domingo, 10 de julio de 2016

Cuento de vacaciones

El espejo



-¡Mamá! ¡Mamá!... ¿me puedes leer esto? – pidió el niño cuyo cuerpecito sobresalía apenas de una montaña de papeles, cuadernos, lápices y libros desparramados sobre la mesa del comedor.
-Mmm ... a ver... “di agli daccling”, -leyó la madre, distraídamente.
-¿Qué quería decir?- volvió a pedir el niño, - ¡me olvidé!
-¿Cómo te olvidaste? ¡Si hace tan poco que lo leímos!
- Espera... ¡ya sé! “El patito feo” -¡Muy bien! ¿Y recuerdas también la historia?
- Sí. “Había una vez un huevito...”
Ana se perdió en los ojos de su hijo. No podía borrar de su mente aquellas palabras del médico: -Señora, lamentablemente los análisis nos hacen pensar en una malformación genética. Esto es doloroso, pero tengo el deber de advertirla. -¿Qué me quiere decir? ¿Qué tiene mi bebé?- las preguntas le brotaron trémulas. -Tenemos que hacer más estudios para definir eso, por ahora lo único que sabemos es que no es normal... Yo le sugeriría... -¿Qué? –disparó sobresaltada. -Que vuelva otro día con su esposo y charlemos más tranquilos. -No, no me quedo tranquila. -Siempre hay alternativas –su voz sonaba conciliadora. -¿En qué piensa, doctor?- preguntó ella con los ojos ensombrecidos como intuyendo la respuesta.
-“....y la señora pata, aunque este huevo era tan grande, le dio su calor, como a los demás, y pronto comenzaron a salir uno por uno, los patitos... pero el del huevo grande no salía, y la mamá lo abrigó un tiempo más, y salió un patito...”
-Por de pronto podemos suspender el proceso. -¿Me habla de interrumpir el embarazo?  -Usted tiene idea de lo que es traer a este mundo un niño con alguna malformación? Por si aún no cayó en cuenta, significa dolor, mucho dolor; trabajo, mucho trabajo y dedicación personal, gastos extraordinarios... No todos lo soportan... ¿Está dispuesta a eso?
-“... el patito era muy feo, era distinto a todos los demás, nadie lo quería...”
-Voy a conversarlo con mi marido, esto es muy duro. -A veces una decisión rápida ahorra muchos dolores de cabeza...
-“... y todos querían picotearlo, entonces el patito se escapó.”
Ana puso instintivamente la mano sobre la curva suave de su vientre. Recordaba aquella sensación en la que se le mezclaban la angustia y la esperanza, la impotencia y la rebeldía, como si fuera hoy. Sin embargo, habían pasado ocho años desde aquel momento.
Tomasito la miró: -¿Te duele la panza, mami?
-No, amor, me dolía un poquito el corazón, pero ya pasó. ¿Cómo seguía el cuento?
-“Y llegó el invierno, y el patito casi se queda atrapado en las aguas heladas, pero pataleó,  pataleó...”
Ana miró las piernitas inertes su hijito, y por su mente cruzó la próxima operación a que sería sometido. La segunda en su corta vida. Y que significaba una nueva esperanza de acceder a cierta movilidad. -Si se nos presenta la ocasión de evitar un sufrimiento,... -insistía el médico- hacemos lo que podemos.  Justo por esos días Ana había ido a ver esa película francesa, casi por casualidad. No recordaba bien el título, tal vez era algo así como “La fuerza del corazón”. La protagonista estaba embarazada y al habérsele declarado un cáncer, le plantean la opción entre su vida y la del hijo. Se había quedado con una frase martillándole la cabeza: “Ningún doctor me va a abrir las piernas para sacarme a mi bebé y arrojarlo a la basura”. En el film la madre lucha, se arriesga, continúa peleándole y finalmente ganándole a la muerte.
- Podemos tener otros niños, - le había dicho José. -Ya sé, querido, pero éste es mi bebé, y lo quiero defender. -Tú eres la madre, haremos lo que creas mejor. -Tengo miedo, José – y se abrazaron llorando.
-“De pronto, el patito dio un respingo, porque un tremendo perro lo miraba. Pero el perro se dio media vuelta sin tocarlo. Así fueron pasando los largos meses del invierno...”
-A todos nos asusta el dolor, pero el único modo de hacerlo desaparecer, sería suprimir toda vida ¿no cree? -le dijo sonriente el pediatra- Es un bonito niño, y el problema que tiene, si está de acuerdo, vamos a enfrentarlo juntos.
-¿Tú piensas que el patito era feo? –se interrumpió el niño en el relato, mirándola muy fijo, y quedó pendiente de la respuesta. Ana lo miró a su vez a los ojos, esos ojos profundos y tiernos que parecían estar siempre interrogándola sin palabras sobre sus imposibilidades y sufrimientos. -No, mi amor, creo que era muy hermoso, pero nadie se había dado cuenta, ni él...
- Claro, así pasó el invierno, con muchas aventuras –respondió aliviado.
-¿Sabes qué pienso, también? Que era muy valiente, que fue haciéndose muy fuerte con todo lo que le pasó – añadió la madre.
Ella también había tenido que hacerse fuerte, sobre todo después de la separación. Dicen que el padre suele sufrir la presencia del hijo como la de un intruso que le impone postergación. José era algo inmaduro, parecía amarla con pasión, se había aferrado tanto a ella, y fue como si no soportara compartirla con ese niño especialmente necesitado de cuidados. Se fue alejando, primero con excusas, hasta que un día Ana supo que en su fuga del dolor buscaba otros consuelos. Tuvo que hacerse dura para decirle: - Comprendo que quieras huir. Yo también a veces lo haría. Pero aquí estoy. Supongo que no es mérito mío. Hay algo superior a mí que me sostiene. Está claro que tu amor no alcanza para sobrellevar esto. Vete, es mejor para los tres.

-“Y pasaron los días y al llegar la primavera se puso más tibio el aire y hubo más luz en los campos... Entonces fue cuando sucedió algo maravilloso: el patito vio a los hermosos cisnes en el estanque...”
¿Qué es la belleza?, ¿qué hace bellos a los seres?, ¿qué clase de anteojos necesitaremos para llegar a ver lo que hay en cada uno?, ¿por qué el que ama encuentra siempre bello al amado?, ¿por qué saberse amado pone un esplendor que irradia por todos los poros?, se preguntaba interiormente Ana.
-“... y se dio cuenta que él también era un hermoso cisne!” -Tomás selló la frase con una sonrisa triunfal que como una onda pasó al rostro de su madre y se quedó allí.
Estaba orgullosa de su hijo. Ambos, como el patito del cuento, estaban recorriendo su “camino del héroe”. Con tropiezos, con muchas dificultades y bastante miedo, pero sin dejar de luchar.
Se le hizo presente la figura de Andersen. Había estudiado algo de su vida en aquellas clases de Literatura Nórdica. Los comentaristas planteaban que él mismo era el protagonista del cuento, ya que por su figura desgarbada y las rarezas de su trato había sido durante su infancia y juventud el blanco de muchas burlas y desprecios. Ana sintió que la parábola era más amplia, que desde algún lugar también la comprendía a ella, y por qué no, nos abarcaba a todos. Y con voz casi inaudible, susurró: -Donde quiera que estés,... gracias.
- ¿Qué dijiste, mami?
- Que me gustó mucho tu cuento.
Tal vez ellos no lo advirtieron, pero el vuelo potente de una bandada de cisnes cruzó en ese momento por el cielo de sus almas.


E. I.
***

sábado, 9 de julio de 2016

La Patria

Amar la patria es el amor primero
y es el postrero amor después de Dios;
y si es crucificado y verdadero,
ya son un solo amor, ya no son dos.

Amar la patria hasta jugarse entero, 
del puro patrio Bien Común en pos, 
y afrontar marejada y viento fiero; 
eso se inscribe al crédito de Dios.

Dios el que no se ve, Dios insondable;
de todo lo que es Bien, oscuro abismo,
sólo visible por oscura Fe.

No puede amar, por mucho que d'Él hable
del fondo de su gélido egoísmo,
quien no es capaz de amar ni lo que ve.

Paul Verlaine, en versión del P. L. Castellani


Bandera del Inst. "Alfredo Bufano". Foto: Gentileza de José M. Pérez

jueves, 7 de julio de 2016

Nos habla una vieja foto


¡Qué elocuencia hay en la imagen!
Un grupo de niños rodeando al maestro... varias expresiones en sus rostros: alegría, curiosidad, deseo de autonomía, reflexión,... hay uno, el más pequeño, que tiene su mano puesta en la de él, firmemente apoyada sobre esa rodilla que se ha hecho paterna. El niño mira hacia abajo, está triste aún, o pidiendo silenciosamente más consuelo. Algo pasó que lo ha dejado compungido. Pero también hay alguien que lo protege, y lo hace al modo varonil, con firmeza, con la vista hacia adelante, transmitiéndole seguridad en el afectuoso y austero apretón de su manita.
¿Qué habrá sido tener a Marechal como maestro?
¿Qué serían sus clases, sus lecturas en voz alta, sus diálogos, sus miradas?
Él, que escribió :

“Señor –le dije-, clavo la rodilla y la frente,
pero, ¿cómo salir de la noche doliente?”
 Y respondió: "En su noche toda mañana estriba:
de todo laberinto se sale por arriba
si el alto Amor lo quiere". Pero la Ciencia dijo:
"En horas de tiniebla no te apresures, hijo.”

Esa sabiduría y esa templanza, estaban ya dibujadas en la mano que sostiene, que da cariño, apoyo y aliento.


Escuela "Juan B. Peña" en Trelles al 900, Buenos Aires

martes, 5 de julio de 2016

¿Qué pido a los educadores?... Habla Saint-Exupéry


Saint-Exupéry
Por eso hice venir a los educadores y les dije:
-No estáis encargados de matar al hombre en los pequeños, ni de transformarlos en hormigas para la vida en el hormiguero. Porque poco me importa que el hombre esté más o menos colmado. Lo que me importa es que sea más o menos hombre. No pregunto primero si el hombre será o no feliz, sino qué hombre será feliz. Y poco me importa la opulencia de los sedentarios saciados, como el ganado en el establo. 
No los colmaréis de fórmulas vacías; sino de imágenes cargadas de estructuras.
No los llenaréis de conocimientos muertos; sino que les forjaréis un estilo para que puedan asir.

No juzgaréis de sus aptitudes por su aparente facilidad en tal o cual sentido. Porque quien va más lejos y logra mayor éxito es el que más ha trabajado en contra de sí mismo. En primer lugar, pues, tendréis en cuenta el amor. 


Fuente: Antoine de Saint-Exupéry (1966) Ciudadela. Buenos Aires: Goncourt. Cap. XXV, p. 90.

viernes, 1 de julio de 2016

La Palabra Virginal y la Palabra Prostituida

lunes, 27 de junio de 2016

¿Qué prueba la IDEOLOGÍA DE GÉNERO?


La ideología de género se basa en la facultad humana de la libertad, que no tiene origen genético.
No deja de sorprenderme la enorme capacidad de los modernos progresistas para desarrollar tesis absolutamente contradictorias. No usan la mentira –“ese prejuicio pequeñoburgués”, según el camarada Lenin- con tanto descaro como los comunistas o los liberales, pero se contradicen a cada paso.
Sí, también como los liberales: es lo que tiene ser nietos de la modernidad y no haber digerido que la Ilustración es una hija revolucionaria del Cristianismo, cosa que entienden los tipos inteligentes como Vattimo, por poner el ejemplo de un comunista que vuelve a casa, aunque sea débilmente.
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Los modernos progresistas han creado un engendro monstruoso que llaman “ideología de género” y que, en resumen, consiste en decir que el sexo se elige, que es algo cultural y que, bueno, uno es lo que le parece bien ser o no ser. Es decir, que el sexo no es natural. O lo que es lo mismo: en la naturaleza mando yo.
Sigamos. Por otra parte, estos mismos progresistas e ideólogos de género no dejan de clamar en contra del calentamiento global, y a favor de cualquier cosa que tenga relación con la naturaleza y la ecología. Es decir, que lo natural es lo prioritario y todos debemos obedecer a la naturaleza y no estropearla.
Por supuesto, les pone mucho Darwin y la teoría de la evolución, salvar monos y ballenas, y proteger a los galgos abandonados. Del tema de los niños asesinados antes de nacer, prefieren no hablar: se los cargan como “conjunto de células” y ya.
Sin embargo, un chimpancé es un conjunto de células y el ser humano, que dicen que desciende del chimpancé, también es un conjunto de células. Imagino que el niño de pocas semanas es un conjunto de células no humanas. Iba a decir “células de animal” pero entonces, seguro, los progres modernos clamarían en su defensa. De las células, digo.
Bien, pues ahora díganle ustedes al chimpancé macho que en realidad es un chimpancé hembra. Mejor: díganle que elija él mismo lo que desea ser. Naturalmente, el chimpancé no entenderá nada y, si llegase a comprender algo, se miraría el miembro viril y retornaría su estupor: ¿Una hembra, yo?
El problema es que el chimpancé no tiene conciencia de sí mismo. No tiene conciencia de sí mismo como elemento separado de la naturaleza. No puede alejarse de sus percepciones. Y por lo tanto no puede decidir libremente. Un chimpancé macho no puede elegir ser un chimpancé hembra.
Un hombre, un ser humano, puede pensar en que le gustaría ser mujer, como puede pensar en una jarra de cerveza o en la Teoría de la Relatividad. O puede pensar en ser hermafrodita, o chimpancé, o Batman. Y puede pensar porque un elemento no material se ha colado entre sus neuronas: la libertad. Que la libertad radique en algún neurotransmisor es poco probable porque la vida humana, en lo que tiene de más humana, no es “modelizable”. No es replicable. No es “clonable”.

Y así, la capacidad de elección y la libertad que reclaman los ideólogos de género solo tiene un fundamento espiritual que sitúa al hombre por encima de las abejas, de las morsas y de las jirafas, las cuales, como se ha dicho, no pueden elegir si cambian de sexo o no. Sonaría muy raro “jirafo”, “morso” o “abejo”. (Abejorro suena mejor, pero es tan hispánico en sus “erres” y en sus “jotas” que a los liberales y a los modernos igual les daba un ataque agudo de corrección política y se tiraban a un pozo).
Y así, en fin, la ideología de género está defendiendo de una manera radical la superioridad de la raza humana.
La extraordinaria superioridad de la raza humana sobre cualquier otra clase de seres vivos. Y sobre la naturaleza.
Una superioridad que lleva al ser humano a la condición de divinidad que decide sobre el ser y la nada, sobre el bien y el mal, sobre la vida y la muerte.
La ideología de género demuestra irrefutablemente que Dios existe.
Y que el hombre ha ocupado Su puesto.



Fuente: Actuall, 23/05/2016

jueves, 23 de junio de 2016

De Borges íntimo

EL ÁNGEL


Que el hombre no sea indigno del Ángel
cuya espada lo guarda
desde que lo engendró aquel Amor
que mueve el sol y las estrellas
hasta el Último Día en que retumbe
el trueno en la trompeta.
Que no lo arrastre a rojos lupanares
ni a los palacios que erigió la soberbia
ni a las tabernas insensatas.
Que no se rebaje a la súplica
ni al oprobio del llanto
ni a la fabulosa esperanza
ni a las pequeñas magias del miedo
ni al simulacro del histrión;
el Otro lo mira.
Que recuerde que nunca estará solo.

En el público día o en la sombra
el incesante espejo lo atestigua;
que no macule su cristal una lágrima.
Señor,
que al cabo de mis días en la Tierra
yo no deshonre al Ángel.

Jorge Luis Borges


En: Borges, Jorge Luis (1981) “La cifra”, Buenos Aires: Emecé.