, desierto como la noche: allí, a la sombra de Cloto la hilandera, los niños jugaban al Ángel y el Demonio. Adán toca el mármol helado, en una suerte de caricia.

Campanario de San Bernardo,
en Villa Crespo, Buenos Aires
—Un juego de símbolos. ¿Qué buscan Ángel y Demonio? Una flor. ¿Qué flor? La alegre o triste rosa predestinada. Sí, el juego de los juegos, acaso. Pero si el alma recibe nombre de rosa o de clavel antes que Ángel y Demonio vengan a reclamar su clavel o su rosa, ¿dónde queda el libre albedrío de las almas y dónde su responsabilidad? Juego de leyes oscuras: los teólogos en suspenso. En todo caso, los chicos lo juegan con alegría, como si fuese una comedia y no un drama. ¿Y si no fuese un drama, sino una comedia inefable del gran Autor? Entonces habría que jugarla como los niños, con inocencia y alegría, con ese maravilloso entregamiento de los niños y de los santos. El drama está en haber perdido inocencia y alegría. Por eso aconsejaba Él: "Haceos como niños." ¡Difícil! ¡Ah, la vieja Cloto ha jugado bien, sin duda: creo que la eligió el Ángel! Nos encontramos algunas veces, al amanecer, frente a San Bernardo: yo vuelvo de la noche, sin haberla dormido, sucio de malgastadas vigilias y avergonzado ante la nueva luz que me hiere como un remordimiento; Cloto sale de la iglesia, tras haber oído la misa de alba, con su remendado chalón en la cabeza y su antiguo rosario entre los dedos. Nos miramos, yo sucio y envidioso, ella limpia y exacta. Me sonríe: creo que me sonríe a mí solo, a menos que la sonrisa de la vieja sea universal como la luz. Y Cloto me redime con su mirada y su sonrisa: lo sabe todo y me absuelve, tal vez porque ha recobrado la sabiduría de los niños que juegan al Ángel y el Demonio. ¡Qué bueno sería esta noche apoyar las sienes en sus duras rodillas de abuela, y escuchar de su boca el gran secreto!

Pero vacío está el umbral de Cloto, y Adán Buenosayres lo toca, en una suerte de caricia. La noche sin límites, la calle borrosa y la infinita lluvia crean en torno suyo un ambiente abstracto en el cual, sin esfuerzo alguno, adivina el alma y se adivina. Nunca sintió Adán, como ahora, la certidumbre de una gran adivinación; pero todo él es un ojo desvelado que se vuelve a sí mismo, abarca su propia indignidad y se dice que ya es demasiado tarde para recoger la sabiduría de Cloto. Por eso, al retomar su camino, lleva en sí la noción de su muerte definitiva. ¡No sabe —y es bueno que no lo sepa— que sólo va herido y que la naturaleza de sus llagas es admirable! Se cree solo y derrotado, ¡y no sabe que a su alrededor milicias invisibles acaban de reunirse y combaten ahora por su alma, en un silencioso entrevero de espadas angélicas y tridentes demoníacos! No lo sabe, ¡y es bueno que lo ignore! Pero, ¿no es aquella la Flor del Barrio? Sí, Adán reconoce a la Flor del Barrio que, metida en el hueco de su puerta, aguarda como siempre al Desconocido, puestos los ojos en el fondo de la calle, pintarrajeada y vestida como una novia de juguete. Según el ritmo del viento, un farol bailarín le arroja y le retira su chorro de luz; y Adán, enfrentado ahora con la mujer, observa que su rostro embadurnado de cremas no tiene vida, que no se mueven sus pestañas duras de rimmel, que sus miembros están rígidos como nunca bajo la ropa de colores abigarrados. Y le pregunta él: "Flor del Barrio, ¿a quién esperas?" ¡Nada! La Flor del Barrio no responde. Un terror desconocido se apodera entonces de Adán Buenosayres: le parece advertir ahora un algo de artificial en aquellos ojos, en aquella boca, en aquellos petrificados músculos faciales. La sugestión es tan viva, que Adán no resiste al impulso de tocar aquel rostro. Pero no bien lo hace, una máscara de cartón se le queda entre los dedos. Y aparece detrás el verdadero semblante de la Flor del Barrio: los ojos cóncavos, la nariz roída, la desdentada boca de la Muerte.

—¡Imaginación! ¡Afanada siempre, como ahora, en su telar mentiroso! No me bastó forzar a las criaturas, exigiéndoles lo que no debían o no sabían dar; sino que, apoderándome de sus fantasmas, les hice cumplir destinos extraños a su esencia, poéticos algunos y otros inconfesables. ¡En cuántas posiciones inventadas me coloqué yo mismo, tejedor de humo, desde mi niñez! Confieso haber imaginado entonces la muerte de mi madre, y haberla padecido en sueños, como si fuese verdadera. Confieso haber derrotado al campeón mundial Jack Dempsey, en el Madison Square Garden de Nueva York, ante la gritería frenética de cien mil espectadores. Confieso haber hecho saltar la banca de Monte Carlo, en una noche prodigiosa, y haberme alejado luego, rico de oro y melancolía, entre una doble hilera de tahures corteses y bellas prostitutas internacionales. Confieso haber padecido la furia de Orlando, a causa de celosos amores, y haber demolido a Villa Crespo, sin otro utensilio que una maza de combate. Confieso haber sido pioneer de la Patagonia, y haber fundado allí la ciudad y puerto de Orionópolís, famosa por su expansión naval, dueña y señora de los siete mares. Confieso haber ejercido la dictadura de mi patria, la cual, bajo mi férula, conoció una nueva Edad de Oro mediante la aplicación de las doctrinas políticas de Aristóteles. Confieso haberme dado al más puro ascetismo en la provincia de Corrientes, donde curé leprosos, hice milagros y alcancé la bienaventuranza. Confieso haber vivido existencias poético-filosófico-heroico-licenciosas en la India de Rama, en el Egipto de Menés, en la Grecia de Platón, en la Roma de Virgilio, en la Edad Media del monje Abelardo, en... ¡Basta!

Adán Buenosayres quiere librarse de aquellos monstruosos hijos de su imaginación que vuelven ahora, uno tras otro, desfilan ante su avergonzada conciencia, esbozan gestos ridículos, posturas teatrales, actitudes malditas. Pero los monstruos insisten; y Adán tiene la impresión de que giran en torno suyo, riendo como demonios, palmeando sus bocas ululantes y guiñando sus ojos malignos, en una ronda carnavalesca.

—¡Basta! ¡Basta! He malogrado mí único destino real, por asumir cien formas inventadas, tejedor de humo. O tal vez, a la manera de un dios inmóvil que, sin alterarse ni romper su necesaria unidad, desarrollase ad intra sus posibilidades, como soñando... ¿Analogía? ¡No! Megalomanía. ¡Sólo un literato!

Espadas angélicas y tridentes demoníacos chocan sin ruido en la calle Gurruchaga: se disputan el alma de Adán Buenosayres, un literato; porque, según la economía suprema, vale más el alma de un hombre que todo el universo visible. Pero Adán no lo sabe, y es bueno que no lo sepa todavía.









Fragmento de: Adán Buenosayres, L V, Parte III, de Leopoldo Marechal.

viernes, 10 de junio de 2016

Miradas torcidas o cómo construir mentiras

Altamira, una mirada torcida contra la Iglesia
En la película Altamira estamos ante la enésima manipulación destinada a presentar a la Iglesia católica como la mayor enemiga de los hombres.
Por Jorge Soley -


Antonio Banderas en la película de Altamira/ Morena Films
El pasado primero de abril se estrenó la película Altamira, que cuenta entre sus atractivos el papel protagonista de Antonio Banderas y que intenta (o al menos eso pretende) explicar lo sucedido en torno al descubrimiento de las pinturas de la Cueva de Altamira por parte de Marcelino Sanz de Sautuola (1831-1888).
Estamos, a priori, con una iniciativa que reúne varios méritos: buenos actores y dirección y una historia nuestra, apasionante y con enseñanzas para el día de hoy. Y sin embargo, esa primera impresión se desvanece pronto al comprobar, ya desde los carteles promocionales, que estamos ante la enésima manipulación destinada a presentar a la Iglesia católica como la mayor enemiga de los hombres. La caracterización de Rupert Everett, en su papel de párroco de Santillana del Mar, no deja lugar a dudas: su rostro desagradable, su mirada torva, más propia de un psicópata asesino que de un sacerdote, recuerda a la más trasnochada propaganda anticlerical. A la hora de presentar a la Iglesia como repulsiva no hay sutilezas que valgan, habrán pensado los ideadores del film, y para que nadie se llame a engaño presentan al sacerdote como una mezcla de Nosferatu y Voldemort.
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Lo que las imágenes anunciaban, la película lo confirma. La Iglesia es presentada como enfrentada a la ciencia y el gran obstáculo en su desarrollo. El tema no es banal, pues como bien señala el P. Spitzer, uno de los caminos por los que los jóvenes pierden la fe es el considerarla incompatible con la ciencia. Una parte importante de la propaganda atea va en esta línea: la ciencia es verdadera, se puede verificar, y contradice la religión, un cuento de hadas fantástico impropio de personas adultas y cultivadas. Poco importa que todas las evidencias indiquen lo contrario (desde innumerables científicos católicos que no han percibido ninguna contradicción entre su fe y la ciencia hasta documentos magisteriales y obras de filosofía que desmontan el relato antirreligioso), las películas y las series van conformando la mentalidad de la gente, que se quedan con la cantinela de una Iglesia enemiga de la ciencia y empeñada en seguir manteniendo su poder sobre la gente por cualquier medio, incluso la mentira y la violencia.
Por fortuna, aún hay quien no traga y, todavía más, investiga y estudia lo que realmente ocurrió. Es el caso de Alfonso V. Carrascosa, científico del CSIC, que arroja luz sobre Altamira en una serie de artículos publicados en Religión en Libertad, a los que se suman los redactados por Pablo Ginés para completar un acercamiento histórico riguroso que desmonta la versión de la película.
¿Y en qué se diferencia la realidad de lo que nos intenta vender la Altamira de Antonio Banderas? En base a lo aportado por Carrascosa y Ginés, podemos afirmar lo siguiente:
1. Marcelino Sanz de Sautuola era católico practicante y nunca encontró que su fe chocara con su actividad científica. Curiosamente, este aspecto se silencia en la película.
2. El científico español que más le apoyó, Juan Vilanova y Piera, considerado el padre de la geopaleontología española, también era un fervoroso católico.
3. No es verdad que la Iglesia católica viera con aprensión el descubrimiento de Altamira como contrario a la interpretación literal de la Creación. Lo cierto es que nadie con autoridad en la Iglesia sostenía la necesidad de interpretar literalmente la Biblia. De hecho, Vilanova y Piera, en 1872, siete años antes de los descubrimientos de Altamira, había publicado una obra, “Origen, naturaleza y antigüedad del hombre”, que incluía dataciones geológicas y biológicas distintas a las de la Biblia y a la que la vicaría apostólica de Madrid había dado su visto bueno. En las palabras literales del censor de la época, “La Iglesia no ha declarado el número fijo de años que lleva el hombre en la tierra… Tampoco vemos que se contraríe el texto sagrado cuando la geología ha descubierto que las capas terrestres nos demuestran que la vida ha debido sucederse por grados en la tierra y aun en razón directa de la complicación del organismo“. Así pues, los personajes de la película que se espantan, aferrados a las cronologías bíblicas, no son creíbles, son una manifiesta manipulación. Como se ve, nada que ver con lo que la película nos intenta hacer creer.
4. En la película se sostiene que la Iglesia se opuso al descubrimiento y acusó a Sanz de Sautuola de falsificador. No es verdad. No hubo ningún pronunciamiento oficial de la Iglesia Católica, ni en España ni en el Vaticano, sobre la autenticidad o falsedad de las pinturas de Altamira.
5. Quienes sí se pronunciaron fueron los laicistas, que atacaron despiadadamente el descubrimiento, pensando que era contrario a la visión del hombre prehistórico predominante en la época. La Institución Libre de Enseñanza, con el laicista Francisco Giner de los Ríos a la cabeza y la Real Sociedad Española de Historia Natural, con el laicista Ignacio Bolívar al frente afirmaron que las pinturas eran falsas y se negaron a admitir su autenticidad, poniendo a Sanz de Sautuola en una dificilísima situación. Las críticas también llegaron del extranjero, donde el paleontólogo Gabriel de Mortillet, llevado de su pasión anticlerical, llegaría a escribir acerca de Altamira, en una carta a su colega Carthailac lo siguiente: “No te fíes, amigo, es una trampa que nos tienden los jesuitas a los prehistoriadores para reírse de nosotros”. Es decir, que en 1881 lo que creían los científicos enemigos de Sautuola era que “sus pinturas” eran el fruto de una conspiración de la Iglesia.
6. Finalmente, y tras mucho sufrimiento, la comunidad científica mundial confirmó la autenticidad de las pinturas. ¿Quién fue el abogado de Sanz de Sautola? ¿Algún científico comecuras? Pues no precisamente: quien logró que Carthailac retirase sus acusaciones de falsificación fue el sacerdote y paleontólogo Henri Breuil. Ya lo ven, los curas empeñados siempre en atacar a la ciencia…
7. Como explica Carrascosa, la película presenta a la esposa del descubridor como una católica fanática, algo histérica e ignorante, una caricatura que no por repetida deja de ser lamentable y que, por cierto, supone una actitud machista que desprecia la capacidad de raciocinio del sexo femenino.
8. El párroco de Santillana proclama en la película, para justificar su oposición al descubrimiento: “Mi deber es proteger la fe de la Iglesia”. La frase es absurda, pues ya hemos visto que ni la fe, ni la Iglesia estaban amenazadas por la autenticidad de las pinturas, una apreciación que nadie compartió y menos aún científicos católicos como Sanz de Sautuola o Juan Vilanova.
9. Más frases absurdas y gratuitas, esta vez en boca de Sanz de Sautola: Es el hombre desafiando la voluntad de Dios”, “Si alguien explora el misterio de la Creación, le despoja de su grandiosidad. El científico, como buen católico, sabía que era exactamente al revés:penetrando en el misterio de la Creación se descubre la grandiosidad del Creador. No hay ningún desafío, sino un ir comprendiendo mejor la obra de Dios y un maravillarse ante ésta.
10. De hecho, esta versión anticatólica de don Marcelino Sanz de Sautuola se contradice con la imagen que de él ha conservado su familia. Ramon Pérez Maura, descendiente del descubridor de Altamira, escribía en un artículo en ABC al respecto que jamás habían oído hablar de nada semejante en la tradición familiar.
11. Añadía, Pérez Maura que Don Marcelino Menéndez Pelayo, el develador de heterodoxos y herejes, se deshace en elogios hacia su tocayo y paisano: “La verdadera revelación del arte primitivo se debe a un español modestísimo, al caballero montañés don Marcelino Sanz de Sautuola, persona muy culta y aficionada a los buenos estudios, pero que, seguramente, no pudo adivinar nunca que su nombre llegaría a hacerse inmortal en los anales de la prehistoria“. Difícilmente Menéndez Pelayo habría elogiado a Sanz de Sautuola, si cualquier autoridad eclesiástica mínimamente significativa de la época hubiese considerado el hallazgo de Altamira, ya no contrario a la fe, sino una mera dificultad para ella.
Ramón Pérez Maura atribuye el sesgo anticatólico de Altamira a necesidades del guión: “cabe entender la relevancia del papel malvado jugado en «Altamira» por el párroco de Santillana del Mar como una necesidad narrativa antes que como un hecho histórico de la relevancia que se le da”, y más adelante escribe que se “requiere de licencias para contar la esencia de una historia. Como cualquier obra de arte, «Altamira» las tiene“. Se advierte que Pérez Maura se esfuerza en hacer una interpretación bondadosa de la película en la que su antepasado es el héroe, desfigurado, sí, pero héroe al cabo.
Los indicios aquí reseñados son demasiados para ser ignorados y apuntan a que se ha querido aprovechar la historia de un científico católico, de un hombre que hace un descubrimiento trascendental y que luego, ante los ataques injustos de sus colegas laicistas, supo defender la verdad y asumir las dolorosas consecuencias, para montar el enésimo ataque contra todo lo que huela a religión católica. Si la víctima es la verdad, la misma que con tanto ahínco defendió Sanz de Sautuola, peor para ella. Ya se sabe que en toda guerra hay daños colaterales y que en la tarea de aplastar a la Infame, que decía Voltaire, uno no se puede andar con chiquitas.
Lástima. Don Marcelino Sanz de Sautuola no se merecía el ser usado como ariete contra la fe que iluminó su vida. Sí, las películas se toman libertades, pero no hasta explicar lo contrario de lo que realmente sucedió. De asistir a un pase de Altamira, Sanz de Sautuola no habría llegado hasta el The End: se habría levantado, indignado, y habría abandonado la sala donde otro que no es él pretende suplantarlo.
Un último apunte: quien quiera saber más sobre el tema, Stella Maris ha publicado un libro, “Altamira. Historia de una polémica”, de José Calvo Poyato, donde se pueden encontrar más detalles acerca de lo que realmente sucedió.

Fuente: Actuall, 14/04/2016.

miércoles, 8 de junio de 2016

Leído para Ud: LA RESISTENCIA, de Sábato.













Sábato, Ernesto (2000). La Resistencia. Buenos Aires: Seix Barral. 
En línea: http://biblio3.url.edu.gt/Libros/sabato/resistencia.pdf

Ernesto Sábato (1911-2011), fue un escritor, ensayista, físico y pintor argentino. En su juventud, fue un activista del Partido Comunista, en donde llegó a Secretario General de la Federación Juvenil Comunista. Posteriormente se iba a alejar del comunismo marxista, desilusionado por el rumbo que había tomado el gobierno de Stalin en la Unión Soviética. Fue, además, detractor del Partido Peronista. En el otoño de su vida volvió la mirada hacia el Evangelio y declaró: Aunque fui un comunista activista, el anarquismo siempre me ha parecido una vía de conseguir justicia social con libertad plena. Y valoro el cristianismo del Evangelio. Este siglo es atroz y va a terminar atrozmente. Lo único que puede salvarlo es volver al pensamiento poético, a ese anarquismo social, y al arte.
En el ensayo literario, La Resistencia, expondrá su nueva visión de la vida, plena de esperanza. Una vida que debe fundarse en los valores del espíritu, tan olvidados en la sociedad de ese momento y más aún en la nuestra, lo que le confiere gran actualidad.
El libro está compuesto por cinco cartas y un epílogo y cada uno de ellos puede ser leído de forma independiente puesto que tratan diversas tesis o aspectos del problema. En la primera carta, “Lo pequeño y lo grande”, plantea el problema de la incomunicación del hombre, inmerso en la televisión y el ruido constante, que ha olvidado el sentido del ocio. Declara que el hombre se plenifica en la apertura a los demás, en la valoración de los pequeños gestos y momentos, “No hay otra manera de alcanzar la eternidad que ahondando en el instante”. Hay que revalorizar lo pequeño, aquellos objetos que nos rodean y que tienen algo de nosotros. Es necesario crear un clima de belleza en el pequeño mundo que nos rodea. “El hombre se expresa para llegar a los demás, para salir del cautiverio de su soledad”. Podemos volver a ser grandes, dirá Sábato, si logramos vencer las gestas cotidianas.

En su segunda carta, “Los antiguos valores”, marca la importancia de los ritos y la sacralidad, invita a volver a los valores perdidos: la dignidad, el desinterés, la grandeza ante la adversidad, las alegrías simples, el coraje físico y la entereza moral. En la tercera, “Entre el bien y el mal”, plantea el problema de la educación y sentencia que la educación que damos procrea el mal porque lo enseñamos como bien. “Tenemos que reaprender lo que es gozar… gozos verdaderos son aquellos que embargan el alma de gratitud y nos predisponen al amor”. El alma siempre tiene que optar por el bien o el mal. La solución de este problema se encuentra en el amor.
La cuarta carta, “Los valores de la comunidad”, es un llamado a volver a trabajar por el Bien Común, con solidaridad. En ella advierte que el hombre moderno teme a la libertad porque ella implica responsabilidades y pone su especial esperanza en los jóvenes como agentes del cambio. En la última carta, “La Resistencia”, critica la vida acelerada que llevamos y la falta de silencio que nos ha quitado la posibilidad de rezar y más aún, llegar al dolor del otro. “Las heridas de los hombres nos reclaman”.
Ernesto Sábato Finalmente, en el epílogo, afirma que la conversión implica una muerte y que cree que una segunda Edad Media es posible. “Creo que lo esencial de la vida es la fidelidad a lo que uno cree su destino”.
La Resistencia, es sin duda, una obra sumamente amena y de rápida lectura que nos hará reflexionar sobre nuestra manera de vivir. Sábato realiza en ella un impresionante análisis de la sociedad de su tiempo, que no ha cambiado mucho hasta hoy. Una fuerte crítica a los medios masivos de comunicación que nos aíslan e impiden realizarnos como personas en el diálogo y la entrega a los demás. Pero sobre todo, un mensaje de esperanza, pues de nosotros depende el volver a los antiguos valores y resistir, incluso heroicamente, a la decadencia de la cultura occidental. Como el mismo Sábato lo expresó: “El mundo nada puede contra un hombre que canta en la miseria”.

domingo, 5 de junio de 2016

GUERRA CULTURAL

Facebook: un problema de transparencia que influye en las ideas de sus usuarios
La Comisión de Comercio del senado de los Estados Unidos ya ha invitado a Facebook a ofrecer un relato completo acerca de cómo la compañía opera.

Fue a mediados de 2014 cuando se dio a conocer que Facebook había realizado en 2012 un experimento sin el consentimiento de sus usuarios: sus investigadores alteraron el tipo de contenidos de los muros de 690.000 personas con el fin de conocer las reacciones emotivas de sus suscriptores. A unos perfiles se les mostraba sólo publicaciones positivas y a otros sólo negativas.
Los resultados del estudio fueron publicados a finales de junio de 2014 en Proceedings of the National Academy of Science y mostraron que las personas expuestas a contenidos negativos eran más propensas a publicar cosas negativas mientras que resultaron más optimistas con sus publicaciones aquellos que veían en sus muros noticias positivas. El experimento, por tanto, demostró que Facebook es capaz de alterar el estado emocional de sus usuarios.
¿Y si en lugar de emociones fueran determinadas ideas o posturas políticas o socio-religiosas? El lunes 9 de mayo de 2016 la web Gizmodo.com destapó el caso: Facebook altera los resultados en los muros de sus usuarios controlando que el tipo de informaciones que reciben como «tendencias» sean siempre las progresistas (cf. Former Facebook Workers: We Routinely Suppressed Conservative News).
El «modus operandi» lo revelaron ex trabajadores (news curators) que dijeron haber sido obligados a tapar noticias conservadores y resaltar las progresistas; afirmaron que recibían órdenes de destacar sólo las noticias progresistas en la pestaña de «tendencias» (trending news) de la red social.
Pronto un portavoz de Facebook afirmó que las directrices de la empresa no permitían la supresión de determinado tipo de ideas pero no desmintió que algunos empleados pudieran seguir el propio criterio a la hora de seleccionar qué sí y qué no aparece en los muros de los usuarios como noticia relevante.
No es la primera vez que Facebook está involucrado en casos de sesgo ideológico. El estudio «True Liberty in a New Media Age: An Examination of the Threat of Anti-Christian Censorship and Other Viewpoint Discrimination on New Media Platforms» («Libertad Verdadera en una Nueva Era Mediática: Análisis de la Amenaza de la Censura Anticristiana y de la Discriminación de otras Opiniones en las Nuevas Plataformas de Medios») muestra precisamente cómo Facebook bloquea opiniones cristianas no ofensivas y mantiene sin censura páginas o publicaciones manifiesta y groseramente anti cristianas.
No resulta irrelevante que Facebook se posicione a favor o en contra, exhibiendo u ocultando, determinado tipo de contenidos en vista de que no es un medio editorial sino un distribuidor de contenidos. Y es precisamente aquí donde radica lo preocupante del asunto. Que en la «culture war» Facebook  tome partido y muestre un sesgo ideológico debe constituir una advertencia: por una parte, para no creer que lo relevante que aparece en la red social realmente lo sea y, por otra, para no perder de vista que cuando un medio de comunicación toma partido implica para el usuario el plantearse también el tomar partido por esa u otra red social afín a sus ideas.

Fuente: Extractado de Zenit, 25/5/2016.

martes, 31 de mayo de 2016

La magnanimidad intelectual. (3 de 3)

Por Fray Diego de Jesús

 No es azaroso el vínculo semántico entre el verbo holgar y el sustantivo holgura. La quietud ensancha. Lo enseña con maestría Pieper en su imperecedero Ocio y vida intelectual: la facultad de holgar, como don de inmersión contemplativa, eleva festivamente el corazón, trascendiéndolo del cerrado orden laboral, orbitándolo en la inmensidad del aire libre. Si es cierto —como insiste san Gregorio de Nisa— que sólo el asombro conoce, esto ocurre porque el asombro amplía, el asombro ensancha, el asombro expande la capacidad receptiva de lo real. Por eso cuando se dice, con los griegos, que el asombro es el comienzo de la Filosofía hay que celar que se lo esté entendiendo no como mero initium sino como estable principium. Para contemplar la magnificencia de lo real —insiste Pieper— no alcanza con partirdel asombro sino que es preciso no salir del asombro. Nosotros agregaríamos: el asombro es la forma interna, la acústica de esta grandeza mental.
Justamente lo magno conjuga esa bipolaridad propia del asombro: que es perplejidad, sorpresa, incógnita no menos que patente constatación de una maravilla presente. El asombro, al igual que la magnanimidad, es a la vez humilde y esperanzado. Este desiderium sciendi —como el Angélico llama al asombro— es deseo y fruición a la vez. Nunca saciedad. Pero gozo y alegría ante la inatrapable y fascinante inmensidad impactando sobre nuestra inerme apertura.
Y es justamente por efecto de la magnanimidad, que el asombro no vive su experiencia de vértigo como náusea sino como delectación: se goza de que la realidad sea siempre-más-grande que sus cálculos y que su instrumental de medición.
Quien piensa con espíritu enjuto, se afana, antes que cualquier otra cosa, en demarcar los límites, las fronteras, los términos de su objeto. En cambio quien piensa desde la grandeza de ánimo, ante todo aborda su objeto en su inmensidad, presumiéndolo intangible, inconmensurable. De algún modo —con grano de sal— vale aquella distinción que mostraba Jean Leclercq entre la teología escolar y la monástica: la primera hace desembocar la Lectio en Quaestio; tras hacer foco en algo, lo subsiguiente es cuestionarlo. En cambio, el método monástico plantea otra secuencia: la Lectio deriva en Meditatio. La luz del logos emerge a la experiencia por paladeo, por absorción sublingual o por serena ruminatio, en que somos transpuestos a la anchura del objeto meditado y librados de la estrechura del sujeto meditante. La quaestio —al menos desde la última escolástica decadente— tiene pretensiones de dominio y domesticación y no de dejar-ser.
Como dice Balthasar en su Mein Werk, “para ser objetivo, lo primero es ‘dejar-ser’ a lo que se manifiesta. Lo primero no es la dominación del material sensible que se nos ofrece por las categorías del sujeto, sino la postura de servicio al objeto.”
Postura de servicio: no hay grandeza de ánimo mayor que esa.

De ahí que la tan mentada honestidad intelectual tenga más que ver con la templanza que con la justicia: pues consiste en una docilidad, ductilidad, maleabilidad a la acción del objeto, que es el amo y señor al que uno sirve en su verdad. Magnífica asociación hace el Padre Régamey, OP, —un estudioso de la santidad de la inteligencia— vinculando esta honestidad con el ser llevados donde no queremos del texto joánico (Jn 21,18). Esta irresistencia y puesta en servicio hace del pensador virtuoso un viajero a mundos tan imprevistos como magníficos.
Como dijimos, suele acentuarse de la curiosidad un afán desmedido por conocer lo innecesario, lo vano o lo peligroso. Pero santo Tomás, al desarrollar uno por uno los posibles desórdenes de la studiósitas agrega una posibilidad poco apuntada: y es el vicio no de conocer de más sino de menos. Mejor dicho, de conocer de modo incompleto, desarticulado de la totalidad a la que debe ordenarse y subordinarse.
No todos los recaudos han de centrarse en cuidarse de que no nos ocurra como a Psijé, que al querer espiar a Eros dormido y levantar su encendido candil sobre su amante, volcó aceite sobre él, ahuyentándolo para siempre. Si por evitar tal desgracia prescindimos del aceite, no habrá riesgos de volcarlo… mas tampoco de alumbrar.
Monasterio del Cristo Orante
Hay un vicio de “incompletud”, de fragmentación y de apocamiento cognitivo que tulle el alma y entumece la vida intelectual.
Por eso nuestra vindicación de la tónica mítica apunta entre otras cosas a restablecer el tono muscular, la intensidad —vehementia, como dice santo Tomás— para aplicar la mente a la indómita realidad con audacia y parresía, en un impulso vital propio del lúdico amor, que ensancha todo cuanto toca.
Es el genial Chesterton quien, hablando de su propia historia, dirá que “la conversión llama al hombre aestirar su mente igual que quien despierta de un sueño se siente impulsado a estirar los brazos y las piernas.”
Pues de este desperezar mental trata todo esto.
Valga terminar con una expresión de santo Tomás poco reparada, sacada de su clase inaugural como maestro de teología. Allí apunta tres notas que han de ser propias del buen intelectual: “la humildad para someterse; el recto sentido para juzgar bien y la fecundidad del espíritu, gracias a la cual le basta oír pocas cosas para evocar muchas.” Terna que corresponde con justeza a aquella otra terna, que ya hemos glosado otras veces Mito, Plegaria y Misterio: la humildad de la volátil imprecisión mítica, cargada cual ascua incandescente en punta de flecha de la rectísima orientación oracional, que se clava en el centro del Misterio desde donde fecunda el espíritu evocándole todas las cosas, celestes y terrestres, visibles e invisibles.
No es otro “el festival divino” que los dioses —según dice Platón— otorgan cada tanto al hombre para alivio de su penosa vida laboral.
Sólo el magnánimo sabe elogiar. Sólo el magnánimo sabe adentrarse en la fiesta del pensar. Y allí, celebrar la anchurosa inmensidad del ser. 

sábado, 28 de mayo de 2016

La magnanimidad intelectual. (2 de 3)

 Por Fray Diego de Jesús

Todo esto parece alejarnos cada vez más de nuestro intento por fundar el buen pensar en magnanimidad. Y así parece, pues solemos asociar la templanza de modo unívoco con la moderación, entendida ésta como refreno de las pasiones. Pero desde una sana antropología, la templanza —temperantia— no es mero “freno”, sino justo medio entre dos extremos igualmente viciados. Para los hombres pálidos del norte —decía con sorna Lewis— esos que ven con suspicacia y recelo todo apasionamiento, la mesura es la madre de todas las virtudes. Para ellos, el famoso “todo con moderación” es la regla de oro del hombre sensato y ético. Pieper los “disclosura”, descerrajando y ventilando el tufillo de esta “tibia atmósfera de invernadero”, donde cultivan su penosa ética burguesa.
Monasterio del Cristo Orante, Tupungato, Mendoza

Para nosotros la templanza es cosa muy otra. Alude ante todo a un ordenar las partes dispares, armonizar lo diverso, proporcionar las partes en el todo (es el sentido primigenio de la sophrosyne griega). El vocablo “moderación” lo expresará bien si ésta supera su sola connotación negativa de freno y limitación y asume su aspecto positivo como aliento y ampliación. Tal vez nuestro castellano “moderador” sea un buen ejemplo, pues quien tenga que hacer de tal (en un debate o conversación, por ejemplo) sabe bien que no sólo le atañe acallar al exaltado o avasallante, sino también promover la participación de los más timoratos o retraídos.
Algo de eso ha de hacer la templanza ante nuestras pasiones. Y apurando el retorno a nuestro asunto digamos: algo de eso ha de hacer la virtud de la studiósitas ante encontradas fuerzas interiores que pugnan por establecer qué sea cognoscible y qué no y entablar la marcha hacia ello. Por decirlo de algún modo: todos llevamos dentro un enano racionalista y un enano irracional. Alguien ha de moderar sus voces para que se aúnen en una armonía superadora.
Si la humildad es la forma fundamental de la templanza, y la magnanimidad es el complemento a la humildad, se entiende bien —ya en términos de intelección— cómo el pensar virtuoso, si carece de grandeza de ánimo astringe inevitablemente el poder de su actividad. Como hermanas gemelas —dirá santo Tomás— tanto la magnanimidad como la humildad se distancian ambas ya de la soberbia como de la pusilanimidad, protegiéndose mutuamente de ambos desvaríos posibles.
Y éste es un nudo meduloso de todo nuestro asunto: el hombre actual es mentecato, retraído, acomplejado, pusilánime y medroso ante el conocimiento de la verdad. Se enfrenta a la realidad con la mente enjuta y encogida, acobardado y abatido ante la impenetrable y hermética materia.
Claro está que esa arrogante superioridad de sabihondo engreído con que este mismo hombre posmoderno se arroga estar en la cresta del máximo desarrollo mental de su especie no es más que la lógica reacción propia de todo acomplejado y resentido.
La soberbia racionalista no es más que la erupción epidérmica del complejo de escepticismo en su fase exultante. Pero el problema de fondo que afrontamos es el de una cultura hundida en la negrura de la pusilanimidad intelectual: la insoportable levedad del conocer, diría Kundera. Una libido sciendi anoréxica y deprimida si no derrotada, que se arredra ante la susurrante realidad. El sordo —negando o sin negar su sordera— sentencia que el mundo es mudo.
De ahí la propuesta por erigir la magnanimidad como eficaz ensanchamiento del horizonte racional. No sólo —como emprende con vigor nuestro Papa Benedicto— en orden a dar cabida a la fe como su horizonte: sino ante todo para dilatar su natural apertura a lo real.
Y esta dilatación la realiza la mítica. El pensamiento mítico es una suerte de elongación de los tullidos tejidos lógicos; un kinesiológico estiramiento de la mente, tan penosamente yerta y entumecida. Es la holgura mítica la que con mano experta y delicada asume la taumatúrgica extenso mentis ad magna.

Pero valga notar esto, tan propio de los recodos humanos: esta mortecina y macilenta libido sciendi carece de apetito. O más precisamente: se siente satisfecha. De ahí que la analogía con la anorexia sea tan oportuna y precisa. El hombre actual no sabe nada, no entiende nada y se siente opíparo así. Como decía el sabio Chesterton, la más terrible maldición que puede abatirse sobre hombres y pueblos, es un mal sin nombre al que llamamos satisfacción.
Se siente lleno pues, por cierto, se lleva a la boca material cognitivo —datos, números, información—, pero que carecen de sustancia. Son puro aire, diría san Pablo, explicando esta ciencia que infla (1Cor 8,1).
Así se instala esta no menuda paradoja, de un hombre que ha dado por perdida la batalla por entender las profundidades de este cosmos, y se erige no obstante muy parado-encima-de (epi-steme) los enigmas que cree dominar, confiándolos al poder científico. La vanagloria del sabihondo cientificista es la expresión exacta de esta paradoja: se siente satisfecho, en el sentido del satis, del tener suficiente, siendo que esa hinchazón es vacua, vana, flatus mentis. De ahí se entiende la suficiencia del necio y la humildad del sabio. Simone Weil —caso paradigmático de magnanimidad mental— alertaba al pensador sobre esta posible “saciedad prematura”.

La magnanimidad intelectual aspira a ingresar en la corriente de vida con que el Amor divino creó los mundos y se manifestó. Conocer, desde esta grandeza de ánimo, tiene la desmesurada pretensión de presenciar no sólo la realidad hecha —el factum— sino el haciendo, el in fieri de la Creación continua. No se conforma con el magnífico prado nevado: quiere ver nevar. Y para eso ingresa en la intimidad misma del Origen, a boca de surgente, al pie del voraz ex nihilo. Bien lo ha espigado Leon-Dufour, en una de las entradas más logradas de su famoso Diccionario bíblico, al tratar la voz “conocer”: para el lenguaje bíblico conocer es intimar; no es apoderarse de un dato sino ingresar y percibir experiencialmente la rugosidad interna de aquello conocido. Así se conoce el sufrimiento, el pecado, la guerra, la paz, el bien y el mal.

Y hay algo magnífico en este conocer como ingresar en una corriente. Tal concepción nos presenta la experiencia cognitiva no como una estática captura fotográfica sino como un dinámico insertarse-en-el-sentido en que una verdad viene siendo. “Hacer la verdad” —misteriosa expresión joánica— es hacer el itinerario, hacer el viaje del no-ser a tal-ser. Y hacerlo en el mismo sentido en que lo hace la realidad en cuestión. Levinas entendió bien esta inclaudicable vinculación entre sens como logos y como dirección, de clara raíz hebrea. Conocer, por tanto, en este decir profundo, desde este ensanchamiento mental, es barrenar la indomable hondura de la realidad en el mismo sentido en que viene. Y el insensato, por tanto, es el que no dio con este rumbo, con esta corriente.
Curiosamente, las “desmedidas” pretensiones de la arrogancia racionalista jamás soñaron siquiera con grandezas tales. ¡Leer el Mundo por dentro! ¡Intus-legere!

miércoles, 25 de mayo de 2016

La magnanimidad intelectual. (1 de 3)

Por Fray Diego de Jesús

Conocida es la definición de magnanimidad que da santo Tomás en su Summa: extenso animi ad magna. Estribando en ello resulta factible intentar imaginar en qué consista esta virtud aplicada al conocimiento. Al apetito cognitivo, para ser más preciso.
La magnanimidad —virtud descuidada, como tantas— es esta tensión del alma hacia grandes cosas, hacia lo extraordinario, hacia lo sublime, hacia el exceso (lo excedido de lo comedido). Algo le dice al hombre que hay más y que puede ese más; que el bien es más grande de lo hasta ahora apetecido; que la verdad es más ígnea y lumbrosa de lo hasta aquí tanteado; y que hay más, mucho más asombro, fascinación, embeleso posible del que uno ha vivido ante lo bello. Algo le dice al hombre… Hay un algo (objetividad), hay un dictum (expresión) y hay un hombre potencialmente receptor de esa —tan inminente como ausente— plusvalía. Esa potencia es inmensidad interior. Es caja de resonancia. Lo diminuto y sutil —anotaba Bloy— sólo retumba cuando la acústica de un espacio inmenso y vacío le ofrece cabida. En tal sentido cabe decir que las frecuencias más delgadas y delicadas en que sintonizar el paso de Dios sólo son percibibles por aquellos que tienen no sólo limpio sino grande el corazón. Magno como inmensa y majestuosa catedral.
Cuando éste se ensancha, hasta el alfiler que cae sobre la losa de su suelo retumba audible. Por eso, si la grandeza de ánimo es el ornato de todas las virtudes —al decir de santo Tomás— nada obsta a que nosotros lo apliquemos a las virtudes intelectuales, que cobran un realce peculiar cuando habitan y operan desde una inmensidad.
Muchos de los rasgos y tonos que santo Tomás, minuciosamente va pincelando en la cuestión 129 —verdadero tratadillo sobre la magnanimidad—, son uno por uno aplicables al orden intelectual. El magnánimo es audaz, es osado, es honrado, no es miedoso, no repara en el parecer ajeno, es intrépido y confiado, empecinado y provocativo, no es esclavo, no es autómata, no es conformista. Desde estos rasgos, cualquiera sospecha los anchurosos horizontes que esto ofrece al pensador magnánimo.
Se trata de pensar bien. Y no se piensa bien con el corazón ni sin el corazón sino en el corazón. Él no es la potencia cognitiva sino el ámbito catedralicio donde ésta despliega sus dotes. Fuera del corazón, el canto de la inteligencia es un opaco y apagado ruido seco, sin reverberancia alguna. Y si fuera él mismo quien procurara cantar, mayor desastre aún sería el resultado… como si el pie intentara escuchar o el ojo caminar.
El hombre moderno —oportuno es recordar que Occidente lleva ya una semana de siglos de modernismo— pendula entre el vidrioso racionalismo y el fláccido irracionalismo; fluctúa entre el piquete demoledor de la duda y el ácido disolvente de la sensación. Del iluminismo al New Age, del cientificismo y positivismo a la cábala y horóscopo.
De ahí este estado de emergencia epocal en que se torna tan apremiante devolverle a la inteligencia humana su precisa ponderación, alejándola tanto del endiosamiento como de la demonización. Huelga avisar que ese doble distanciamiento obviamente no ha de procurarse torpemente buscando el geométrico punto intermedio entre estos desvaríos. Ambos son reduccionismos, y por tanto se alejan en la misma dirección de la verdad, que se halla en el sentido contrario de ambos, en dirección a Lo Abierto.
Desde hace un tiempo se ha instalado un bello tópico para la formación cristiana: la santidad de la inteligencia. Es el antídoto exacto que hace de contrafuego a estas dos distorsiones del saber. El secreto está en incluir el ejercicio de la razón en ese gran proyecto de santificación. No basta con hacer foco en las virtudes teologales y cardinales, aplicadas a afianzar en buenos hábitos el ejercicio de nuestra voluntad. Si bien es cierto que la inteligencia no tiene “salida directa a la calle” más que a través de la voluntad, y que por tanto no puede pecar por sí misma, no anula eso la posibilidad de un “mal” ejercicio de la razón. Tanto por desaciertos de sus propios hábitos (virtudes intelectuales propiamente dicho), como por influencia de las pobrezas de la voluntad al estirar su mano en apetito cognitivo. Famosa, por caso, es aquella aplicación de las virtudes cardinales a la vida intelectual que hacía Emilio Komar, desarrollando con maestría qué fuera la templanza intelectual, o la fortaleza intelectual, no menos que la justicia y prudencia en el ejercicio del buen pensar.
En parecida línea, el valioso padre dominico Marie-Dominique Philippe ha escrito mucho sobre este asunto, acentuando la necesidad de vivir una “purificación del intelecto”. Mas no ha de limitarse el programa de santificación intelectual —insiste el fraile— a la fase negativa; sigue a ella ese positivo crecimiento contemplativo que confiere mayor apertura y visibilidad sobre la realidad completa.
Quien ve más, tiene razón, sintetiza Balthasar en el Epílogo de su Trilogía. Uno podría agregar: quien sana su razón, ve más.
La extenso mentis, de modo espiralado, hace de causa y de efecto en este ir de bien en mejor, en el uso de la razón. Es su fruto y su vientre.
Santo Tomás no desatiende la moralidad de la actividad intelectual. Y no sólo —como podría pensarse— previendo un contexto virtuoso al ejercicio de la razón (como él mismo plantea en el de Veritate cuando reflexiona sobre las razones del desacierto) sino en el ejercicio mismo del pensar. A la virtud en cuestión la llamará studiósitas.

Ahora bien, lo curioso del caso es que el santo considera esta virtud como una forma de templanza; cosa que tal vez muchos no hubiéramos sospechado. Más bien solemos asociar la ardua labor del intelecto con la fortaleza, dado que el tedio y la pereza nos acechan, y el esfuerzo de atención suele flaquear. O con la justicia, ya que se trata de dar a cada realidad la verdad que le corresponde y variada e ingeniosa suele ser nuestra astucia para hacer trampa en esto, y caer en la tan mentada deshonestidad intelectual. Pero no: el Doctor Angélico no lo duda un instante: es un modo de templanza, frente a la insana curiosidad, que es su vicio opuesto.