domingo, 11 de septiembre de 2016

Esperar la primavera

…especialmente en esta estación de la primavera en que toda la naturaleza es rica y bella. Solamente una vez al año, pero una vez no obstante, el mundo que vemos hace estallar sus poderes ocultos y se revela a sí mismo de alguna manera. Entonces aparecen las flores, los árboles frutales, las flores se abren, y la hierba y el trigo crecen. Hay un impulso repentino y un estallido de esta vida oculta que Dios ha colocado en el mundo material. Pues bien, esto es como un ejemplo de lo que el mundo puede hacer por mandato de Dios. Esta tierra que se esponja ahora con flores y hojas, estallará un día en un mundo nuevo de luz y de gloria, en el cual veremos a los santos y a los ángeles. ¿Quién podría pensar sin la experiencia de primaveras anteriores, quién podría concebir dos o tres meses antes, que la naturaleza, aparentemente muerta, pudiera llegar a ser tan espléndida y tan variada?
¡Qué diferente es un árbol, qué diferente la perspectiva, cuando las hojas están en él y cuando caen! ¡Qué inverosímil sería que, antes de tiempo, las ramas secas y desnudas se vistieran súbitamente con lo que es tan brillante y refrescante! Así es que en el buen tiempo de Dios las hojas vienen a los árboles. La estación puede demorarse, pero llegará finalmente.
Lo mismo ocurre con esta primavera eterna que esperan todos los cristianos.
Llegará aunque haya que aguardar. Esperémosla ya que “vendrá y no tardará” (Heb 10,37). Por ello decimos cada día “Venga a nosotros Tu reino”, que quiere decir “Señor muéstrate”, manifiéstate, Tú que te sientas entre los Querubines, muéstrate, despliega Tu fuerza y ven a ayudarnos. La tierra que vemos no nos satisface. No es más que un principio, no es más que una promesa del más allá. Incluso en su mayor gozo, cuando se cubre con todas sus flores, aun entonces, no nos basta. Sabemos que en ella existen muchas cosas que no vemos. Un mundo de santos y de ángeles, un mundo glorioso, el palacio de Dios, la montaña del Señor de los Ejércitos, la Jerusalén Celestial, el trono de Dios y de Cristo, todas estas maravillas eternas, hermosas, misteriosas, e incomprensibles, se ocultan detrás de lo visible. Lo que alcanza nuestra vista es sólo la corteza exterior de un reino eterno y sobre este reino clavamos los ojos de nuestra fe.


John Henry Newman, del Sermón “El mundo invisible”, 16 de julio de 1837.

viernes, 9 de septiembre de 2016

El LIBRO EN LA HISTORIA Y EN LA EDUCACIÓN

El libro es elemento esencial en la educación, así como la lectura es el corazón de toda enseñanza.

Se podría prescindir de otro maestro que no fuera el mismo libro. Se podría prescindir de la misma escuela. Ésta en muchos casos surge en torno a un libro (la Biblia, los Upanishads, el Catecismo, Aristóteles, etc.). Los mismos maestros surgen para explicar un gran libro.
En "La Historia empieza en Sumer", su autor, Samuel Noah Kramer, afirma "que se trata de la primera civilización del mundo, y no de una simple "cultura", como tantas hay escalonadas a lo largo de nuestra inmensa prehistoria, sino el resultado de todas estas "culturas" en progreso, su fruto más perfecto, la civilización, plena y auténtica, con la riqueza de vida, la perfección y la complejidad que implica: la organización  social y política; el establecimiento de ciudades y de Estados; la creación de instituciones, de obligaciones y de derechos; la producción organizada de alimentos, de vestidos y de  herramientas; la ordenación del comercio y de la circulación de los bienes de intercambio; la aparición de formas superiores y monumentales del arte; los comienzos del espíritu científico; finalmente, y en lugar principal, el invento prodigioso, y del que no se puede medir toda la importancia, de un sistema de escritura que permitía fijar y propagar el saber.”
Tablas sumerias
El libro escrito surge como una necesidad aun para la supervivencia de los pueblos y de las civilizaciones. Y toda escuela como institución educativa brota alrededor de la lectura y del libro. La escritura aparece en el momento en que el "mensaje oral" transmitido de persona a persona no basta. Cada vez que hay algo especialmente valioso para interpretar, surge un tipo de escuela. Así, por ejemplo, para difundir el cristianismo y catequizar se generan grupos que se reúnen en torno de los discípulos. Pronto, algunos de entre ellos - diáconos o servidores - comienzan a enseñar a leer y escribir.
El afán por conservar los libros de la antigüedad y difundirlos hace que los monasterios - de donde surgen escuelas - también de algún modo se formen en torno al libro: al hallado, al que se copia, al que se propaga. En el propio centro de la vida monástica está el Libro de los libros: el que contiene la Palabra de Dios a la que se entretejen las horas y la vida del monje.
Es en los monasterios donde se “reinventa” la escritura tal como hoy la conocemos. En el Siglo VIII, época de  San Beda, se introducen, en la ininterrumpida fila de letras que debía ser interpretada a través de una lectura en voz alta, las separaciones entre palabras. Esto hizo posible tanto la lectura como la copia silenciosa, sin la necesidad de un “intérprete”. Mucho más tarde, hacia los siglos XII y XIII, por la incorporación y la combinación de nuevas técnicas, los textos comienzan a tener una vida propia dentro de los mismos libros, al introducirse los títulos y subtítulos, la división en capítulos y párrafos, las referencias, los índices y las listas de temas.

La Universidad también surge alrededor de un libro y de un maestro. Éste "lee" y explica aquél. Y en torno a ellos se agrupan los ávidos de saber.

Para la modernidad el libro no sólo fue incuestionable. Fue el gran instrumento para la difusión de las ideas, imprenta mediante.

Sin duda, en esta época, la profusión del material publicado atenta, en muchos casos, contra la calidad, lo cual conlleva un descrédito inevitable del libro.

La postmodernidad, coetánea de la explosiva difusión de las tecnologías de la información y las comunicaciones, inaugura un nuevo acceso al libro desde soportes distintos de aquellos materiales que supo conocer: el papiro, el pergamino y el papel.

Biblioteca Vaticana

Fuente: Benda, Ana, Hernández de Lamas, Graciela, Ianantuoni, Elena (2000) La importancia del uso del libro en la educación. Buenos Aires: Santillana. Pp. 29-31.


lunes, 5 de septiembre de 2016

LA HISTORIA Y SUS FALSIFICACIONES


1. Concepto de historia. El acontecer y el relato.
2. La historia como acontecer. Los hechos y sus falsificaciones.
3. La historia como relato. Variadas formas de alterar el relato.
4. Origen de las falsificaciones.
5. Los medios de que se valen.
6. Qué hacer.

Por MGdeJ Ianantuoni

1. CONCEPTO DE HISTORIA.
Cuando decimos “historia” podemos pensar básicamente en dos objetos:
a) el acontecer, la sucesión encadenada de los hechos del obrar humano socialmente trascendente, sus causas y consecuencias;
b) el relato transmitido sobre esos acontecimientos.
En ambos casos, la historia es de gran importancia para el hombre.
En primer lugar, lo distingue del resto de los seres, pues sólo el hombre es histórico, sólo él posee historicidad, es decir: conciencia del tiempo, de la propia finitud y de la trascendencia de su vida. Recibe las realizaciones de las generaciones anteriores, las elabora y transmite a las generaciones futuras. Esta transmisión o legado es propiamente la tradición.
En segundo lugar, el relato es de fundamental importancia, tanto en las vidas personales como en las de los pueblos.
Afirma Romano Guardini: “Sólo desde la aceptación de sí mismo lleva el camino al auténtico futuro para cada cual, a su propio futuro” (1962: 29).
Es evidente que para aceptarse, uno debe conocerse, y que este conocimiento se adquiere primordialmente a partir de la reflexión sobre el autorrelato y los relatos y comentarios que nos llegan de los otros significativos: padres, maestros, pares, ambiente.
Los ocultamientos o las mentiras sobre aspectos fundamentales, como el propio origen, pueden tener trágicas consecuencias: tal es el caso que presenta Edipo. Y aun cuando no se llegue a tales extremos, queda la persona como andando entre sombras, desorientada y a tientas, intuyendo oscuramente que algo esencial le está siendo negado.
A partir de seleccionar sucesos con una secuencia temporal, constituidos como una unidad de significado, es decir, mediante la capacidad de narrar y narrarse, se descubre la identidad y se adquiere experiencia.
Esto vale para las personas y para las sociedades y los pueblos, por eso se dice que la Historia es “maestra de vida”.
La Historia es uno de los elementos constitutivos del alma de una nación. Si se la intenta perder, oscurecer, ese pueblo se hará incapaz de lograr su destino. Tal ha sido, por ejemplo, el objetivo de la política de la Historia llevada adelante por quienes construyeron la historiografía de nuestros pueblos hispanoamericanos. Esa política ha sido efectiva, generando desconcierto y desorientación. Al respecto afirma Arturo Jauretche (1959: 6) que la deformación de nuestra historia ha tenido como finalidad impedir que la historia verdadera contribuya a la formación de una conciencia histórica nacional.
El relato histórico aporta, pues, elementos para:
1- descubrir la identidad, por la memoria;
2- regir la conducta, por la experiencia; y
3- elaborar la propia cosmovisión, es decir, poseer claves que permitan una captación complexiva y valoral de la realidad.
De la importancia de la historia, en lo personal, social y político, deviene el interés por deformarla, alterarla y falsificarla.

2. LA HISTORIA COMO ACONTECER.
Es lo que de hecho ha pasado. Hemos de considerar que:
- Tuvo un comienzo y tendrá un final: se inicia con la aparición del hombre sobre la tierra, y terminará un día;
- Tanto su inicio como su final y sentido son misteriosos para nosotros, pues exceden las posibilidades de nuestro conocimiento;
- Sólo la Teología, a partir de la Fe revelada, da una respuesta a estas cuestiones del comienzo, el final y el sentido de la Historia. El comienzo lo explica por la Creación y el final por la Parusía. Muestra que el sentido es la gloria de Dios y de sus santos. Aporta una explicación sobre la tensión y lucha que en ella se despliegan, como simboliza San Agustín a través de su tesis sobre las Dos Ciudades. Por revelación sabemos que en la Historia intervienen e interactúan las voluntades de los seres libres: Dios, los ángeles y los hombres.
- Al proceder  la Historia de un entretejido de decisiones libres, sus hechos y las consecuencias que de ellos devienen, son contingentes, y por ello es impredecible.
Falsificaciones o errores sobre la Historia como acontecer ha habido siempre, pero hoy priman los siguientes:
- Evolucionismo histórico: con similar inspiración que el Evolucionismo biológico, ambos hijos del optimismo racionalista. Sostiene que cada época será inexorablemente mejor que la anterior, por un avance inmanente de la Historia misma. Todos los evolucionismos, incluso el biológico, son meras hipótesis cada vez más descalificadas en el mundo científico serio, y en realidad son sostenidas por motivos ideológicos.
- Materialismo histórico: explica la Historia por un proceso dialéctico, que consiste en la lucha de clases por motivos económicos o de poder. Es el marxismo clásico, que para probar su tesis, provoca esa lucha: proletarios vs capitalistas, imperialismo vs antiimperialismo, mujeres vs varones, homosexuales vs heterosexuales, retrógrados vs progresistas, etc…
- Historicismo inmanentista: todo queda dentro de la Historia; no hay posibilidad de trascendencia. Es un inmanentismo absoluto. Comenta el P. Sáenz explicando la ideología de Gramsci: “Historicismo absoluto significa que no se puede admitir nada eterno, nada extrahistórico, nada suprahistórico; historicismo absoluto, pues, todo dentro de la historia” (Sáenz, 1988: 15). No hay más allá, no hay nada más alto que el mismo hombre, y en este sentido es un humanismo absoluto. La sociedad de consumo formada por ateos prácticos responde a este esquema.


3. LA HISTORIA COMO RELATO.
El relato histórico depende de la conservación de las tradiciones, los documentos y los monumentos; básicamente de la escritura. Es la causa por la cual no todos los pueblos entran simultáneamente en la historia científica.
En relación con la existencia de esos elementos de prueba tenemos una primera gran división: Prehistoria e Historia.
Veamos sucintamente los principales errores y falsificaciones que se generan en este campo:
- Hipótesis evolucionista sobre la aparición del hombre en la tierra: el objetivo es negar la noción de Creación, el origen divino del hombre… para ello se inventa un llamado “proceso de hominización”, como si al ser de a poco, lentamente, se facilitara asumir el salto ontológico que se da del animal irracional al racional. Se fantasea sobre un “eslabón perdido” y hasta sobre “la vida cotidiana del hombre de las cavernas”. Sobre lo ridículo de esta hipótesis ironiza con altura Chesterton (1987: 21-63).
- Deformaciones y mentiras en torno a la Historia Sagrada, especialmente sobre la figura de Cristo. Después de que los racionalistas negaron su historicidad, y dado que la investigación seria echó por tierra sus teorías, se dedican a adjudicarle amantes, a decir que no murió en la Cruz sino en otro lado, que jamás resucitó y que su tumba está a punto de ser hallada… 
- Negación implícita de la Antigüedad clásica y las Edades Cristianas: todo parece comenzar en la Modernidad, sea la ciencia, la educación, el derecho, la psicología, la tecnología…
- Desprestigio sistemático de la Cultura Cristiana, particularmente de la Cristiandad tal como se concretó entre los siglos V y XV:
·         Llamarla sin nombre propio: “media” no alude a su esencia teocéntrica ni a sus peculiares características de ordenamiento jerárquico;
·         Uso despectivo del calificativo “medieval”;
·         Deformación informativa y juicio acientífico, sin comprensión histórica -por tanto, injusto- de hechos e instituciones, como las Cruzadas o la Inquisición;
·         Ignorar su grandeza, ocultándola o pasándola por alto, silenciando a sus personajes y realizaciones, con lo que se hace un paréntesis de ¡diez siglos! Son prácticamente desconocidos los reyes santos, los genios que produjo, los avances científicos, humanitarios y tecnológicos.
·         Tampoco se le suele atribuir el mérito de haber desterrado o reducido la esclavitud, de haber sentado las bases del matrimonio permanente, del respeto y consideración por la mujer, de la conciencia de la dignidad de toda persona humana; de haber creado instituciones como las universidades y los hospitales, de haber humanizado la guerra; de haber salvado todo lo grande, verdadero, hermoso de la cultura clásica; de que muchas ciudades se formaron en torno a los monasterios. Consultar: Belloc, Hilaire: La crisis de nuestra civilización, El estado servil, Europa y la Fe; Sáenz, A.: La cristiandad y su cosmovisión; otros historiadores, como Woods, Cohen, Dawson, Walsh, etc.
- Elaboración de diversas leyendas negras, por ejemplo, en nuestra Historia patria:
·      La leyenda negra de la colonización. Este relato pretende que la intención de España ante América fue la explotación de sus recursos humanos y naturales, llegando hasta el genocidio de las tribus indígenas –los verdaderos dueños de estas tierras- despojadas y exterminadas por los conquistadores. Es interesante consultar: Iraburu: Hechos de los apóstoles de América; Sierra, V: Así se hizo América, o El sentido misional de la conquista de América; Caponetto, A.: Hispanidad y leyendas negras, otros autores como Ramiro de Maetzú, Cayetano Bruno, etc.
·      La leyenda negra de la época de la emancipación, que se sintetiza en la frase sarmientina “civilización o barbarie”. Es la de los gauchos malditos, los caudillos federales, los que se oponían al liberalismo, a las ideas de la Revolución Francesa, a la herejía protestante…
·      La leyenda negra sobre la guerra antisubversiva y la liberación y batalla de las Malvinas. Es la exaltación de la guerrilla subversiva y la negación de que hubo una guerra interna con apoyo del exterior, sosteniendo que nuestras FFAA asesinaron a jóvenes idealistas, y concluyeron el genocidio emprendido al llevar a nuestros chicos a una guerra sin sentido…
- Idealización de las culturas paganas, como si fueran el prototipo del humanismo, del espíritu de paz, de la ecología…
- Silencio sobre los terribles genocidios practicados sobre pueblos cristianos: las matanzas en masa de las Revolución Francesa y de la Bolchevique, de armenios por los turcos, de ucranianos por los rusos…
- Silencio sobre los mártires cristianos del último siglo: los de la Guerra cristera en Méjico, del régimen comunista en la URSS y en China, de la guerra civil española, de los campos de concentración de los nazis, de los perpetrados por los musulmanes…

4. ORIGEN DE LAS FALSIFICACIONES.
En principio ocurrieron por el odio que los racionalistas y enciclopedistas alentaron contra la Iglesia. En general, eran masones juramentados. Su política, llamada liberal, se dedicó a imponer a lo largo del S XIX, las ideas de la Revolución Francesa y a comenzar esta política de la historia según el lema de Voltaire: “Mentid, mentid, que algo quedará”. Destruyeron cuanto pudieron los testimonios de la Historia cristiana. Usaron la escuela pública y la enseñanza obligatoria como instrumento del cambio de mentalidad que pretendían. Sustituyeron los símbolos y emblemas, cargándolos de contenido revolucionario. Alteraron la toponimia poniendo los mismos nombres hasta el hartazgo, de modo que sólo sus próceres sean conocidos y honrados. Tenemos un ejemplo en las calles y plazas de las ciudades y pueblos de nuestra tierra: “Sarmiento, Mitre, Rivadavia, Moreno, Castelli…”
Hoy asistimos a la puesta en práctica de las ideas de Gramsci. Se trata de llevar el inmanentismo hasta las últimas consecuencias. Para lograrlo deben verificarse dos momentos (Sáenz, A. 1988: 36 y ss):
- el crítico o deconstructivo, de juicio, penetración cultural, permeación de ideas, destrucción. El objetivo es despojar a la clase dominante y sus instituciones (Iglesia, ejército, profesores, etc.) de su prestigio espiritual, desmitificar su cosmovisión mediante la crítica continua y corrosiva: denuncia, burla, ridículo.
-  el constructivo, que consiste en sustituir las viejas ideas creando sentido común, término que no representa ya al sentido interno orientado al conocimiento, ni a esa especie de sensatez para el gobierno de los actos. Es “lo que todos piensan”. Es creado artificialmente, a través del lenguaje y las ideas que se difunden y repiten. Esto es lo que va haciendo, construyendo, el sentido común gramsciano. Repetir y repetir, como método didáctico y lavaje de cerebro. Ofrecer metas tangibles, sensibles y terrenales, tal cual ocurre en nuestras sociedades de consumo.
Los responsables de hacer llegar la cosmovisión materialista hasta las últimas rendijas del sentir popular son los “trabajadores de las ideas y de la educación”, es decir, los intelectuales, los docentes, los artistas y los periodistas.

5. LOS MEDIOS DE QUE SE VALEN.
Las falsificaciones históricas y los errores señalados constituyen ya parte de una hegemonía intelectual y doctrinal, universalizada por la globalización, en la que prácticamente no caben otras voces. El modo de difusión se verifica a través de:
-  La enseñanza sistemática o escolar general, sus regulaciones estatales y la mayoría de sus textos;
- La manipulación constante del lenguaje, mediante la puesta en uso de un nuevo vocabulario, en el que podemos destacar:
§  a) palabras-fetiche, santas, intocables, que no admiten discusión  y transitan de un campo a otro. Ejemplos: democracia, moderno, autonomía, libertad, derecho, construir…, todas ellas expresan en el fondo la pretensión de una voluntad que no admite ningún tipo de límites.
§  b) palabras malditas, que descalifican automáticamente, como: patriarcal, medieval, burgués, de derecha, cerrado… , siempre que hay referencia a algún intento de orden, de defensa de una jerarquía o tradición.
- La literatura de divulgación, orquestada por el negocio o el emporio editorial; en particular el alza que viene teniendo el subgénero llamado novela histórica, de las que también hay muy buenas, aunque no son mayoría.
- Los MMC, en particular la TV y el cine. Hay series y miniseries que pintan momentos históricos  desfigurándolos; canales didácticos, en rigor pseudoculturales, que a toda hora muestran las sorprendentes filmaciones acerca de cómo evolucionaron el hombre y los demás animales, o las aberraciones que ocurrían en el período oscurantista medieval. Otro rubro lo constituyen las revistas pseudocientíficas que “revelan” cantidad de misterios de la historia.

6. QUÉ HACER.
Lo primero es estar alertados sobre esta situación, que infecta no sólo la conciencia histórica de las personas, sino todos los ámbitos de la cultura. Debemos comprender cuánto nos afecta y que compromete nuestro futuro como pueblos y como humanidad.
En la medida de lo posible, hemos de evitar ser consumidores de la Historia-basura en cualquiera de sus manifestaciones, ya pseudocientíficas, ya de entretenimiento.
Lo mejor y más importante es estudiar, investigar, profundizar en los temas. Hay que buscar con ardor, sinceridad, valentía y humildad la verdad, y luego ayudar a difundirla; porque, como enseña Nuestro Señor Jesucristo, sólo la Verdad nos hará libres (Jn 8, 32).


Referencias:
Guardini, Romano (1962) La aceptación de sí mismo. Las edades de la vida. Buenos Aires: Lumen.
Jauretche, Arturo (1959) Política nacional y revisionismo histórico. Buenos Aires: Peña Lillo.
Sáenz, Alfredo (1988) Antonio Gramsci y la Revolución Cultural. Buenos Aires: Corporación de Abogados Católicos.
Chesterton, G. K. (1987) El hombre eterno. Buenos aires: LEA.

Recomendados, entre muchos otros, para empezar:
Belloc, Hilaire (2010) Europa y la Fe. Madrid: El buey mudo. (Existen ediciones múltiples, también argentinas)
Carbia, Rómulo (2000) Historia de la leyenda negra hispanoamericana. Buenos Aires: Nueva Hispanidad.
Meinvielle, Julio (2016) El comunismo en la Revolución Anticristiana. Buenos Aires: Theoria.
Messori, Vittorio (2000) Leyendas negras de la Iglesia. Barcelona: Planeta.

Woods, Thomas (2007) Cómo la Iglesia construyó la civilización occidental. Madrid: Ciudadela.

jueves, 1 de septiembre de 2016

CONTEMPLACIÓN

“Contemplación es, pues, no simplemente una forma de conocer junto a otras. Lo característico suyo no reside solamente en una especialidad del proceso del conocer mismo. Lo que marca y distingue a la contemplación es más bien esto: es un conocer encendido por el amor. Sin el amor no habría contemplación.
La contemplación es un percibir amante. Es visión del amado.”

“Contemplación es un conocer no pensante, sino mirante. No corresponde a la ratio, a la felicidad del pensar silogístico y demostrativo, sino al intellectus, a la potencia de la simple mirada. Mirar es la forma perfecta de conocer sin más ni más. Pues mirar es el conocimiento de aquello que está presente y actual exactamente igual que en el ver sensible.”

“Es opinión de Santo Tomás que con el primer asombro se pisa un camino a cuyo término se encuentra la visio beatifica, la captación, que nos hace felices, de la Última Causa.”


Pieper, J. (1983) El ocio y la vida intelectual. Madrid: Rialp. Pág. 299, 301 y 131.

miércoles, 24 de agosto de 2016

ESCEPTICISMO

"El escepticismo, hablando con propiedad, no es una escuela sino, en lo más profundo, una inclinación del hombre decepcionado, un contagio del espíritu, que se difunde bajo determinadas condiciones morales o políticas. [...] 
Melancolía. Munch
El escepticismo parece pues el fruto, casi inevitable, de un período de decadencia moral y política. El escéptico se aísla de un mundo del cual ya no espera nada, y, como el estoico, sólo cuenta consigo mismo. Pero en lugar de buscar la serenidad en la inteligencia y la aceptación del encadenamiento ineluctable de los acontecimientos, el escéptico emplea su inteligencia en afirmar la impotencia de ésta."


Marcel Clément (1980) La sed de la sabiduría. Rosario: Univ. Nac. de Rosario. pp. 232 y 235.

miércoles, 17 de agosto de 2016

La auténtica "humanitas" en el pensamiento de Jutta Burggraf

La auténtica «humanitas» como camino hacia Dios. Itinerario científico de la Profesora Jutta Burggraf

Por la Dra.  Barbara Schellenberger. (Extracto)
Jutta nació en 1952 en el seno de una familia católica, en la localidad de Hildesheim, en el norte de Alemania, una región de minoría católica. Su padre y su madre eran ambos médicos. Jutta era la segunda de tres hermanas. Su hermana mayor, que lleva a Jutta sólo un año, está enferma desde su nacimiento. En 1960, cuando Jutta tenía ocho años, perdieron a su madre. Su padre se casó en segundas nupcias, también con una médica. Las tres hermanas pronto establecieron una buena relación con su segunda madre. Por motivos profesionales la familia cambió varias veces de domicilio, lo que comportaba el correlativo cambio de colegios para las niñas.
Tras el Bachillerato, se decidió por el estudio de la Pedagogía médica, una materia orientada más hacia la práctica terapéutica que hacia la teoría. Al término de sus estudios Jutta recibió la licencia docente para la enseñanza en escuelas especiales para niños discapacitados corporalmente o con dificultades para el habla.
Itinerario científico
Dra. Jutta Burggraf
Jutta siguió el consejo de realizar el Doctorado en Pedagogía en la Escuela Universitaria de Pedagogía de Renania. Eligió investigar un tema histórico, en el que se abordaba el fundamento de la acción pedagógica terapéutica: «Elementos de un programa moderno de pedagogía terapéutica en las obras de Hildegarda de Bingen y en Juan Luis Vives, como representantes de la Edad Media y del Renacimiento».
En la Introducción, Jutta dirige su atención, nos dice, a «las dimensiones éticas y antropológicas de la Pedagogía terapéutica» 2. En efecto, en cuanto ciencia de la educación de personas que se encuentran en difíciles condiciones individuales, o en condiciones de sufrimiento y en fases de aguda necesidad, la Pedagogía terapéutica, más que otras líneas de investigación, está condicionada por las orientaciones vitales y por los valores últimos del ser humano. Se trata de la convicción acerca del valor de la vida humana y de la asunción del dolor mediante la búsqueda de su sentido intrínseco. En el ser humano, afirmará Jutta Burggraf, «ser y sentido, realidad y valor» no pueden separarse entre sí. Y llega a esta consecuencia: las cuestiones relativas al objetivo educacional de la Pedagogía terapéutica «se enraízan en fundamentos extra-pedagógicos».
Con ello no se alude a una mera cuestión teórica, sino a los concretos destinos humanos como, por ejemplo, dice, a «la situación de un niño con parálisis cerebral, que apenas es capaz de un movimiento intencional, y que depende de manera permanente del cuidado que le proporcione su entorno. O piénsese en el niño con síndrome de Down, que a causa de sus deficientes capacidades intelectuales parece más una carga que una utilidad; o bien en un niño psicótico que, rodeado de su oscuridad espiritual, lleva una vida aislada de las demás personas».

A la vista de tales casos, Jutta Burggraf planteaba los siguientes interrogantes:
«1. ¿Sigue mereciendo vivirse la existencia humana?
2. ¿Hay un sentido para el sufrimiento que se produce en esas situaciones límite?
3. ¿Cómo pueden ser ayudadas tales personas cuando se han agotado todos los recursos médicos?».

Jutta nos ofrecía también tres respuestas en su investigación doctoral:
«1. El valor determinante de toda vida humana es independiente de las condiciones externas.
2. El sentido último del sufrimiento experimentado por la persona se encuentra oculto en la Transcendencia.
3. La persona portadora del dolor puede ser ayudada desde el punto de vista anímico y espiritual mediante una orientación hacia la búsqueda de sentido».
La auténtica «humanitas» en la obra sobre Teresa de Ávila
La prestigiosa editorial Ferdinand Schöningh editó la obra en 1996, con el título: Teresa von Avila. Humanität und Glaubensleben [Teresa de Ávila. Humanidad y vida de fe].
Como su disertación doctoral en Pedagogía, también este trabajo está atravesado por la pregunta por el ser humano, y más exactamente por la «humanidad» del ser humano. Su objetivo se ilustra con unas palabras de la poetisa Gertrud von Le Fort, que Jutta sitúa al inicio de su investigación: la «verdadera humanidad» es «la única prueba de la existencia de Dios» que todavía está dispuesta a aceptar gran parte de la sociedad occidental industrializada de nuestro mundo.
De una parte, la expresión «verdadera humanidad» alude a la idea de «humanitas» ya conocida en la antigüedad; de otra parte, se refiere a la noción cristiana que, en última instancia, descubre la «verdadera humanidad» en el amor a Dios y en el amor al prójimo. El ser humano es imagen de Dios. Por tanto, la «humanitas» cristiana encuentra su punto de referencia en el Hijo de Dios hecho hombre. En esta «humanitas» del Señor participa todo ser humano que ha sido incorporado a Cristo mediante la gracia. Cuanto más el hombre se dirige hacia Dios, tanto más alcanzará una cierta perfección de su naturaleza, es decir, la «humanitas». Esto sucede según un proceso que dura la vida entera, y que normalmente no discurre de manera lineal, sino que en diferentes modos está acompañado de esfuerzos y de resignación, de peligros y de retrocesos; está marcado por la experiencia de la ayuda divina, por la contrición y por la conversión; un proceso que se dirige hacia una plenitud que se alcanza de manera definitiva sólo en la vida del más allá. Al término de su trabajo, Jutta Burggraf concluía: no hay auténtica humanidad sin encuentro con Dios y sin la superación de las inclinaciones inferiores desordenadas del ser humano.
La imagen de Dios resplandece de manera especialmente clara en los santos. El amor del que Teresa da testimonio no sólo se dirige a los hombres, sino que ante todo se dirige a Dios. El ejemplo de esta santa, nos dice la Profesora Burggraf, ilustra «que el proceso de santificación acontece en un mismo y único proceso de humanización... Cuanto más hondamente el hombre realiza su condición humana, más se acerca a Dios».
Testimonio vital
El tema de la «auténtica humanidad», su interés por el hombre, atravesaba como un hilo rojo el trabajo científico de Jutta, pero también su propia vida. Quizá a causa de su experiencia en la propia familia e influida por sus estudios pedagógicos, tuvo siempre un gran corazón para los débiles, para todos aquellos desfavorecidos en cualquier modo. Por naturaleza era una pedagoga con talento.
Sus reflexiones sobre la auténtica humanidad abarcaban el dolor, el perdón y, no en último lugar, la libertad.
«La aventura de la filiación divina es comparable a un viaje sin fin. Conduce a un océano cuya otra orilla sólo puede ser presentida. El cristiano ya respira la brisa que viene de mar adentro... Su mirada alcanza el lejano horizonte ‘donde se unen el cielo y la tierra’. Pero todavía está anclado el barco que le llevará. Todavía no es capaz de reconocer lo que está oculto ‘detrás’ de ese horizonte. Pero un día se alzará el ancla. Entonces el cristiano emprenderá el viaje a un mundo todavía más bello en el que le recibirá lleno de alegría Aquel que desde siempre era su Padre –y que siempre quiso lo mejor para él–. Y podrá experimentar definitivamente el insondable misterio del amor de Dios por los hombres en toda su ‘longitud y anchura, altura y profundidad’ (Ef 3, 18)».

viernes, 12 de agosto de 2016

Maestros ejemplares

 Beata y mártir Victoria Díez: ¡maestra en la vida y con su muerte!
En una de las cartas que Victoria dirigió a Josefa Segovia, directora de la Institución Teresiana, le dijo: «Recuerdo ahora esta frase de santa Teresa: hay que ser santamente intrépidas. Si una maestra de la Institución Teresiana no es santamente intrépida, ¿dónde estará, pues, nuestro teresianismo? Me parece que con sustos y encogimientos no podemos llamarnos hijas de santa Teresa, que según frase suya tenía recio corazón». Plasmó estos hondos sentimientos ocho años antes de derramar su sangre por Cristo. Traslucen la integridad y coherencia de un alma noble y delicada, llamada a ser una de las glorias de esta Institución fundada por Pedro Poveda. Juan Pablo II la elevó a los altares junto a Poveda el 10 de octubre de 1993. Dejaba entrelazadas dos grandes almas ya vinculadas por el incomparable lazo de la caridad que conduce a Cristo a través de un mismo carisma; dos eslabones de una santa cadena en la que paternidad y filiación quedaban enmarcadas también por esta vía para siempre.
Victoria llevaba en la sangre la alegría y el salero de Sevilla, donde nació el 11 de noviembre de 1903, y también la bravura y fortaleza que caracteriza a una persona espiritual. Con notable aprovechamiento cursó estudios con las carmelitas de la caridad, en la prestigiosa escuela Carmen Benítez, y aprendió a dominar las técnicas pictóricas en la Escuela de Bellas Artes. Acogió de buen grado la sugerencia paterna de realizar magisterio pensando en un futuro estable profesional y económico para ella, y aprobó las oposiciones. Entre tanto, su espíritu abierto a Dios desde que hizo la primera comunión halló el cauce al que providencialmente estaba destinada. Éste no era otro que la Institución Teresiana en la que se integró en 1926 después de acudir a una conferencia sobre la santa de Ávila.
Creativa, audaz, con grandes dotes para la pedagogía, inició su andadura en un pueblecito extremeño, Cheles, Badajoz. Durante el curso de 1927 a 1928 hizo de la escuela un espacio enriquecedor para los alumnos que vieron satisfactoriamente prolongado su horario escolar con actividades complementarias que ella introdujo: cantos, costura, excursiones campestres… Su segundo y último destino fue Hornachuelos, Córdoba, donde recaló en el estío de 1928 con 25 años y un sinfín de proyectos. La parroquia y la escuela fueron receptores de sus desvelos. Impulsó la catequesis infantil, las Hijas de María, la Acción Católica y dio nuevo empuje a la Asociación Misionera de la Santa infancia reorganizándola. Bullía en ella un intenso afán apostólico: «¡Cuánto desearía yo hacer por las misiones! Ése fue el principio de mi vocación, y créame que si alguna vez me fuera posible trabajar más de cerca en ellas, con todo mi corazón lo haría».
Respecto a la escuela, que ayudó a reedificar, no fue la misma con su presencia. Implantó experiencias añadiendo a las excursiones, clases de gimnasia, pintura… No se olvidó de las mujeres, a las que llevó la cultura en cursos nocturnos. Puso en marcha una biblioteca y favoreció cuanto pudo a las familias sin recursos; era una persona generosa. Fue designada Presidenta del Consejo Local del Pueblo. En medio de la bonanza, un bramido de furia comenzó a desatarse con la prohibición de impartir catequesis, la retirada de los crucifijos en el aula… Trató de conciliar la situación con paciencia y caridad, sin contemporizar con imposiciones que contravenían sus hondas convicciones espirituales. Lo tenía claro: «Si es necesario dar la vida para identificarse con Cristo, nuestro divino modelo, desde hoy dejo de existir para el mundo, porque mi vida es Cristo y morir ganancia». En 1934 partidarios de la Segunda República incendiaron la iglesia. De lo más hondo de su ser brotaba su valerosa ofrenda a Dios: «¡Pídeme precio!». La muerte planeaba sobre su cabeza, pero ella sabía que nadie puede destruir el alma. Siguió acudiendo a misa, escuchando la invitación al perdón y la paz del párroco, en medio de un ambiente amenazador.
Pudo haberse ido de Hornachuelos, pero eligió seguir junto a la gente que tanto amaba. Con su domicilio sitiado tomó la comunión el 19 de julio de 1936. Al día siguiente los milicianos arrestaron al párroco. El 11 de agosto fueron por ella. Esa madrugada esposada junto a 17 varones recorrió 12 km. a pie hasta una mina. Por el camino les alentaba: «¡Ánimo, daos prisa! Nos espera el premio… Veo el cielo abierto». Sus atribulados ojos los vieron caer uno a uno. Ella fue la última, pero tanto horror no venció a la fe. Hincada de rodillas, con una imagen de María en sus manos, confesó: «Digo lo que siento. ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva mi Madre!». En la cuneta quedó su cuerpo inerte el 12 de agosto de 1936. Campanas de gloria dibujadas en el aire tañían por ella.

 Fuente: Extractado de ZENIT – Madrid, 11/8/2016